Frente al silencio.

Frente al silencio.

viernes, 20 de octubre de 2017

Truman Capote




EL SEÑOR JONES



      En el invierno de 1945 viví varios meses en una pensión de Brooklyn. No era un lugar sucio, sino una casa agradablemente amueblada, de vieja piedra arenisca, mantenida con una limpieza de hospital por sus dueñas, dos hermanas solteras.
      El señor Jones vivía en la habitación contigua a la mía. Mi cuarto era el más pequeño de la casa y el suyo el más amplio, una hermosa habitación soleada, lo que estaba muy bien, porque el señor Jones jamás salía de ella: todo lo que necesitaba, la comida, la compra, el lavado de ropa, era atendido por las maduras patronas. Además, no le faltaban visitas; por lo general, una media docena de personas diferentes, hombres y mujeres, jóvenes, viejas, de mediana edad, frecuentaban diariamente su habitación desde por la mañana temprano hasta últimas horas de la tarde. No era traficante de drogas ni adivino; no, iban simplemente a hablar con él y, por lo visto, le daban pequeñas sumas de dinero a cambio de su conservación y consejo. De no ser así, carecía de medios aparentes de subsistencia.
      Nunca tuve ocasión de hablar con el señor Jones, circunstancia que desde entonces he lamentado a menudo. Era un hombre guapo, de unos cuarenta años. Esbelto, de pelo negro y rostro distinguido: cara pálida y descarnada, pómulos salientes y un pequeño antojo en la mejilla izquierda, una mancha carmesí en forma de estrella. Llevaba gafas con montura de oro y cristales ahumados: era ciego, y también inválidos; según las hermanas, el uso de las piernas le fue arrebatado por un accidente de la infancia, y no podía desplazarse sin muletas. Siempre iba vestido con un traje de tres piezas gris oscuro o azul, muy bien planchado y una corbata discreta: como si estuviera a punto de salir para una oficina de Wall Street.
      Sin embargo, como digo, nunca abandonaba sus dominios. Simplemente se quedaba en su alegre habitación, sentado en una cómoda butaca, y recibía visitas. Yo no tenía idea de por qué iban a verlo aquellas personas de aspecto más bien ordinario, ni de qué hablaban, y estaba demasiado preocupado con mis propios asuntos como para sentir mucha curiosidad. Cuando pensaba en ello, me figuraba que sus amigos habían encontrado en él a un hombre inteligente y amable, que sabía escuchar y a quien se confiaban y consultaban sus problemas: una mezcla entre sacerdote y terapeuta.
      El señor Jones tenía teléfono. Era el único inquilino con línea particular. Sonaba constantemente, a menudo después de medianoche y a horas muy tempranas, como las seis de la mañana.
      Me mudé a Manhattan. Algunos meses después volví a la pensión para recoger una caja de libros que dejé allí guardados. Mientras las patronas me ofrecían té y pastas en su <<salón>> de cortinas de encaje, pregunté por el señor Jones.
      Las dos bajaron los ojos. Carraspeando, una de ellas dijo:
       ―Eso está en manos de la policía.
      La otra explicó:
      ―Hemos dado parte de él como persona desaparecida.
      La primera añadió:
      ―El mes pasado, hace veintiséis días, mi hermana subió el desayuno al señor Jones, como de costumbre. No estaba. Todas sus pertenencias seguían allí. Pero él se había marchado.
     ―Qué raro.
     ―...que un hombre totalmente ciego, un inválido paralítico...
      Pasan diez años.
      Ahora es una tarde de diciembre, hay quince grados bajo cero, y estoy en Moscú. Viajo en un vagón del metro. Sólo hay otros pocos pasajeros. Uno de ellos es un hombre sentado frente a mí, que lleva botas, un abrigo grueso y largo y un gorro de piel de estilo ruso. Tiene ojos brillantes y azules, como de pavo real.
      Tras un momento de duda, lo miro embobado porque aun sin las gafas oscuras no hay equivocación posible ante ese rostro distinguido y descarnado, con sus pómulos salientes y el antojo carmesí en forma de estrella.
      Me dispongo a cruzar el pasillo y hablarle cuando el tren llega a una estación, y el señor Jones, sobre un par de espléndidas y robustas piernas, se levanta y sale del vagón. Rápidamente, la puerta se cierra tras él.










