Frente al silencio.

Frente al silencio.

domingo, 28 de mayo de 2017

Soledad Puértolas



JUAN EN VERANO



      Como todos lo viernes a media mañana, este día tan soleado y frío el grupo de niños autistas irrumpió desordenadamente en el recinto de la piscina. Antonio, que siempre se acerca un momento a hablar conmigo, parecía más nervioso que nunca. Molesto, al parecer, por el ruido que producían los operarios que en el jardín, al otro lado de la cristalera, terminaban de arreglar una avería en la conducción del agua, empezó a salpicar a los otros chicos, a reírse con descontrol, mezclando cada vez más el grito con la risa. La monitora se acercó entonces a mí y me pidió papel y lápiz. Rápido, por favor, dijo, es lo único que puede calmarle.
      Le entregué a Antonio el bolígrafo rojo y el papel que tenía yo sobre la mesa porque siempre me llevo algo que hacer a la piscina, para llenar los tiempos muertos: los socorristas no siempre socorremos, no siempre tenemos una tarea concreta que hacer, sólo observar y, si las cosas van bien, si apenas hay nadadores y éstos son nadadores consumados, el tiempo se nos muere en las manos, le entregué, así, a Antonio, un papel doblado en el que estaba impreso el programa de los partidos de fútbol-sala juvenil y benjamín. Antonio me lo arrebató todo con rapidez e, inclinado sobre mi mesa, se puso a garabatear compulsivamente. Durante unos instantes, se concentró en los garabatos, que cubrieron el espacio en blanco que aún había en el papel, pero luego lo desdobló y le dio la vuelta y empezó a escribir palabras, frases. Ya calmado, dejó el papel y el bolígrafo y empezó a dar vueltas alrededor de la piscina y acabó sentándose junto a Fermín, que ya había finalizado su elevada dosis de natación diaria y que en ese momento procedía a calzarse su bota de alza y las correas que sujetaban sus piernas debilitadas, operación que fascinaba a Antonio, que sentía hacia Fermín una admiración sin límites. Les miré, les sonreí cuando ellos cruzaron sus miradas conmigo, y miré luego el papel que había quedado sobre mi mesa. Las palabras estaban escritas con trazos grandes y desiguales, la ortografía era también desigual, correcta en muchos casos, en otros libre. Pero el texto tenía cierta coherencia. Decía así:
      <<Juan en verano a las cuatro y media de la tarde y a las cuatro de la mañana por eso es donde a las 5+ de la noche hay un poco de claridad un poco pero no sé nada ahora hay en verano a qué hora amanece pero a las 5 más.>>
      Esas palabras, surgidas después de los garabatos, habían conseguido calmar a Antonio. Un texto que hablaba de las obsesiones que dominaban a Antonio: las horas, la luz del amanecer. Un texto que era poesía.
      Allí, en medio de la mañana, la poesía había irrumpido en el reciento de la piscina. Había salido del dolor, del desorden, pero de repente se había abierto paso, luminosa como un rayo, quebradiza como un rayo, y lo atravesaba todo, más poderosa que los ruidos que aún producían los operarios, que el alboroto que en el agua causaban los niños autistas y los otros nadadores, dulce y consoladora como el diálogo que yo no podía descifrar, pero que se desarrollaba frente a mí, al otro lado de la piscina, ante mis ojos, entre Fermín, ya de pie y dispuesto a marcharse, y Antonio, que lo miraba con ojos deslumbrados.
      Toqué el papel, sin saber si lo guardaría como una reliquia, como la prueba del milagro, o lo perdería, o lo tiraría enseguida o al cabo del día. ¿Qué puedo hacer con este papel?, me pregunté, mientras miraba a Antonio, al poeta Antonio, que, ya solo en el banco que momentos antes había compartido con Fermín, miraba a su vez hacia un punto invisible, detenido en el aire, y sonreía, dentro de sí mismo, otra vez sin palabras, otra vez a punto de enredarse en el silencio, siempre a la espera de la luz.
      <<Juan en verano a la cuatro y media de la tarde>>, vuelvo a leer, y me parece que no podré tirar nunca este papel, que lo guardaré en algún cajón donde seguramente se quedará olvidado, casi perdido. No puedo tirar estas palabras inconexas rodeadas de garabatos, estas palabras que Antonio ha ido escribiendo mientras su excitación se disolvía. Una vez que las dejó aquí, sobre el papel, sobre mi mesa, se calmó.
      No sé quién es Juan, pero sí sé qué es el verano y cómo son las cuatro y media de la tarde de cualquier tarde. Es una hora que asusta. Este miedo me liga a Antonio. Juan en verano. Ese deseo.








