Frente al silencio.

Frente al silencio.

martes, 12 de julio de 2016

Lola Ridge.




ALTURA



    SUEÑO
en cómo sería este lugar contigo,
aquí, donde el viento,
que ha sacudido su polvo en los hondos valles,
me toca, limpio,
como una mano recién lavada;
y el dolor
es como el hambre remota de cosas que zumban;
y el odio
es sólo un leve silencio
hundiéndose en el gran silencio.









Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.



viernes, 8 de julio de 2016

Juan Ramón Jiménez (II)



LXXIX
ALEGRÍA


      Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños...
      Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro, sonando su leve campanilla, y hace como que le muerde los hocicos. Y Platero, poniendo las orejas de punta, cual dos cuernos de pita, la embiste blandamente y la hace rodar sobre la hierba en flor.
      La cabra va al lado de Platero, rozándose a sus patas, tirando con los dientes de la punta de las espadañas de la carga. Con una clavellina o con una margarita en la boca, se pone frente a él, le topa en el testuz, y brinca luego, y bala alegremente, mimosa igual que una mujer...
      Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!
      ¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladreos y de campanillas...






LXXXVIII
TARDE DE OCTUBRE


      Han pasado las vacaciones y, con las primeras hojas amarillas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa, también con hojas caídas, parece vacío. En la ilusión suenan gritos lejanos y remotas risas...
      Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas, y el jardín, alzando como una llama de fragancia hacia el incendio del poniente, huele todo a rosas quemadas. Silencio.
      Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco a poco se viene a mí, duda un punto, y, al fin, confiado, pisando seco y duro en los ladrillos, se entra conmigo por la casa...







CIII
LA FUENTE VIEJA


      Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo; encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.
      En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.
      De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por entero, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre llanto; Miguel Ángel se la dio a Rodin.
      Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.
      Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre lo oscuro y blando verdor rumoroso, muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.










CXX
NOCHE PURA


      Las almenadas azoteas blancas se cortan secamente sobre el alegre cielo azul, gélido y estrellado. El norte silencioso acaricia, vivo, con su pura agudeza.
      Todos creen que tienen frío y se esconden en las casas y las cierran. Nosotros, Platero, vamos a ir despacio, tú con tu lana y con mi manta, yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.
      ¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata libre! ¡Mira cuánta estrella! ¡De tantas como son, marean. Se diría el cielo un mundo de niños; que le está rezando a la tierra un encendido rosario de amor ideal.
      ¡Platero, Platero! ¡Diera yo toda mi vida y anhelara que tú quisieras dar la tuya, por la pureza de esta alta noche de enero, sola clara y dura!







CXXXVI
LA MUY ILUSTRE
CIUDAD DE PLATERO


      Al volver de nuevo a Moguer, como antes lo vi tanto con Platero, no lo puedo ya ver sin él, de modo que ahora voy a todo con su recuerdo.
      A su recuerdo es a quien le hablo, porque no me gusta la soledad y me da la compañía mejor que cualquier persona.
      Además, como viví tanto a su lado, cada lugar despierta nuevos recuerdos de él.
      No es redundancia, es necesidad de apoyarme en su recuerdo porque sin él los míos estarán solos como el sol y la luna del campo sin nosotros.








Juan Ramón Jiménez. “Platero y yo”. 1999, Editorial Optima.



jueves, 7 de julio de 2016

Juan Ramón Jiménez (I)



I
PLATERO


      Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
      Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: <<¿Platero?>>, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
      Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
      Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra.
      Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas calles del pueblo, los hombres de campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
      ―Tien´ asero...
      Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.







V
ESCALOFRÍO


      La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácitos, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino aseteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas..., humedad y silencio...
La cañada de las brujas...
      ―¡Platero, qué...frío!
      Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote...
      Y trota Platero, cuenta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...






XI
EL MORIDERO


      Tú, si te mueres antes que yo, no irás Platero mío, en el carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del camino de los montes, como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera. No serás, descarnadas y sangrientas tus costillas por los cuervos tal la espina de un barco sobre el ocaso grana, el espectáculo feo de los viajantes de comercio que van a la estación de San Juan, en el coche de las seis; ni, hinchado y rígido entre las almejas podridas de la gavia, el susto de los niños que, temerarios y curiosos, se asoman al borde de la cuesta, cogiéndose a las ramas, cuando salen las tardes de domingo, al otoño, a comer piñones tostados por los pinares.
      Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verdones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo azul constante de Moguer.