Truman Capote. “Música para camaleones”. 1988, Editorial Anagrama.



miércoles, 18 de octubre de 2017

John Fante



Fragmentos:



      En lo primero que pensé al despertar fue en el perro y bajé tambaleándome de la cama. Me remojé la cara y miré por la ventana que daba al sur. Era un día de los que reconcilian el alma. La tormenta había lavado y enjuagado el mundo. El mar era un inmenso pastel de arándanos y el cielo estaba tan brillante como el manto de la Virgen. Percibía la fragancia de los pinos y el aire salado, y podía ver las islas de Santa Bárbara, a sesenta kilómetros de distancia, cabalgando en el horizonte como un banco de ballenas azules. Era el típico día que torturaba a un escritor, tan hermoso que tenía la certeza de que le despojaría de ambición y sofocaría cualquier idea nacida de su cerebro.
      Harriet estaba haciendo café cuando entré a la cocina. Estaba radiante.
      ―¡Se ha ido! exclamó sonriendo.
      Necesitaba más pruebas, tenía que verlo por mis propios ojos, y salí. No había ni rastro del animal. Atravesé el césped bajo los pinos goteantes y miré por encima del muro. Inspeccioné el garaje, el cercado de los animales, e incluso la vieja y destrozada caravana que en años anteriores había sido el refugio de mis bullterriers. Allí encontré algo que me hizo caer en un dulce sentimentalismo. Era un viejo bate de béisbol, mordisqueado a medias por mi difunto Rocco, que adoraba devorar bates, especialmente por el mango, donde podía saborear el sudor de las manos de mis hijos.
      El desayuno estaba listo cuando volví a la casa. Me tomé un café, encendí el primer cigarrillo y sentí en la psique la primera chispa de una premonición. Aquel condenado perro andaba todavía por allí. No estaba escrito que pudiera librarme de él tan fácilmente. El hijo de puta no se había ido. Una intuición todopoderosa me obligó a levantarme de la silla. Estaba allí, debajo de aquel mismo techo. La premonición me dirigió hacia el ala norte de la casa, a la habitación de Jamie.
      Abrí la puerta silenciosamente y miré dentro. Estaban los dos dormidos, cada uno en su lado, el brazo de la Jamie alrededor del cuello del perro y los dos roncando. Me gustó lo que vi. Me gustaba que los jóvenes durmieran con perros. Esa lo más cerca de Dios que estarían en toda su vida. Cerré la puerta y volví a la cocina.
      ―Jamie tiene un invitado.
      ―No será ese horrible chico de los Shaw dijo Harriet.
      ―Peor que eso.
     Levantó los ojos del volumen de Bernard Shaw y tropezó con mi mirada.
      ―¿El de los Castallani?
      ―El perro.
     Harriet tembló y la taza se agitó en su mano mientras tomaba un sorbo
      ―No puedo pensar en eso ahora dijo, derramando café en el libro al dejar la taza. Tengo que leer todo esto, todas las obras. ¿Has leído alguna vez una obra de Bernard Shaw? Se apretó los ojos con la mano. ¡Por favor, no me hables del perro!

***






      Con fama de loco, atormentado por las úlceras, ausente de todas las reuniones de Gremio de Escritores, visto con regularidad en la tienda de licores y en la Oficina de Empleo. O paseando por la playa con un perro enorme, imbécil y peligroso. Auténtico plasta en las fiestas, hablando de los viejos tiempos. Se emborracha todas las noches viendo programas de entrevistas por la tele. Peleado con su agente y actualmente sin representante. Habla obsesivamente de Roma. Vaga sin rumbo por su patio, cascando pelotas de golf con un hierro nueve. Despreciado por sus cuatro hijos. El mayor de los varones desprecia a la raza blanca y se casaría con una negra. El mediano recibe prestaciones del Estado mientras trata de ser actor. El menor es demasiado joven para contribuir a la desintegración de la familia. La hija, enamorada de un golfo que hace surf. La leal esposa atiende a sus necesidades personales preparándole saludables comidas a base de natillas y huevos pasados por agua, y le acompaña frecuentemente al cuarto de baño.
      Encendí una pipa, salí al patio y me desplomé en una silla. La calurosa noche estaba muy silenciosa en apariencia, pero al fondo se oían el violento bramido de la pleamar, el chirrido de los grillos, el gorjear de los pájaros inquietos, los chillidos de las ardillas, el rugido de los aviones que pasaban veloces como el rayo, los chasquidos de los pinos y la fantasmagórica sensación de que el aire se había incendiado.
      Otra vez me asediaba el insoluble y fundamental interrogante de mi vida. ¿Qué diantres hacía yo en este pequeño planeta? ¿Cincuenta y cinco años para esto? Era absurdo. ¿A qué distancia estaba Roma? ¿A doce horas? Nápoles también estaba bien. Positano. Ischia. ¿Era éste el final de mi vida, una casa en forma de Y en Point Dume? No podía creerlo. Dios me tomaba el pelo.
Idiota salió de la oscuridad con pasos sigilosos. Me miró la pierna que tenía colgando, me miró a mí y calculó las posibilidades. Y trató de sentarse a horcajadas en la pierna. Se la quité de debajo. Desilusionado, apoyó el hocico en mi muslo y le acaricié el pescuezo. Necesitaba ayuda. ¡Dios bendito, si aquel perro pudiera hablar! ¡Si hubiera podido hablar con mi hermano Rocco, qué diferente habría podido ser mi vida!