Soledad Puértolas. “Adiós a las novias”. 2000, Editorial Anagrama.



viernes, 26 de mayo de 2017

Alberto Masa




Monos de mi biografía


Daría un brazo
porque mi hermano encontrase esta casa,
entrase y se sentase enfrente de mí,
en esta fría cocina de azulejo,
a hablarme de si prefiere el café solo,
de qué tal le ha ido en el dentista
y esas cosas.

La última vez que yo viví algo parecido
aceptaba la cara de Ronald Reagan
como la de El hombre,
los posters de mi habitación
eran de Sabrina Salerno
y rezaba sin falta cada noche
a mi buen Dios.
(Recuerdo, un día, jugando a los cromos,
a un amigo de la pandilla
que dijo ver un ovni.
Yo le creí.
Hoy dice ver uno cada telediario
y yo le sigo creyendo,
otra cosa es que no quede con él para comer.)

Mi hermano encontrará esta casa.
al fin daré con mi sangre compartida,
con esa piel favorita,
y lo haré lleno de dicha
mientras él se quita el bisoñé
para que lo despoje
en lo que se come una tortilla
que le acabo de hacer
toda con kétchup, mostaza y salsa brava.





Yo pago mis impuestos y tú eres
mi enfermera de noche


Primero me dieron unos sobres
que sabían a mierda mezclada con polvorón.
Al tiempo que los tomaba
contaba las gotas que caían del suero.

Tú me llevaste al cuarto de baño,
recuerdo que agarraste mi brazo
y avanzamos a paso lento hasta llegar.

Una vez allí abriste mi ano
y me pusiste un enema.
Dijiste que tenía que aguantar
al menos hasta contar del uno al diez.
Luego examinaste mis excrementos
con una dedicación exquisita.

Te pregunté tu nombre
y te di dos besos,
y después te fuiste
para siempre.





Julio Iglesias y yo

¿Sabes, Masa?
Tanto Julio Iglesias por aquí
y Julio Iglesias por allá
y mírame ¿Qué soy, Masa, amigo?
¿Qué soy más que una sucesión
de hijos que hacen el ridi por la tele?
Yo no soy el que cantó Gwendoline
ni a Manuela ni a Nathalie,
ni el tercer portero del Real Madrid.
Yo sólo soy mis ex, los relojes, Miami
y la sucesión de hijos que te he contado
entre los que se encuentra papuchi,
que en gloria esté,
también fue hijo mío, amigo Masa.
Me miro en el espejo y me digo a mí mismo:
Han pasado casi 40 años
y aquí estoy, wea, con esta rubia impresionante
bebiendo champán y comiendo marisco.
Dios mío, ya nada me sabe a nada.
¿Ves esas criaturas más que juguetean
entre los columpios y la arena?
A veces me pregunto si existen, y sí
sé que terminarán como todos los demás
diciendo que quieren a papi.
Cada mañana me miro al espejo e imagino
mi Galicia tierna
con sus prados verde BMW cabrio,
recuerdo que tuve una niñez y que me convertí
en el nexo entre España y lo que nos mola
de verdad, pero no soy nada,
sólo quiero vivir contigo y con Ceci.
No llores, Julio, le dije
y me abracé a él llorando.
Tanto es así que, mira,
parecíamos dos irracionales
que se iban a morir mañana.








Lithium

A menudo vienen a mi mente
esas dos estudiantes
que se lanzaron al vacío
desde el punte de Segovia
hace unos cuantos años
un día de primavera
porque querían pasar la eternidad con Kurt.

Pienso en lo que pasaría por sus cabezas
durante esos segundos de caída.
Llevo viviendo toda mi madurez
en esos segundos y no veo
a Kurt Cobain por ninguna parte,
sólo respiro sin saber muy bien
si será la última o la penúltima vez que lo hago.
A veces, durante la caída, me enciendo
un cigarro y meto un café en el micro.

No espero que nadie venga a salvarme
ni siquiera ella, el único amor de mi vida.
Hoy, antes de dejarla en la cama,
la he dado una media de
doscientos
besos.