XVIII
LA FANTASMA


      La mayor diversión de Anilla la Manteco, cuya fogosa y fresca juventud fue manadero sin fin de alegrones, era vestirse de fantasma. Se envolvía toda en una sábana, añadía harina al azucenón de su rostro, se ponía dientes de ajo en los dientes, y cuando, ya después de cenar, soñábamos, medio dormidos, en la salita, aparecía ella de improviso por la escalera de mármol, con un farol encendido, andando lenta, imponente y muda. Era, vestida ella de aquel modo, como si su desnudez se hubiese hecho túnica. Sí. Daba espanto la visión sepulcral que traía de los altos oscuros, pero, al mismo tiempo, fascinaba su blancura sola, con no sé qué plenitud sensual...
      Nunca olvidaré, Platero, aquella noche de setiembre. La tormenta palpitaba sobre el pueblo hacía una hora, como un corazón malo, descargando agua y piedra entre la desesperadora insistencia del relámpago y del trueno. Rebosaba ya el aljibe e inundaba el patio. Los últimos acompañamientos el coche de las nueve, las ánimas, el cartero habían ya pasado... Fui, tembloroso, a beber al comedor, y en la verde blancura de un relámpago, vi el eucalipto de las Velarde el árbol del cuco, como le decíamos, que cayó aquella noche, doblado todo sobre le tejado del alpende...
      De pronto, un espantoso ruido seco, como la sombra de un grito de luz que nos dejó ciegos, conmovió la casa. Cuando volvimos a la realidad, todos estábamos en sitio diferente del que teníamos un momento antes y como solos todos, sin afán ni sentimiento de los demás. Uno se quejaba de la cabeza, otro de los ojos, otro del corazón... Poco a poco fuimos tornando a nuestros sitios.
      Se alejaba la tormenta... La luna, entre unas nubes enormes que se rajaban de abajo a arriba, encendía de blanco en el patio el agua que todo lo colmaba. Fuimos mirándolo todo. Lord iba y venía a la escalera del corral, ladrando como loco. Lo seguimos... Platero; abajo ya, junto a la flor de noche que, mojada, exhalaba un nauseabundo olor, la pobre Anilla, vestida de fantasma, estaba muerta, aún encendido el farol en su mano negra por el rayo.











LVII
PASEO


      Por los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuán dulcemente vamos! Yo leo, o canto, o digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...
      El cielo azul, azul, azul, asateado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, a sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes la compacta humareda de un incendio hincha sus redondas nubes negras.
      Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave e indefenso, en medio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar a que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!

      Cuando, entre un olor a naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno de mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebotea, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente...




Juan Ramón Jiménez. “Platero y yo”. 1999, Editorial Optima.



martes, 5 de julio de 2016

Luis Muñoz.






FIJACIONES




Me llama a medianoche.
Escucho el lamido del viento
a través del teléfono, como un perrillo ansioso,
y su voz transparente en la cabina.

Hay delante me dice
un almacén de chapa
con forma de botella,
un solar con escombros
blanqueados de yeso,
algunas casas cúbicas como dados sin uso,
y tres o cuatro pinos calcinados
color remordimiento.

Estas pocas imágenes
me fijan a su ausencia
como deben fijarte a estar solo.

En mi cuarto de libros clareados
por la luz de moneda de la luna,
provoca una punzada:
Estoy detrás de ti me dice
y alrededor de todo esto.







TRANSFORMACIONES




Desagües de bañera en la espalda del río,
la triste barandilla temblando de gaviotas.

Qué cambia y qué no cambia, mientras tanto.

Cambiar el orden que infringe cada nexo,
el haz de coordenadas que sostiene tu mundo,
la cifra que te salva, o dice que te salva,
como un azar

El río desde el puente
es carne luminosa.
Se rozará con valles y ciudades,
con espigas de nutria, con bañistas desnudos,
con peces descompuestos.

Avanzará en el tiempo de un amor
de una noche perpetua, de un adiós aplazado.

De pronto lo ves tú, que ya eres todo eso.












NERVIOSO



La noche es una red extendida en el agua,
un movimiento suave, de tortuga de mar.
Tengo los pies hundidos en la arena,
hundo también las manos, y el bombeo
no sé si es mi sangre o la barriga
caliente de la costa.

Y pienso más en qué pensaba,
en qué sería de hombre de adulto,
en qué derivarían los deseos,
el flujo de carencias,
las hormigas del ánimo,
y en cómo

algún temor ya se ha cumplido.






