Frente al silencio.

Frente al silencio.

miércoles, 6 de abril de 2016

Walt Whitman.




GRÁVIDO DE VIDA, AHORA...


      GRÁVIDO de vida, ahora, compacto, visible,
yo a los cuarenta años de mi vida y a los ochenta y tres
      de estos Estados,
me dirijo a alguien que vivirá dentro de un siglo o en
      cualquier siglo futuro,
a ti, que aún no has nacido, buscándote.

      Cuando leas esto, yo que ahora soy visible me habré
      hecho invisible,
y tú, compacto y visible, comprendiendo mis poemas, me
      buscarás,
imaginándote cuán feliz serías si yo pudiera encontrar-
      me a tu lado y convertirme en compañero tuyo.
Que sea, pues, como si yo estuviera a tu lado. (No creas
      demasiado que no estoy ahora a tu lado.)





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      ¿HA supuesto alguien que es una suerte haber nacido?
Me apresuro a informarle, a él o a ella, que es también
      una suerte morir. Lo sé.

      Agonizo con los moribundos y nazco con el niño recién
      lavado; soy algo más que lo que se yergue entre mis
      zapatos y mi sombrero.
Escudriño los más variados objetos: no existen dos igua-
      les y cada uno es bueno.
Buena es la tierra y buenas son las estrellas, y buenos
      son todos sus aditamentos.

      Yo no soy una tierra ni el aditamentos de una tierra.
Soy el igual, el compañero del pueblo, que es tan inmor-
      tal e insondable como yo.
(El pueblo ignora que es inmortal, pero yo lo sé).

      Cada especie para sí y para los suyos, para mí los ma-
        chos y las hembras,
para mí los que han sido muchachos y aman a las mu-
      jeres,
para mí el hombre orgulloso que sabe lo que hiere ser
      despreciado,
para mí la novia y la solterona, para mí las madres y las
      madres de las madres,
para mí los labios que han sonreído y los ojos que han
      derramado lágrimas,
para mí los niños y los que engendran niños.

     ¡Desnudaos! Para mí no sois culpables, ni marchitos,
      ni desechados.
Veo si lo sois o no a través de los vestidos de paño o
      de tela.
Estoy cerca, tenaz, dispuesto a adquirir, incansable, y no
      se me puede echar.





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      YO soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhat-
      tan,
turbulento, carnal, sensual, que come, bebe y engendra.
No soy sentimental, no creo hallarme por encima de los
      hombres y mujeres o apartados de ellos,
no soy humilde o orgulloso.
¡Destornillad los cerrojos de las puertas!
¡Destornillad de sus goznes las puertas mismas!
Quien envilece a otro, me envilece a mí.
Y nada se hace o dice sin que al fin revierta a mí...










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     EL pasado y el presente se marchitan. Yo los he lle-
     nado y los he vaciado,
y sigo llenando mi redil del futuro.
¡Levantaos, escuchadores! ¿Qué tenéis que confiarme?
Miradme a la cara mientras respiro el perfume de la
     tarde acostada.
(Hablad sinceramente, nadie más os escucha y sólo es-
     taré aquí un instante más.)

     ¿Me contradigo?
¡Está bien! Sí, me contradigo.
(Soy vasto, contengo multitudes.)
Me dirijo hacia los que están cerca, espero en el um-
     bral de la puerta.

     ¿Quién ha terminado su día de trabajo? ¿Quién ter-
       minará antes su cena?
¿Quién quiere pasear conmigo?

     ¿Hablaréis antes de que me vaya? ¿Lo haréis cuando
       sea demasiado tarde?






LA ÚLTIMA INVOCACIÓN



     AL fin, suavemente,
dejad que huya de los espesos muros de mi fortificado
     hogar,
de los corridos cerrojos, de la custodia de las bien cerra-
     das puertas.

      Dejadme salir sigilosamente.
Con una leve llave, abre las puertas con un suspiro,
abre las puertas, ¡oh alma!

      Tiernamente, sin impaciencia...
(¡Cómo te aferras, oh carne mortal!
¡Cómo te aferras, oh amor!)






Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.






2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

De Whitman viene todo. Probablemente. Un abrazo

Ts acróbata dijo...

Al menos lo que conocemos como lírica moderna.
Un abrazo y feliz día, José Luis.