Pienso en qué pensarían esas adolescentes,
en sus cabecitas llenas de sueños por cumplir,
en las velas de la tarta que soplaron
cuando tenía seis años
y aún creían en los Reyes Magos,
en todo el amor que podían haber dado
al mundo,
en los hijos que no tuvieron y que, hoy
desde algún extraño lugar
lloran sus muertes.

Era un día de primavera, igual que hoy.
Taparon sus restos con mantas blancas
a las que les faltaba grosor,
la sangre joven y podrida podía verse
a través de ellas.

Estoy respirando en esos inciertos segundos
donde el tiempo se detiene.
Y no sé qué es hoy, qué fue ayer, qué es mañana,
mis ojos le pertenecen
a Ella que, quién sabe,
quizá ahora también esté suspendida
en alguno de esos segundos,
de mi mano, antes de que suene cloc
y los coches empiecen a frenar en seco.
Éramos esas dos jóvenes cargadas
con libros de escuela
en las mochilas que le regalaron sus padres.
Lloro. Lloro mucho.

Levanto la vista del cigarro y veo a Kurt Cobain.
Me dice que lo siente.
Yo le digo “No pasa nada, hombre”.
Entonces me dice: Enciende el ampli,
quiero hacer un grupo contigo,
vamos, saca la guitarra esa que tienes,
esa Fender que te regaló mamá
por cortarte el pelo,
desempolva el amplificador Marshall.
Insiste: Vamos, tronch, tengo prisa:
Hagamos una nueva versión de Lithium
y mandemos a cagarla
a este arco iris.
Todo es tan bored.





Natación

Hoy creí que moriría
y que al final me quedaría sin cumplir los 36 años
pero no me he muerto
y he pensado: Qué bien,
aún puedo nadar.

He recordado a mi profesor de natación.
Era un hombre joven y musculoso.
Un día me soltó donde me cubría y,
hostias,
nadé.

Vaya si nadé,
hasta el otro lado de la piscina
y comprendí que sólo
hacía falta mover brazos y piernas.
Vaya si nadé, joder.

Una vez en tierra ya fue
cuando comprendí mi hazaña,
nadar hasta dejar detrás de uno el miedo
y toda esa mierda.




Los muertos

En los valles del Clidán y del Tiall llamaban
Último adiós a una mirada.
El ataúd se depositaba en silencio
al borde de la fosa.
El cura del municipio rezaba, hisopeaba,
pronunciaba la bendición en silencio.
En silencio los asistentes se acercaban al borde
de la tumba, y echaban a su interior
una larga mirada.
No echaban ni tierra, ni flores,
ni monedas: Solamente esa mirada”
(Pascal Quignard, Las sombras errantes)

Un mendrugo de pan sobre la mesa
de la cocina y una encuadernación
británica de 1900
sostienen la osamenta lírica de la casa.
El mundo se repite.

Se aproximarán de nuevo a mi ventana sombras
de explanadas errantes,
llorarán por mí búhos y constelaciones
y yo volveré a no acordarme de rezar.

Saldré de marcha
con mis nuevos compañeros de borrachera
y la realidad estará compuesta
de túes y yoes redimidos.

Nuevas lápidas vendrán a examinar
mi ralla al lado
me acomodaré en su noche como un grillo,
invitaré a rondas y saludaré escotes
de grandes mujeres...
Celebrar la muerte es tan barato.






Alberto Masa. “Roberto Alcázar, supongo”. 2013, EOLAS ediciones.