Luis Antonio de Villena. “La lógica de Orfeo. (Antología)”. 2003, Visor.




sábado, 2 de julio de 2016

Felipe Benítez Reyes (II)



Fragmentos:



      Hoy estoy preguntón: ¿qué diferencia existe entre el hombre que llega a casa y se arrellana en su sillón favorito y el leopardo que duerme cada noche en el mismo rincón de su jaula del zoo? ¿Qué diferencia aprecian ustedes entre el elefante que le rompe una pata a la hembra durante el frenesí del apareamiento y el joven que le estruja las tetas a su novia antes del polvo número 5 de su vida en común, cuando aún los cuerpos son enigmas mutuos que pugnan por desvelarse mediante los ojos, la lengua, las uñas hirientes? ¿Qué diferencia existe entre el polvo número 5 y el polvo número 2005? (Etcétera.)
      A los ocho o nueve meses de compartir techo con Yeri y con los niños, yo llegaba a casa, comía, me echaba una siesta, me daba luego una vuelta por ahí, volvía más o menos a la hora en que Yeri cerraba el negocio, cenábamos, me liaba un canuto, veíamos una película intrigante o algún concurso de gente avariciosa, nos íbamos a la cama, nos tocábamos o no nos tocábamos y, en medio ya de la duermevela semimágica, me decía a mí mismo, a la manera de una oración fatalista: <<Un día menos de vida, Yéremi>>.

***





      La verdad es que me gusta eso de merodear solo de vez en cuando, porque activa la imaginación: llegas a convencerte de que existe la lámpara de Aladino. Recuerdo a este respecto un discurso que improvisó Jup un día que estaba en registro Zaratrustra: <<¿Qué interés puede tener nadie en salir de copas con una mujer de la que ya conoce hasta el color de las bragas que lleva? ¿Qué misterio tiene eso? No. Lo que te da ánimo para zascandilear es la ilusión de toparte con alguna desconocida que esté predispuesta a cruzar unas palabras contigo, de manera que puedas plantearte en silencio grandes arcanos de la vida: ¿tanga?, ¿depilado?, ¿teñido a tono con el tinte de pelo?, ¿algún pequeño tatuaje? Esa es la ilusión del detective de la vida en general. Esa es la ilusión que nos impulsa a lavarnos un poco, a peinarnos, a echarnos una roción de colonia y a decirle al pirulo que se refleja en nuestro espejo: “Ea, vamos allá, campeón. Que cruja el mundo”>>.

***






      Incluso en las discotecas últimas, El Que Fue no dejaba de ser el que era: <<Hoy el Ente Supremo se lo ha montado a lo grande: ha hecho que ciento diecisiete pastores argelino mueran a manos de los fundamentalistas, ha hecho que el precio de la leche y que una cantante alcohólica mexicana grabe un nuevo disco horripilante, entre otros cuantos millones de detalles de ese corte. Mañana tendrá el antojo de derribar un avión, de provocar un terremoto y de hacer que una niña hindú pise una serpiente venenosa, entre otros cuantos millones de accidentes, porque el Ente Supremo tiende al tremendismo. Dicen los teólogos que todo eso responde a la necesidad de mantener un equilibrio misterioso, incomprensible para la mezquina mente humana, porque la gente es demasiado quisquillosa y no le sienta bien que la sepulte un alud de nieve o que se la coma un tiburón; pero no hay qué preocuparse, dicen los teólogos, porque el Ente Supremo lleva bien ese negocio suyo de distribución a domicilio de armonía y de caos, de rutina y catástrofe, pero ¿sabéis lo que os digo?>>. (Y nos miraba fijamente, uno por uno, y todos íbamos negando con la cabeza.) <<¿No? Pues muy fácil: que en cuanto me tome dos copas más, me voy al Garden, por si acaso el Ente Supremo le da mañana por fijarse en mí y me incluye en uno de esos lotes dramáticos, en uno de esos genocidios que son imprescindibles para mantener el horror divino en el universo, de acuerdo, pero muy desagradables a escala individual. Y ahora les ruego, caballeros, que tengan el detalle de invitar a una copa a este pobre juglar que canta las hazañas sangrientas de Dios.>> (Y le invitábamos, claro está, porque El Que Fue era pródigo en palabras, pero duro de bolsillo.) (Y luego nos íbamos todos al Garden.) (Y yo pensaba en María.)

***










      Mi cumpleaños ocurrió hace ya unas horas. Lo he celebrado contándoles a ustedes estas historias peregrinas. <<¿Y por qué nos has hecho perder el tiempo con tus historias peregrinas?>>, me preguntarán, y con razón, porque comprendo que el relato de cualquier vida es un misterio, sí, aunque no para quienes lo escuchan, sino para quien lo cuenta. (Pero, en fin, no sé, digamos que tenía ganas de hablar.)






Felipe Benitez Reyes. “El pensamiento de los monstruos”. 2002, Tusquets Editores.



viernes, 1 de julio de 2016

Felipe Benítez Reyes (I)



Fragmentos:



      Eh, vosotros, los muertos, los antepasados, oídme: Morituri te salutant. (Latín auténtico: Morituri te salutant. Lo decían los gladiadores de Roma antes de matarse entre sí y significa <<Los que van a morir te saludan>>. ¿Lo entienden ustedes ahora? Esa es la base de nuestras conversaciones con los cadáveres: Morituri te salutant.) (Nosotros, lo que oímos ya a los leones afilarse las garras en el portón del circo del tiempo.)

