Frente al silencio.

Frente al silencio.

martes, 16 de julio de 2019

Raymond Carver





LOUISE


En la casa-tráiler de al lado
una mujer no deja de buscarle las cosquillas a una niña llamada
Louise
¿No te dije, boba, que dejaras la puerta cerrada?
¡Jesús, estamos en invierno!
¿Pagas tú la factura de la calefacción?
¡Límpiate los pies, por Dios!
Louise, ¿qué tengo que hacer contigo?
Oh, ¿qué tengo que hacer contigo, Louise?
La misma canción noche y día.
Hoy madre e hija salieron a
lavar la ropa
Dile hola a este señor, le dice la mujer
a Louise. ¡Louise!
Estas es Louise, dice la mujer
y le da una colleja.
El gato le comió la lengua, dice la mujer.
Pero Louise tiene unas pinzas en la boca
y ropa mojada en los brazos. Tira
de la cuerda hacia abajo, la sujeta
con el cuello
mientras tiende la camisa
y luego la suelta.
La camisa se hincha, aletea
sobre su cabeza. La esquiva
y salta hacia atrás salta alejándose
de esa figura casi humana.





ANATEMA


Sufría la familia entera.
Mi mujer, yo mismo, los dos niños y la perra
cuyos cachorros nacieron muertos.
Nuestros asuntos, como siempre, iban mal.
A mi mujer le había dejado su amante,
un profesor de música manco
que era su único contacto con el mundo exterior
y la capacidad de pensar.
Mi propia novia dijo que no podía aguantar más
y volvió con su marido.
Nos habían cortado el agua.
Te cocías en aquella casa durante todo el verano.
Los ciruelos se habían secado.
Los arriates de flores, pisoteados.
El coche se había quedado sin frenos y la batería
empezaba a fallar. Los vecinos habían dejado de hablarnos
y nos daban con la puerta en las narices.
En las tiendas nos devolvían los cheques
y dejaron de traernos el correo.
Solo el sheriff pasaba
de vez en cuando con uno u otro
de nuestros hijos en el asiento de atrás,
rogando que nos los lleváramos de allí.
Luego entraron los ratones a casa, a miles.
Seguidos por una serpiente cornuda. Mi mujer
se la encontró tomando el sol en el salón
junto al televisor estropeado. Lo que hizo con ella
es otro cantar. Le cortó la cabeza
allí mismo en el suelo.
Y luego la cortó en dos porque seguía
retorciéndose. Estaba claro que no podíamos más.
Estábamos hundidos.
Queríamos ponernos de rodillas
y decir perdona nuestros pecados, perdónanos
la vida. Pero era demasiado tarde.
Demasiado tarde. Nadie nos escucharía.
Tuvimos que ver cómo se venía la casa abajo
y el suelo se abría en dos.
Luego nos dispersamos en las cuatro direcciones.





MI MUERTE


Si tengo suerte, estaré conectado
a una cama de hospital. Tubos
por la nariz. Pero no os asustéis, amigos.
Os digo desde ahora que está bien así.
Poco se puede pedir al final.
Espero que alguien llame a los demás
para decir: <<¡Ven rápido, se está yendo!>>
Y vendrán. Así tendré tiempo
para despedirme de las personas que amo.
Si tengo suerte, se acercarán
para que pueda verlas por última vez
y llevarme ese recuerdo.
Puede que bajen la mirada y quieran echar a correr.
Pero, al menos, puesto que me quieren,
me darán la mano y me dirán <<Valor>>
o <<Todo irá bien>>.
Y tienen razón. Todo irá bien.
Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.
Solo espero que siga la suerte y pueda mostrar
mi agradecimiento.
Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir:
<<Sí, te escucho. Te entiendo.>>
Incluso que pueda llegar a decir algo así:
<<Yo también te quiero. Sé feliz.>>
Así lo espero. Pero no quiero pedir demasiado.
Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que
disfruté
a tu lado todo estos años. En cualquier caso,
no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y mi familia. Si es así, créeme,
salí por la puerta grande. Esa vez no fue una derrota.