miércoles, 24 de mayo de 2017

Juan Cruz López



90 años menos

Si tuviera noventa años menos no escribiría ni viviría en este lugar que me engulle como un pelícano, y bebería más, mucho más. Intentaría ser pintor, mi ciudad sería Berlín y pasearía de la mano de la baronesa Meyer, una joven desclasada tras su temprano matrimonio con un aprendiz de artista, por aquel entonces yo, fabulado yo.
Si tuviera noventa años menos y estuviera casado con la baronesa, iría todas las tardes a tomar cerveza con Otto Dix (para verlo pintar, echarle un cable y debatir, siempre debatir, sobre la situación política de Alemania y la necesidad del compromiso). Seguramente él y su mujer me recomendarían que me olvidase del asunto, que no fuera gregario y que me dedicara a pintar encerrado en mi pequeño estudio. Pero no les haría caso. Mi mujer, la baronesa, sería militante del KPD y amiga de Rosa Luxemburgo. Yo no sé si al final me comprometería, pero odiaría profundamente a los camisas pardas de las SA y me daría miedo el futuro.
Si tuviera muchos menos años de los que tengo hoy, si tuviera, por ejemplo, esos noventa menos de los que os hablo, sería un diletante admirador de los genios de Die Brücke y un pintor solitario, enemigo de las modas. Llevaría una vida espartana junto a mi mujer y escucharíamos jazz. Leeríamos toda la noche a la luz titilante de un candil de aceite y jamás pasaríamos frío. Nuestra vida correría paralela al pulso del mundo y no le daríamos la espalda a la violencia. Seríamos pintores hiperviolentos, lectores hiperviolentos, poetas hiperviolentos… Sujetos de torcido. Y solo nos iríamos del país cuando todo se viniera abajo y los nazis alumbraran su reinado quemando libros, montañas y montañas de libros. También lloraríamos. Aspiraríamos a ser valientes.
Si tuviera noventa años menos y fuera un joven pintor alemán, le besaría la barrigota a Paula Modersohn-Becker y cuidaría de su hija tras su muerte. También le quitaría las ganas de pegarse un tiro en el corazón a Kirchner. Sonreiría cada mañana al salir el sol y abriría las ventanas de par en par. Sé que no me gustaría lo que vería en las calles (niñas prostituidas, mutilados de guerra, judíos increpados por la turba nazi) pero lucharía por mantenerme intacto. La baronesa y yo viviríamos encerrados en un amor parecido a una cueva. Si tuviera noventa años vería Europa hecha cenizas y tal vez huyera lejos, muy lejos, por ejemplo junto a Stefan Zweig, pero jamás me mataría. La vida sería dura, tal vez irrespirable, y quizá desearía tener otros noventa años menos para ser otro joven escritor que pasase la vida encerrado en su habitación prusiana, a salvo del mundo, mientras el amor devora sus entrañas.
Si tuviera noventa años menos y no hiciera este frío, tal vez, solo tal vez, supiera quién soy yo.





Juan Cruz López. 2017, relato enviado por su autor, por el privado del Facebook, a petición mía. También puede leerse, junto con otro del mismo autor, y otras muchas más publicaciones de distintos escritores, en el Suplemento final de Groenlandia 17. Aquí:https://issuu.com/revistagroenlandia/docs/suplemento_final_groenlandia_17


jueves, 18 de mayo de 2017

Roberto Bolaño

      


      Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista, que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un sudafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando. Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams.En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién hechos y el café no está nada mal. Lo que lleva a Kelso a pensar que el tal Pinsky probablemente sea, posibilidad horrenda, un vecino del barrio. Mientras sopesa esta posibilidad, Kelso se estremece. Un pesado, un paranoico, un loco que observa sin ser, a su vez, observado, alguien a quien le costará sacarse de encima. Bien, dice finalmente, usted dirá. El tipo pálido, que no come y bebe a sorbitos una taza de café, lo mira y sonríe. Su sonrisa es, de alguna manera, una sonrisa en extremo triste, y también cansada, como si sólo con ella se permitiera exteriorizar el cansancio, el agotamiento y la falta de sueño. Cuando deja de sonreír, sin embargo, sus facciones recobran instantáneamente la gelidez.









Roberto Bolaño. “El secreto del mal”. 2007, Anagrama.





domingo, 14 de mayo de 2017

Charles Bukowski




las almas de los animales muertos


al salir del matadero
había un bar a la vuelta d ellas esquina
y yo me sentaba allí
a ver la puesta de sol
por la ventana,
una ventana que daba a un solar
lleno de altos hierbajos secos.

nunca me duchaba con los chicos en las
instalaciones
después del trabajo
así que olía a sudor y
sangre.
el olor a sudor remite al cabo de un
rato
pero el olor a sangre se condensa
y gana en intensidad.

fumaba cigarrillos y bebía cerveza
hasta que me sentía con fuerzas para
coger el autobús
con las almas de todos aquellos animales
muertos que me
acompañaban;
la gente volvía la cabeza hacia otro lado
las mujeres se levantaban y se alejaban de
mí.

al bajar del autobús
sólo tenía que caminar una manzana
y subir un tramo de escaleras hasta mi
habitación
donde ponía la radio y
encendía un cigarrillo
y nadie reparaba en mí
ya.