***




John Fante. “Al oeste de Roma”. 2015, Editorial Anagrama.



jueves, 12 de octubre de 2017

Javier Vela




VII

                                                                        A Antonio Beltrán



TAN cerca ya, mujer, tu advenimiento,
te sueño como un pájaro dorado
surcando amaneceres,
                                    realidades,
desabrochada el alba y deseosa
de arrancarle a la noche su ceguera.
Sediento estoy de luz,
                                    tan cerca ya.
Sedienta está la luz de iluminarte,
de reflejarse en ti, de regresarse
renovada y henchida de tu nombre.
Y tú serás el mar que colme nuestra sed,
serás el mar y el aire y la mañana,
y como un mar vendrás,
                                       coronada de espuma,
inundando el silencio de las cosas
con el murmullo blanco de tu cuerpo.
Igual que un mar salobre, inabarcable,
me asumirás al fin bajo tus aguas,
y desde allí veré sobrevolarme
al pájaro dorado de los amaneceres,
surcando realidades en lo alto,
sediento tu cuerpo, como una vez yo estuve.







IV
                                                       (Autorretrato)

                                             A Rafael García y María Ángeles Rebollo

                                                                                   Plural todo, plural
                                                                                           Pedro Salinas



ME acecho en los espejos,
procuro ver quién más habita esta mirada
confusa por la luz,
quién trenza mis palabras,
                                          quién mis actos.
Y aunque ya sé que es otro quien me vive,
quien me sueña detrás de la conciencia,
necesito de ti para significar,
como del aire el pájaro,
como la muerte al fin nos necesita vivos
para llamarse muerte y alejarnos.
Me acecho en los espejos,
                                          huyo,
                                                    me doy la espalda,
no alcanzo a ver quién más habita esta mirada
confusa por la luz,
y me acerco de nuevo hacia mí mismo
y unos ojos de azogue me devuelven
mi inconcreción,
                            al fin, la incertitud
de no llegar jamás a conocerme.








VIII
                                                           (Ruinas)


YA no me queda nada que decirme,
lo dije todo ayer, mientras dormía,
mientras que la ciudad se miraba al espejo
y se atusaba el pelo con gesto de añoranza.
Lo dije todo ayer,
                             alguien lo dijo
por mí mientras dormía y las madres del mundo
limaban las esquinas de la noche.
Ya no me queda nada, no, tan sólo
esta corporeidad
que repta entre las sábanas,
este abismo de luz en el que caigo
en cada despertar;
                              estos versos, si acaso.
Adónde van los sueños
cuando la orquesta calla y el silencio
ensordece mi oído.
Quiero ir con ellos, sí, quiero seguirlos
allá donde me lleven, allá donde
la música no sea interrumpida
por el último grito de algún hijo
que ha sido devorado por su madre:
la ciudad.
                Ya lo dije todo ayer,
alguien habló por mí mientras dormía,
y ahora sólo quedan estas calles
desconocidas,
                       este laberinto
en el que ni siquiera alcanzo a recordar
si le persigo yo o es él quien me persigue.







Javier Vela. "La hora del crepúsculo". Premio Adonais 2003, Ediciones Rialp.




martes, 10 de octubre de 2017

Camilo José Cela



Fragmento:




      La idea de la muerte llega siempre con paso de lobo, con andares de culebra, como todas las peores imaginaciones. Nunca de repente llegan las ideas que nos trastornan; lo repentino ahoga unos momentos, pero nos deja, al marchar, largos años de vida por delante. Los pensamientos que nos enloquecen con la peor de las locuras, la de la tristeza, siempre llegan poco a poco y como sin sentir, como sin sentir invade la niebla los campos, o la tisis los pechos. Avanza, fatal, incansable, pero lenta, despaciosa, regular como el pulso. Hoy no la notamos; a lo mejor mañana tampoco, ni pasado mañana, ni en un mes entero. Pero pasa ese mes y empezamos a sentir amarga la comida, como doloroso el recordar; ya estamos picados. Al correr de los días y las noches nos vamos volviendo huraños, solitarios; en nuestra cabeza se cuecen las ideas, las ideas que han de ocasionar el que nos corten la cabeza donde se cocieron, quién sabe si para que no siga trabajando tan atrozmente. Pasamos a lo mejor hasta semanas enteras sin variar; los que nos rodean se acostumbraron ya a nuestra adustez y ya ni extrañan siquiera nuestro extraño ser. Pero un día el mal crece, como los árboles, y engorda, y ya no saludamos a la gente; y vuelven a sentirnos como raros y enamorados. Vamos enflaqueciendo, enflaqueciendo, y nuestra barba hirsuta es cada vez más lacia. Empezamos a sentir el odio que nos mata; ya no aguantamos el mirar, nos duele la conciencia, pero, ¡no importa!, ¡más vale que duela! Nos escuecen los ojos, que se llenan de un agua venenosa cuando miramos fuerte. El enemigo nota nuestro anhelo, pero está confiado; el instinto no miente. La desgracia es alegre, acogedora, y el más tierno sentir gozamos en hacerlo arrastrar sobre la plaza inmensa de vidrios que va siendo ya nuestra alma. Cuando huimos como las corzas, cuando el oído sobresalta nuestros sueños, estamos ya minados por el mal; ya no hay solución, ya no hay arreglo posible. Empezamos a caer, vertiginosamente ya, para no volvernos a levantar en vida. Quizás para levantarnos un poco a última hora, antes de caer de cabeza hasta el infierno... Mala cosa.