QUEDE CONSTANCIA


El nuncio papal, Jhon Burchard, escribe letra a letra
que trajeron docenas de yeguas y garañones
al patio del Vaticano
para que el papa Alejandro VI y su hija
Lucrecia Borgia contemplasen desde un balcón
<<con placer y mucha risa>>
el apareamiento de los equinos.
Cuando terminó el espectáculo,
se refrescaron, luego aguardaron
a que el hermano de Lucrecia, César,
liquidara a tiros a diez criminales desarmados
que habían llevado al mismo patio.
Recuerda esto la próxima vez que oigas
el nombre de Borgia o la palabra Renacimiento.
No sé qué hace con ello
esta mañana. De momento, lo dejaré.
Iré a dar el paseo que pensaba con la esperanza
de ver a esas dos garzas alzarse sobre el acantilado
como hicieron a principios de la estación,
cuando nos sentíamos solos y recién
instalados aquí, a nuestro
aire.





LO QUE DIJO EL MÉDICO


Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que lo tenía malo malo de verdad
dijo que había contado treinta y dos en un pulmón
y que dejó de contar
le dije me alegro porque no querría saber
si hay más
dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese
en el bosque y pida ayuda
cuando llegue a la cascada
la neblina le rodeará los brazos y la cara
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy
dijo lo siento mucho dijo
me hubiera gustado tener otras noticias que darle
dije Amén y él añadió algo
que no entendí y no sabiendo qué más hacer
y para no hacerle repetirlo
y a mí digerirlo
me quedé mirándolo sin más
durante un rato y él me miraba a mí
me puse de pie de un salto y le tendía la mano al hombre
que acababa de decirme lo que nunca nadie me había dicho
puede que incluso le haya dado las gracias por costumbre.




Raymond Carver. “Todos nosotros. Poesía completa”. 2019, Anagrama.



lunes, 3 de junio de 2019

Albert Camus




Fragmentos:



      En fin, Tarrou parecía haber sido definitivamente seducido por el carácter comercial de la ciudad, cuyo aspecto, animación e incluso placeres aparentaban ser regidos por las necesidades del negocio. Esta singularidad (es el término empleado en los apuntes) tenía la aprobación de Tarrou y una de sus observaciones elogiosas llegaba a terminarse con la exclamación: <<¡Al fin!>>. Estos son los únicos puntos en las notas en que las notas del viajero, pertenecientes a esta fecha, parecen tener carácter personal. Es difícil apreciar su significación y lo que pueda haber de serio en ellas. Es así como, después de haber relatado que el hallazgo de una rata muerta había llevado al cajero del hotel a cometer un error en su cuenta, Tarrou había añadido con una letra menos clara que de ordinario: <<Pregunta: ¿qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud. Medios: pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable; vivir el domingo en el balcón, por la tarde; oír conferencias en una lengua que no se conoce; escoger itinerarios del tren más largos y menos cómodos y viajar de pie, naturalmente; hacer la cola en las taquillas de los espectáculos, sin perder su puesto, etc., etc...>>. Pero inmediatamente después de estos juegos de lenguaje o de pensamiento, los apuntes comienzan una descripción detallada de los tranvías de nuestra ciudad, de su forma de barquichuelo, su color impreciso, su habitual suciedad y terminan estas consideraciones con un <<es notable>> que no explica nada.
***



      Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababan de morir inesperadamente de la peste, el peligro seguía siendo irreal para él. Simplemente, cuando se es médico, se tiene formada una idea de lo que es el dolor y la imaginación no falta. Mirando por la ventana su ciudad no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación.
***



      El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombres son más bien buenos que malos, y, a decir verdad, no es esta la cuestión. Solo que ignoran, más o menos, y a esto se le llama virtud o vicio, ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible.
***




      Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.