cooperación


lo dice con buena intención.
toca el piano
me dice
no te sienta bien
no escribir.

sale a dar un paseo
por la isla
o en barco.
creo que se ha llevado una novela moderna
y las gafas de cerca.

me siento en la ventana
con su máquina de escribir eléctrica
y miro lo culos de las muchachas
emparejadas con
muchachas.

la decadencia final.

he publicado 20 libros
y 6 latas de cerveza.

los turistas suben y bajan en el agua
los turistas caminan y hablan y sacan
fotografías y
beben bebidas sin alcohol.

no me sienta bien no
escribir.
ahora ella está en un barco, un
recorrido turístico
y piensa, mirando
las olas
son las 2:30 p.m.
debe de estar escribiendo
no le sienta bien no escribir.
esta noche habrá otras cosas que hacer.
espero que no beba
demasiada cerveza. es mucho mejor
amante que Robert
y el mar está precioso”.







los orgullosos
moribundos
flacos


veo a los pensionistas en los
supermercados y están flacos y son
orgullosos y se están muriendo
se están muriendo de pura hambre y no dicen
nada. tiempo atrás, entre otras mentiras,
les enseñaron que el silencio era
valentía. Ahora, después de toda una vida trabajando,
la inflación los ha atrapado. miran a un lado y otro,
roban una uva
la mastican. al final hacen una mínima
compra, para el día.
otra mentira que les inculcaron:
no robarás.
prefieren morirse de hambre antes que robar
(una uva no los va a salvar)
y en cuartuchos diminutos
leyendo la publicidad del súper
morirán de hambre
morirán sin hacer un solo ruido
y los sacarán de su pensión
muchachos rubios en camilla al
coche y marchando, esos
muchachos
de apuesta mirada
que andan pensando en Las Vegas y en coños y
triunfos.
es el orden de las cosas: a todos
nos dan a probar la miel
luego el cuchillo.





arte

a medida que
el espíritu
mengua
aparece
la
forma.






Charles Bukowski. “Toca el piano borracho como un instrumento de percusión hasta que los dedos te empiecen a sangrar un poco." 2014, Visor.


jueves, 11 de mayo de 2017

Elvira Sastre




ESTE PUTO MILAGRO DIVINO


Yo
que siempre pestañeo
cuando pasan estrellas fugaces,
que lloro viendo anochecer en el mar
o escuchando a Ludovico Einaudi
porque me siento
incapaz
de abarcar
tanta
belleza
y eso me llena de tristeza,
que tengo un corazón en dos por cuatro
y un silencio entre los labios,
que temo más a la oscuridad
que a los monstruos,
que no pertenezco a ningún lugar
porque abandoné mi casa
para cohabitar con mi existencia
y debo mil facturas,
que no confío en quien me quiere
por no salir de mi rutina,
que escribo
porque no soporto mi ruido
y todo lo demás es adorno.

Yo
que curo al alcohol
con mi heridas,
que nunca aprendí a ser feliz
más allá de mí misma,
que me resulta imposible
mirar a otros ojos más de tres segundos
porque me aterra ser descubierta,
que no sé mentir
pero desconozco cuándo digo la verdad,
que echo de menos mi futuro
y así con todo,
que soy tan minúscula como el punto de una i
y prescindible como una exclamación de apertura,
que te quiero más pero siempre después de ti.

Yo
que nunca creí en el cielo
ni en la salvación
y que concibo la redención
como un fantasma o un recuerdo...

Permíteme confesarte
a ti,
ángel subido a mi pecho:
que de repente vi tus brazos salados
abriéndose como dos nubes de agua,
tu busto sinfónico inflándose
como un huracán dentro de un volcán en erupción,
tus ojos espumosos destapándose
como las puertas de mi fe ante las certezas,
tu boca llenándose de mandamientos
impenetrables como rocas milenarias,
tus piernas benévolas empapando
mi suelo de flores anacaradas,
tus dedos silentes ahogándose
entre esdrújulas arrítimicas, marítimas y selváticas
tu voz glorificada disparando
amor a mis labios resecos y perdidos...

...y aún no me creo este puto milagro divino.





UNO ES DE DONDE LLORA


Siempre estoy de vuelta
porque uno es de donde llora.