***






      De todas formas, nos guste o no y en general no nos gusta, lo cierto es que en vísperas de nuestro cuarenta cumpleaños comienzan a suceder fenómenos inéditos dentro de nuestra cabeza. <<¿Como por ejemplo?>> Pues no sé... Resulta difícil explicarlo si no es mediante el procedimiento de dar alaridos de fiera traspasada por una lanza, pero, en fin, digamos que, en líneas generales, te sientes como debe de sentirse un boxeador que se orina de pronto en su calzón de satén escarlata cuando está tirado en medio del ring con la mandíbula rota, rodeado por un tipo que cuenta hasta diez y por otro tipo que parece tener muelles en las zapatillas.
      Y es que a los cuarenta no sólo cambia de repente tu valoración del papel que protagonizas en el teatro circular del mundo, porque te sientes como un actor que, después de pasarse cuatro décadas interpretando diariamente a Segismundo o a Otelo, comprende de la noche a la mañana que le hubiese entusiasmado interpretar al grotesco Sancho Panza en un ballet ruso, brincando con una barriga postiza y con un pantis de colores. No es sólo eso lo que cambia, ya digo. Cambia también la relación con tu conciencia, porque de pronto firmas con ella un pacto basado en acuerdos de mutuo rencor: lo que esa conciencia te impidió ser, lo que hiciste a pesar de tu conciencia...

***






      Llegado a este punto, creo mi deber confesar que nunca me ha ido del todo bien con las mujeres. (A Schopenhauer le pasaba exactamente lo mismo.) (Aunque él se vengó minuciosamente en su ensayo sobre ellas, escrito con navaja de barbero: <<No ven más que lo que tienen delante, se fijan sólo en lo presente, toman las apariencias por la realidad...>>.) (El pobre Arthur, con su semen retenido.) Algo hay en mí que no acaba de gustarles, según parece. No creo que ese algo sea concreto: mi nariz, mi boca, etcétera. No creo que se trate de una cuestión de detalle, ya digo, porque mi nariz es normal, etcétera. <<Es posible que la causa sea mi condición de policía>>, me digo a veces, lo que, oído desde fuera, puede parecer una suposición paranoica, pero el caso es que tengo comprobado que la gente recela de un policía aunque no sepa que se trata de un policía: es un instinto. Hasta cuando vamos de paisano se nos nota que nos gusta bregar con la morralla, que nos gusta oír el lamento del reo, su proclamación inútil de inocencia; que nos gusta ver temblar al asesino. Incluso los que estamos en pasaportes nos sentimos poderosos cuando entregamos esa libretilla púrpura que es la llave potencial del mundo: <<Vuela, titular de esta mágica libretilla firmada por el comisario en jefe. Corre a tu agencia de viajes. Conoce países remotos. Y no te preocupes: mis colegas de todo el mundo procurarán que no te roben ni te maten. Ten por seguro que lo procurarán>>. ( Aunque a veces las cosa se nos van de las manos.)

***










      Mi amigo Jup Vergara tiene teorías sintéticas sobre casi todo. (Incluso sobre la teoría en sí: <<Una teoría es el carnet de identidad de lo incomprensible>>.) (O sobre la muerte: <<La muerte consiste en mandarse uno mismo a tomar por culo>>.) Mi amigo Jup...Me acuerdo del día en que lo conocí, en el bar Rinoceronte. Cuando le dije que tenía la intención de estudiar Filosofía, me miró con fijeza y seriedad y me dijo: <<Oye, tú, Jomeini (…). Sí, perdona, Yéremi...Pues bien, Yéremí, voy a plantearte un dilema filosófico. Al principio te parecerá un chiste chusco y previsible, pero quiero que captes su estructura profunda, ¿de acuerdo? Bien, veamos...Imagínate que tú y yo vamos en un barco y que ese barco naufraga, ¿de acuerdo? Imagínate que las corrientes marinas nos arrastran a una isla desierta. ¿Me sigues el razonamiento? Bien...Imagínate que nos pasamos cinco años solos en esa isla asquerosa. Imagínate que nos hemos hecho muy amigos: cazamos juntos, pescamos juntos, lloramos juntos, el uno cuida al otro en caso de enfermedad, y así sucesivamente. Pues bien, como en las historias de náufragos masculinos resulta inevitable el factor sodomización, hazte a la idea de que un día me levanto con el pene hecho una roca y que te digo: “Yéremi, viejo camarada, estoy desesperado. No aguanto más. Necesito una mujer. Dios sabe que la necesito. Pero, como aquí no hay mujeres, me conformaría con darte un poco de makumba”. Pues bien, ¿me negarías eso?>>.





Felipe Benitez Reyes. “El pensamiento de los monstruos”. 2002, Tusquets Editores.