Albert Camus. “La Peste”. 1977, Pocket Edhasa.

lunes, 6 de mayo de 2019

Thomas Bernhard




El imitador de voces


      El imitador de voces, que ayer por la tarde fue huésped de la Asociación de Cirujanos, se mostró dispuesto, después de su representación en el Palais Pallavicini, al que lo había invitado la Asociación de Cirujanos, a ir con nosotros al Hahlenberg, para allí, donde tenemos una casa siempre abierta a todos los artistas, exhibirnos también su arte, naturalmente a cambio de unos honorarios. Rogamos al imitador de voces,que procedía de Oxford, Inglaterra, pero había ido al colegio en Landshut y había sido en otro tiempo armero en Berchtesgaden, que no se repitiera en el Kahlenberg, sino que nos representara algo totalmente distinto de lo de la Asociación de Cirujanos, es decir, que imitase en el Kahlenberg voces totalmente distintas de las del Palais Pallavicini, lo que nos prometió a nosotros, que habíamos estado entusiasmados con el programa que presentó en el Palais Pallavicini. Realmente, el imitador de voces nos imitó en el Kahlenberg voces totalmente distintas, más o menos famosas, de las de la Asociación de Cirujanos. Pudimos formular también deseos, que el imitador de voces satisfizo con la mejor voluntad. Con todo, cuando le propusimos que, para terminar, imitase su propia voz, nos dijo que eso no sabía hacerlo.




Sin alma


      Mientras en los hospitales los médicos se interesen solo por los cuerpos y no por las almas, de las que, aparentemente, no saben casi nada, tendremos que calificar a los hospitales no solo de establecimientos de derecho público sino también de asesinato público, y a los médicos de asesinos y compinches de ejecuciones. Cuando un, así llamado, científico privado de Ottnang am Hausruck, que había sido internado en el hospital de Vöcklabruck por una, así llamada, peculiaridad, fue reconocido de pies a cabeza, preguntó, según escribe en una carta a la revista médica Der Arzt: ¿y el alma? A lo que el médico que había reconocido su cuerpo le respondió: ¡cállase!




Retroceso


      En El Cairo, al término de una recepción que daba un embajador francés con motivo del cumpleaños de su esposa y a la que asistieron unos cien invitados, los cuales, durante toda la velada, hablaron principalmente de las Fleurs du mal de Baudelaire, que el anfitrión, en muchos años de trabajo, había traducido a la lengua egipcia, se amontonaron tantas personas ante el ascensor del sexto piso, en el que vivía el embajador, que nosotros, que teníamos tiempo, retrocedimos. Cuando la puerta del ascensor se cerró, el ascensor, inesperadamente y para espanto de los que habían quedado, se precipitó al vacío, estrellándose. Los que que habían quedado estuvieron durante varios segundos sin poder moverse, y permanecieron completamente mudos en el completo silencio que siguió al estrépito causado por el estallido del ascensor en la planta baja. Solo cuando se oyeron los primeros gritos se atrevieron a salir de su estupor, pero fueron incapaces de hacer nada sensato. No querían bajar y retrocedieron hasta el piso del embajador porque, lo mismo que los otros, éramos incapaces de bajar. Solo tres horas después del suceso, junto con los demás, abandonamos la casa del embajador, cuando nos dijeron que habían retirado a los cadáveres de todos los que habían muerto en el ascensor. Como es natural, todavía hoy nos preocupa la cuestión de por qué no nos metimos en el ascensor y retrocedimos ante los otros. En El Cairo, hemos oído, todos los años varios ascensores viejos, sobrecargados, se precipitan al vacío.





Thomas Bernhard. “El imitador de voces”. 1999, Alfaguara.




sábado, 27 de abril de 2019

Alejandro Hermosilla




Reseña:


SANGRE Y MUERTE AL JARDINERO



      ¿Es la jardinería un arte, o acaso una magia? ¿Qué jardín quisimos hacer del Edén para que nos expulsaran cruelmente como barro hecho a imagen y semejanza del creador, como hijos del mismísimo abismo? 
      Habría que preguntárselo, porque así nos incita Alejandro Hermosilla a hacerlo. En todo caso, cuánto de oculto y misterioso, de Creador con mayúsculas tiene el cuidado y forma del oficio de jardinero. De él, de su mano y carácter depende que el jardín sea un lugar de luz y paz, o todo lo contrario. Porque de donde brota la flor, también se alimentan las malas hierbas, de la misma tierra e idéntica sed.
      Ya sabemos la maravilla que consigue un buen suelo con oscuridad y silencio, con paciencia y tacto diestro, corrompiendo la carne, pudriendo lo que un día respiró bajo el sol que nos alumbra.
      La misma mano que amolda la vida la siega.
      Vertiginosa e inquietante, arriba y abajo, arriba y abajo es la narración de este libro, o acaso jardín donde brota desinhibida la historia de un jardinero y las incontables ramas por las que se bifurca su savia.
      Alusiones a un espíritu santo, una paloma, el rayo de luz que escapa entre las nubes compactas, opacas tras días y más días de oscuridad. ¿Debilidad o regodeo, Dios o diablo? Nada es lo que parece en la dualidad de un jardinero, ¿o era señor de su castillo? ¿Cuántas apariencias, y lenguas habla el caído del Cielo, el expulsado de la diestra de su Señor?
      Quién sabe.
      Veo el caos y el orden, la divinidad y lo ignominioso. Estoy cara a cara, frente a El jardín de las delicias. Lo miro, lo contemplo, este tríptico, obra culmen de El Bosco entre las páginas de este libro.
      Cicuta y ambrosía. Fruto y espina. Conjuro tras conjuro. Dualidad en cualquier caso, en todo momento.
      Es horrible. Me resulta inquietante y maravilloso. Es magia. ¿Será la obra de un jardinero, de un loco o un genio? no dejo de preguntarme
      Lascivia, violencia, lujuria, desidia, decadencia, felonía, narcisismo, irracionalidad... Son estas las actitudes, tan humanas, dionisíacas, que a través de la educación, de la "poda", se trata de reprimir la maleza, para ser menos lobos, menos hienas, más apolíneos como ya se encargó de mostrarnos Nietzsche reinterpretando la mitología clásica, y así poder vivir en sociedad; quizá tan pacíficamente como de modo tan hipócrita parece. Aunque no siempre se logra. El fracaso también es originalidad, verso suelto, alma rebelde, ortiga, mala hierba, persona non grata, demonio para el resto. Y cómo de atrayente puede resultar. Basta asomarse a la creción de tantos y tantos que nos precedieron, ahí están las vanguardias, el decadentismo, ese Jardín de las delicias, y los horrores, por ejemplo, que retrata y nos retrata.
      Es nuestro jardinero una gran metáfora del envés de la hoja, de la cruz de la moneda, del reverso de la luz que cualquiera de nosotros lleva o puede llevar en su interior. Es el nigromante que explica y opone al mago blanco, a su magia creadora, pacífica, de equilibrio, principios y bienaventuranza.
      Con una gran dosis de literatura, propia y de lector empedernido que estudia y cita a los clásicos, directa o veladamente: Kafka, Poe, Dickens, Ovideo, Lautréamont, Beckett, Wilde, Süskind... Nuestro autor y amigo, como un buen entomólogo, nos va desmontando el caparazón y órganos, la anatomía del insecto en el que cualquier día podemos amanecer encerrados. Tú, yo, todos.
      Revolución y justicia.
      A nuestra semejanza, Dios y Señor, arquitecto y jardinero de la propia obra. Sea esta odiosa o amada.
      Devuelvan al fuego lo que es del fuego.
      Permítanme un consejo, cuiden sus semillas, lo que han plantado durante tanto tiempo, a saber lo que podría crecerles si las abandonan a su suerte, al susurro del ángel negro de su siniestra; o peor: a los caprichos de un oscuro jardinero cuyo reflejo en el espejo no deja de asustar y sorprender por conocido, por exacto al propio retrato.
      
      ¡Sangre y muerte al jardinero!




Alejandro Hermosilla. El Jardinero. 2018. Jekyll & Jill


(Para acabar y relajarme, me pongo ahora la canción El día de la bestia: https://www.youtube.com/watch?v=essAq0kEq10 Eso es todo, amigos.)


jueves, 21 de febrero de 2019

Manuel Altolaguirre




Fragmentos:



Mi afición por la imprenta data desde muy niño. Apenas si tenía yo cinco años, cuando escribí mis primeros versos. Felicitaba con ellos a mi madre por el día de su santo. Recordar aquella infantil aleluya, todavía me produce rubor por lo torpe y sin gracia que era. Sin embargo, Catalina, la cocinera de mi casa, encontró que mis versos eran preciosos y cortando la hoja del cuaderno de mis primeras letras, se lo llevó a su hijo que era impresor. Antonio Chávez me dio a la mañana siguiente una sorpresa. Encontré a los pies de mi cama, enrollada como si fuera un diploma, una cartulina estampada en diversos colores. En el centro de una orla donde figuraban nenúfares, mariposas y estrellas, estaban impresos mis versos con letras de oro.