El pasado me llena los ojos de polvo,
de piedras, de arena molesta,
y todos aquellos que dicen que es el tiempo
el que controla los latidos
saben que miento
cuando les digo que es algo
y no alguien
quien ha interrumpido mi parpadeo.

(…)

Busco a alguien
que me mantenga viva de cuerpo presente.

Alguien que sepa
que el ahora es un suicida al borde del puente
a una coma de la liberación,
el envoltorio de un regalo,
la mirada de un ciego,
un premio incomprendido,
la vida con la piel de gallina.

Alguien con quien querer aquí y ahora.

(…)

A veces conjugo en futuro
porque suelo creer en todo lo que no existe.

El futuro me miente con piedad,
como un engañabobos,
como un político idiota.
Es una quimera a la que no llega mi dedo corazón.
El futuro es entrañable.
El futuro es eso que no es
y en donde estamos todos.

(…)

Sin embargo,
a veces te miro
cuando te abrazas en mí en el sofá después de comer
y sonríes, respirando caliente, sobre mi pecho
y me dices eso de:
no te buscaba,
pero besas mis instantes
y ahora es mi futuro quien te espera”,
y me resulta imposible no pensar:
en la teoría todo es una mierda;
pero, en la práctica, tú estás encima de mí
-y viceversa-
y todo es maravilloso”.








2.22

Dime algo que no sepa,
por ejemplo:
que tu tristeza siempre fue una excusa,
que mis dedos fueron flores subiendo por tu costado,
que me echas de menos y sabes a sal,
que te destrozó no intentarlo,
que tu cama es el lugar más frío de esta parte del mundo,
que llegas tarde a todos los sitios
porque vives en el pasado.

Dime algo que no sepa,
por ejemplo:
que no me quieres,
que eres feliz
o que, de puntillas,
llegas a tocar las nubes de mi cabeza.

Te diré algo que no sabes,
por ejemplo:
que aún sostengo tu novena nota
en mi cuerda de tender,
que se murieron todas las plantas que tocaste,
que no me arrepiento porque jamás te llamé futuro,
que un día me acosté con tu recuerdo
y desde entonces me levanto en medio de un
                               charco de cenizas,
como si hubiera dormido sobre un fuego
                             carnívoro del tiempo.

Te diré algo que no sabes,
por ejemplo:
que el día que moriste nadie vino a verme,
que eres causa y afecto,
que me hace feliz
ser feliz
sin ti.






Elvira Sastre. “Baluarte”. 2014, Valparaíso ediciones.



sábado, 6 de mayo de 2017

Ana María Arroyo




[Ya no llevo la cuenta de tus meses...]

Ya no llevo la cuenta de tus meses.

Algunos se perdieron.

Y el resto
tuvieron que desordenarse
cuando no hubo herida

después del azul.





[Hurgo en la historia del dolor...]

Hurgo en la historia del dolor
y mantengo intacta la memoria.

Si no te gusta la sangre que derramaste, puedes arder.

Yo no tiemblo al volver la vista atrás;
para decirle a mis hijos,
que no es lo mismo
matar que morir.

Y que un poeta
es un salto necesario hacia el abismo
de sus caminos.








VIII


de aquí a la eternidad podré seguir viviéndote
a través de todos los recuerdos que evoca tu nombre
desaparecido
que ya solo sean recuerdos,
es desgarrador
pero me salva, me salvas
y al fondo de este mar que quiso también ser tuyo,
está mi infancia
acuosa
otra vez, fijando nuestras huellas en la arena
(juntas)
porque parece ser que el dolor, nunca se entierra
ni sabe de juegos





X


este papel en blanco se asemeja al vacío
como tu falta
llenarlo de ti, desnudar el subconsciente, exhibir las tripas
y castigarme de nuevo
¿es vital?,
jamás llegaste a entenderlo del todo, madre
letras en cueros provocando semblante serio
y es curioso y es terco el destino que me limita, después de ti,
al verso vestido de negro por completo,
al recato
al duelo






XV


ha sido indrescriptiblemente cruel
deshacerse de tus pertenencias,
sin la certeza de que aún te pertenezcan
guardar tus recuerdos, apilar pasajes de tu vida
y poder olerte aún, en simples objetos
tan cruel
y tan obsceno sorprenderme acariciando lo material,
para suplirte en todas las cosas
para suplirte.





Ana María Arroyo. “Desde los meses más al sur”. 2017, Unaria ediciones.