Camilo José Cela. "La familia de Pascual Duarte". 1993, Ediciones Destino.



sábado, 7 de octubre de 2017

Edgar Allan Poe




el cuervo




Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!







Edgar Allan Poe. En el aniversario de su muerte. 2017, por transmisión telepática.





jueves, 5 de octubre de 2017

Diego Álvarez Miguel




Le di la espalda a todos los ídolos, a Dios y a las grandes empresas, al dinero y al amor, a la familia y a los amigos, me eché a la carretera, con la cara llena de granos y rastas en el cogote, con mis pantalones anchos, mis calcetines bajo la lengüeta, mis discos de rap y mis mancuernas. Quise vivir el sueño, galopar hacia el éxito, convertirme en un hombre sin saber exactamente lo que era ser un hombre. Me eché a la carretera creyendo que la juventud merecía una aventura, que la pobreza no iba conmigo, que aquel fracaso congénito se corregiría por inercia. A todos se lo dije: <<Estad tranquilos, volveré y todos sabrán mi nombre>>.

Pero he vuelto, y nadie se acuerda de mí.

***


Supongamos que esto ocurre a los veintiséis años, que algo extrae la pasión, el ímpetu, la obsesión, de todo lo que nos rodea como se extrae la sangre de los cuerpos, con una jeringuilla o con un tajoy que no queda más que pura química en las cosas. Supongamos que en un momento dado de nuestra vida descubrimos que ya no hay secretos para la ciencia, que para todo hay fórmula y una definición, que todo el plano de la emoción puede deducirse a partir de una serie de axiomas.

1 El amor no es más que una mezcla de dopamina, seretonina y oxitocina, además de testosterona, adrenalina, vasopresina y, sobre todo, feniletilamina.

2 Hay un mecanismo de control en el hipotálamo anterior que regula la fiebre.

3 Ante una herida, del tipo que sea, la serotonina, la histamina, el potasio, las postraglandinas, etcétera, son liberadas en el área que rodea a los nociceptores y los sensibiliza en un estado de hiperalgesia (del griego, <<gran dolor>>).

4 El asco se origina en la amígdalas cerebrales, que pertenecen al sistema límbico.

5 La baja en los niveles de norepinefrina, una sustancia que puede funcionar tanto como neurotransmisor o como hormona, se encarga directamente de la tristeza.

6 El odio, esa ponzoña, viene dado en función de los niveles en nuestro cuerpo de serotonina, que funciona como inhibidor del enfado, de la temperatura corporal, de la ira y de la agresión.

7 El dióxido de carbono incrementa la acidez cerebral, que a su vez activa una proteína del cerebro que desempeña un papel importante en la sensación de miedo y ansiedad.

8 La alegría, esa red delicada, está producida por un neurotransmisor llamado dopamina. Bajos niveles de esta sustancia están relacionados con una disminución de nuestra sociabilidad.

Pero entonces, yo me pregunto, ¿qué hay de la belleza, de la duda, del misterio?

***








¿Cómo puede ser esto la derrota
si tengo el mar frente a mis ojos?






Diego Álvarez Miguel. "Meh". 2017, Valparaíso Ediciones.


lunes, 2 de octubre de 2017

César Vallejo




LA VIOLENCIA DE LAS HORAS



      Todos han muerto.
      Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
      Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: "Buenos días, José! Buenos días, María!
      Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió, a los ocho días de la madre.
      Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
      Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.
      Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.
      Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
      Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
      Murió el músico , alto y muy borracho, que solfeteaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
      Murió mi eternidad y estoy velándola.

***






      ―No vive ya nadie en la casa me dices; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.
      Y yo te digo: cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, ed soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Solo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras la segunda está tendida.
      Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continúa en la casa, es el sujeto del acto.

***





César Vallejo. "Poemas en prosa". 1991, Cuadernos de cántiga.