***


Otro surrealista que renunció a la tendencia política revolucionaria fue el pintor Salvador Dalí. Recientemente unos amigos suyos catalanes refugiados políticos en México solicitaron de Dalí una colaboración para una revista que tenían en proyecto. La contestación de Dalí llegó en una tarjeta postal. Escribió: <<No quiero nada con los vencidos. Salvador Dalí>>.
      El autor de esa frase fue íntimo amigo de Federico en la Residencia de Estudiantes, donde le conocí esforzándose en adquirir una técnica de dibujo a la que debe hoy en día su fama. Era un muchacho de extraordinaria timidez. Capaz, por lo mismo, de los mayores atrevimientos. Recibió inspiración para su primera época de Federico García Lorca y de Luis Buñuel. Dalí puso su técnica al servicio de estos dos soñadores y más tarde colaboró con Buñuel en dos películas: en El perro andaluz y en La edad de oro.

***


NOTICIA SOBRE
MIGUEL HERNÁNDEZ
(1939)


Su vida completa, desde su niñez campesina de Orihuela hasta su fallecimiento, desprende como el mar o como el río nubes para las lluvias del hombre, sudario para ocultar su muerte. Ningún poeta como él tan rodeado de exaltación, fomentada desde su prodigiosa niñez, allá en su pueblo, por el entusiasmo de su vijo amigo, un canónigo, el que le diera sus primeras lecturas (Calderón, Cervantes, Lope), el que recibiera sus primeros versos.
      En Orihuela se le murió otro amigo, Ramón Sijé; con él publicó una revista católica El Gallo Crisis, impopular y culta; amigo que le dejó al morir su obra, larga, ambiciosa, repetidora de Zubiri, de Ortega, de Bergamín, de Ors. Con aquellos manuscritos, por fidelidad amistosa, vino a mi imprenta, pero yo preferí publicarle sus versos El Rayo que no cesa, colección de sonetos admirables. En Madrid trabajaba con José María de Cossío en una Enciclopedia del toreo que iba a publicar Espasa-Calpe. Su oficina estaba cerca de mi casa, y al terminar su trabajo venía a verme, entrando por la ventana abierta; tenía facilidad para subirse a los árboles, cosa que hacía cuando paseábamos por alguna alameda.
      Giménez Caballero le publicó en La Gaceta Literaria sus primeros versos, y Bergamín, en Cruz y Raya, su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve. También colaboró en varios números de la Revista de Occidente. No es cierto, pues, que fuera un poeta desconocido antes de la guerra, sino, por el contrario, a pesar de su juventud, ya había pasado por diferenctes modos de sentir y pensar. Los poetas que Miguel Hernández más quería y admiraba eran Pablo Neruda y Vicente Aleixandre.
      Dije antes que vivía rodeado de exaltación. Era llama de amor viva. Su fuego, su esperanza, su heroísmo, crecieron con la guerra. Fue valiente y apasionado hasta perder la memoria. Su muerte es la mayor cobardía de esta guerra. Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles.

***


El poeta no se da nunca exacta cuenta de cuando deja de ser joven para convertirse en un superviviente. Encerrado o formando parte de un anillo literario, cuando éste se deshace, de repente se encuentra flotando a la deriva o arribando a la playa de una isla desierta, y en cualquiera de las dos angustiosas soledades percibe que no es la edad la que concede ilusiones y bríos a su pluma, sino las circunstancias internas y externas de su vida. Por eso la juventud a la que me refiero es aquélla que depende de un estado del ánimo.

***






      La muerte de Federico García Lorca nos ha hecho pensar mucho, no nos deja tranquilos. De Vicente Aleixandre, el otro amigo íntimo, recojo estas palabras:

      Yo le he visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la Luna correspondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyan en el aire, pero sus raíces se hundían en el tiempo, en los siglos, en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esta sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que encandecía su ceño inspirado. No, no era un niño entonces. ¡Qué viejo, qué viejo, qué <<antiguo>>; qué fabuloso y mítico! Que no parezca irreverencia: sólo algún viejo cantaor de flamenco, sólo alguna vieja bailaora, hechos ya estatuas de piedra, podrían serle comparados. Sólo una remota montaña andaluza sin edad entrevista en un fondo nocturno, podría entonces hermanársele...
      En Federico, que pasaba mágicamente por la vida, al parecer sin apoyarse; que iba y venía ante la vista de sus amigos con algo de genio alado que dispensa gracias, hace feliz un momento con su presencia y escapa en seguida como la luz, que él se llevaba efectivamente; en Federico se veía sobre todo al poderoso encantador, disipador de tristezas, hechicero de la alegría, conjurador del gozo de la vida, dueño de las sombras, a las que él desterraba con su presencia. Pero yo gusto a veces de evocar a solas otro Federico, una imagen suya que no todos han visto: al noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y pasión que en el vértigo de su vida de triunfo difícilmente podría adivinarse. He hablado antes de esa nocturna testa suya, macerada por la Luna, ya casi amarilla de piedra, petrificada como un dolor antiguo. <<¿Qué te duele, hijo?>>, parecía preguntarle la Luna. <<Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás que son uno conmigo>>...
      El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, fluir, pasándole por su cuerpo y sus almas sangres, remembranzas, dolor, latidos de otros corazones y otros seres que eran él mismo en aquel instante, como el río es todas las aguas que le dan cuerpo pero no límite. La hora muda de Federico era la hora del poeta, hora de soledad, pero de soledad generosa, porque es cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.





Manuel Altolaguirre. "El caballo griego". 2010, Diario Público.




viernes, 15 de febrero de 2019

Arthur Rimbaud





De Iluminaciones.


VIDAS


III


                    En un granero donde me encerraron a los doce años
                    conocí el mundo, ilustré la comedia humana. En una
                    bodega aprendí historia. En alguna fiesta nocturna de
                    una ciudad del Norte encontré a todas las mujeres
                    de los pintores antiguos. En un viejo pasadizo de Pa-
                    rís me enseñaron las ciencias clásicas. En un morada
                    magnífica, cerrada por el entero Oriente, concluí mi
                    inmensa obra, pasé mi ilustre retiro. He braceado
                    mi sangre. He sido dispensado de mi deber. Ni siquie-
                    ra debo pensar ya en ello. Soy realmente de ultratum-
                    ba, así que basta de encargos.







De Una temporada en el infierno.


                   Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en
                   el que todos los corazones se abrían, en el que vinos
                   de todas clases fluían sin cesar.
                       Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la
                   encontré amarga. Y la injurié.
                       Me armé contra la justicia.
                       Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: solo a vo-
                   sotras os fue confiado mi tesoro!
                       Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de hu-
                   mana esperanza. Sobre todo alegría, para estrangu-
                   larla, realicé el salto sigiloso de la fiera.
                        Llamé a los verdugos para así morir mordiendo la
                   culata de los fusiles. Llamé a las plagas para así po-
                   der ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue
                   mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen
                   me secó. Se la jugué a la locura.
                        Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota.
                         Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de
                   estirar al pata, decidí buscar la llave que me abriera
                   las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, reco-
                   braría el apetito.
                          La caridad es esa llave. ¡Esta inspirada afirma-
                   ción demuestra que he estado soñando!
                         <<Siempre serás una hiena, etc...>>, exclama el de-
                   monio que me coronó con tan amables adormideras.
                   <<Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apeti-
                   tos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.>>
                         ¡Bueno! Ya he tenido bastante: Pero, querido Sa-
                   tanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de
                   esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arran-
                   co, para usted que ama en el escritor la ausencia de
                   facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas
                   hojas repelentes de mi libreta de condenado.





Arthur Rimbaud. “Hay que ser absolutamente moderno”. 1998, Mondadori.





sábado, 9 de febrero de 2019

Roberto Bolaño



Fragmentos:


      El pretexto que usó Lola fue el ir a visitar a su poeta favorito, que vivía en el manicomio de Mondragón, cerca de de San Sebastián. Amalfitano escuchó sus argumentos durante toda una noche mientras Lola preparaba su mochila y le aseguraba que no tardaría en volver a casa junto a él y junto a su niña. Lola, sobre todo en los últimos tiempos, solía afirmar que conocía al poeta y que esto había sucedido durante una fiesta a la que asistió en Barcelona, antes de que Amalfitano entrara en su vida. En esta fiesta, que Lola definía como salvaje, una fiesta atrasada que emergía de pronto en medio del calor del verano y de una caravana de coches con las luces rojas encendidas, se había acostados con él y habían hecho el amor toda la noche, aunque Amalfitano sabía que no era verdad, no solo porque el poeta era homosexual, sino porque la primera noticia que tuvo Lola de su existencia se la debía a él, que le había regalado uno de sus libros. Después Lola se encargó de comprar el resto de la obra del poeta y de escoger a sus amigos entre las personas que creían que el poeta era un iluminado, un extraterrestre, un enviado de Dios, amigos que a su vez acababan de salir del manicomio de Sant Boi o que se habían vuelto locos después de repetidas curas de desintoxicación. En realidad, Amalfitano sabía que tarde o temprano su mujer emprendería el camino a San Sebastián, así que prefirió no discutir, ofrecerle parte de sus ahorros, rogarle que volviera al cabo de unos meses y asegurarle que cuidaría bien a la niña.

***



      Aquella noche, mientras su hija dormía y después de escuchar el último programa de noticias en la radio más popular de Santa Teresa, << La voz de la frontera>>, Amalfitano salió al jardín y después de fumarse un cigarrillo mirando la calle desierta se dirigió hacia la parte trasera, con pasos remolones, como si temiera meter el pie en un hoyo o como si le diera miedo la oscuridad que allí imperaba. El libro de Dieste seguía tendido junto a la ropa que Rosa había lavado aquel día, una ropa que parecía hecha de cemento o de algún material muy pesado pues no se movía en absoluto mientras la brisa, que llegaba a rachas, mecía el libro de un lado a otro, como si lo acunara a disgusto, o como si pretendiera desprenderlo de las pinzas que lo sujetaban al cordel. Amalfitano sentía la brisa en su cara. Estaba sudando y las ráfagas irregulares de aire le secaban las gotitas de transpiración y ocluían su alma

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      Para Ivánov un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente tranquilo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonablemente simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se preguntaba Efraim Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que puede hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban a una iglesia y no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos incluso aplaudían.

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      Durante muchos años la casa de Archimboldi, sus únicas posesiones, fueron su maleta, que contenía ropa y quinientas hojas en blanco y los dos o tres libros que estuviera leyendo en ese momento, y la máquina de escribir que le regalara Bubis. La maleta la cargaba con la mano derecha. La máquina la cargaba con la mano izquierda. Cuando la ropa se hacía un poco vieja, la tiraba. Cuando terminaba de leer un libro, lo regalaba o lo abandonaba en una mesa cualquiera. Durante mucho tiempo se negó a comprar un ordenador. A veces se acercaba a las tiendas que vendían ordenadores y les preguntaba a los vendedores cómo funcionaban. Pero siempre, en el último minuto, se echaba atrás, como un campesino receloso con sus ahorros. Hasta que aparecieron los ordenadores portátiles. Entonces sí que compró uno y al cabo de poco tiempo lo manejaba con destreza. Cuando a los ordenadores portátiles se les incorporó un módem, Archimboldi cambió su ordenador viejo por uno nuevo y a veces se pasaba horas conectado a Internet, buscando noticias raras, nombres que ya nadie recordaba, sucesos olvidados. ¿Qué hizo con la máquina de escribir que le regaló Bubis?
¡Se acercó a un desfiladero y la arrojó entre las rocas!

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Roberto Bolaño. “2666”. 2004, Anagrama.