Frente al silencio.

Frente al silencio.

viernes, 19 de enero de 2018

Ovidio




Narciso



Fueron muchos los jóvenes y las muchachas que desearon
a Narciso. Pero tan dura soberbia residía en su tierna
belleza ningún joven, ninguna muchacha consiguió
conmover su corazón. Conducía él hacia las redes
a los trémulos ciervos, cuando vio la ninfa de la voz,
la que no ha aprendido a callar cuando se le habla
ni a hablar ella primero, Eco, la resonante. Un cuerpo
era todavía Eco, no una voz; y, sin embargo, la charlatana
no hacía otro uso de su boca que el que ahora hace:
poder repetir, de entre muchas, las últimas palabras.
Obra de Juno fue esto, porque, cuando a menudo
sorprendía a las ninfas yaciendo con su Júpiter en el monte,
aquélla, sagazmente, retenía a la diosa con sus largas
conversaciones hasta que las ninfas huían.
Después que la Saturnia se apercibió de esto, le dijo:
<<Sobre esa lengua con la que he sido engañada te daré
un poder limitado, y un más breve uso de tu voz.>>
Y con la realidad confirma las amenazas; la ninfa,
empero, duplica las voces al final de cada frase
y devuelve las palabras que ha oído. Así, pues,
cuando vio a Narciso, que vagaba por campos solitarios,
y se inflamó de amor, siguió furtivamente sus pasos;
y, cuanto más lo sigue, más cerca siente la llama
que la abrasa, no de otro modo que cuando, aplicado
al extremo de las antorchas, suscita el inflamable
azufre viva llama. ¡Oh, cuántas veces quiso acercársele
con tiernos ruegos y dirigirle delicadas palabras!
Su naturaleza se opone y no le permite empezar;
pero está preparada para aquello que sí le es permitido:
esperar sonidos a los que hacer volver sus palabras.
El muchacho, aislado por azar de su fiel grupo
de acompañantes, había dicho: <<¿Hay alguien aquí?>>,
y <<aquí>> había respondido Eco. Estupefacto queda él,
dirige su mirada en todas direcciones y grita
con potente voz: <<¡Ven!>>, y llama ella a quien la llama.
Se vuelve él y, al no venir nadie, dice:<<¿Huyes de mí?>>,
y recibe en respuesta las mismas palabras que ha dicho.
Persiste y, engañado por la imagen de otra voz,
dice: <<Aquí, reunámonos>>, y Eco, que nunca respondería
con más placer a otro sonido, repite: <<Reunámonos>>,
y, surgiendo del bosque para dar cumplimiento a sus pa-
         labras,
acude a echar los brazos al cuello deseado. Huye de él
y, huyendo, retira sus manos del abrazo; <<antes morir>>,
le dice, <<que darte mi belleza>>. Ella no repitió
más que <<darte mi belleza. Desdeñada, se oculta
en los bosques y, avergonzada, cubre su rostro con follaje
y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Pero, a pesar de todo, el amor sigue clavado en ella,
y crece con el dolor del rechazo; desvelos e inquietudes
debilitan su cuerpo digno de lástima, la delgadez
arruga su piel y todo el jugo de su cuerpo se disuelve
en el aire. La voz sólo y los huesos sobreviven;
su voz perdura; los huesos dicen que tomaron
la forma de una piedra. Y, desde entonces, está oculta
en los bosques y no se la ve en ninguna montaña;
pero todos la oyen: un sonido es lo que vive en ella.
Así había él burlado a ésta, y así a otras ninfas
nacidas en las aguas o en los montes; así antes
a muchos hombres. Entonces, uno de los despechados,
levantando las manos al cielo, dijo: <<¡Ojalá ame él
de este modo y, de este modo, nunca llegue a poseer
al ser amado!>> Asintió la Ramnusia a tan justa súplica.
Había una fuente límpida, de aguas brillantes
como la plata, que no habían tocado los pastores,
ni las cabras que pastan en el monte, ni ningún otro
ganado, y que ningún pájaro, ni fiera, ni rama caída
de árbol había enturbiado. Y había alrededor un prado
al que la próxima humedad alimentaba, y un bosque
que nunca permitiría que el sol entibiase el paraje.
Allí el muchacho, fatigado por los afanes de la caza
y por el gran calor, se inclinó, seducido por la fuente
y por la hermosura del lugar. Y mientras anhela apagar
la sed, otra sed ha brotado; mientras bebe, cautivado
por la imagen de belleza que está viendo, ama
una esperanza sin cuerpo; cree que es cuerpo lo que es agua.
Se queda atónito antes sí mismo y permanece inmóvil
y con el rostro imperturbable, como una estatua modelada
en mármol de Paros. Contempla, puesto en tierra,
la estrella doble de sus ojos, y sus cabellos, dignos
de Baco y dignos de Apolo, sus mejillas imberbes,
su cuello de marfil, la gracia de su boca y el color
rosado que se mezcla con un blancor de nieve, y se admira
de todo aquello que lo hace admirable. Se desea a sí mismo
sin saberlo, y aprecia a aquel por quien es apreciado;
mientras solicita, es solicitado, y, al mismo tiempo
que enciende, arde. ¡Cuántas veces dio vanos besos
a la engañosa fuente! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos
intentando asir aquel cuello visto en mitad del agua,
y no logró cogerse en ellos! Qué es lo que ve, lo ignora,
pero lo abrasa lo que ve, y la misma ilusión
que engaña sus ojos, lo estimula. Crédulo,
¿por qué intentas en vano capturar fugaces apariencias?
Lo que buscas no existe en parte alguna; lo que amas,
márchate y lo perderás. Esa sombra que miras
es el reflejo de tu imagen. Nada es suyo; contigo
viene y se queda; contigo se alejará, si puedes
tú alejarte. Ni el cuidado de Ceres ni el del sueño
pueden arrancarlo de allí; tendido en la tupida
hierba, contempla con mirada insaciable la engañosa
figura, y se muere por propios ojos; alzándose
un poco y tendiendo los brazos a los bosques
que lo rodean, dice: <<¿Alguien, oh selvas, amó
más cruelmente? Porque vosotras lo sabéis y fuisteis
para muchos oportuno refugio. A lo largo de un tiempo
tan prolongado, cuando tantos siglos de vuestra vida
han transcurrido, ¿recordáis a alguien que se haya
consumido así? Me gusta y lo veo, pero lo que veo
y me gusta no lo consigo; tan grande es la ilusión
que se apodera del que ama. Y, para aumentar mi dolor,
no nos separa el inmenso mar, ni un camino,
ni una cordillera, ni muros con sus puertas cerradas.
¡Un poco de agua es el obstáculo! Él desea que yo lo abrace,
pues cuantas veces tiendo mis labios a las límpidas aguas,
otras tantas se esfuerza él en levantar su boca hacia la mía.
Dirías que lo puedes tocar: es mínimo el obstáculo
que se interpone entre los amantes. Quienquiera que seas,
¡sal aquí! ¿Por qué, muchacho, incomparable, me engañas?
¿Adónde vas cuando te busco? Ni mi figura ni mi edad
son como hacerte huir; las propias ninfas me han amado.
No sé qué esperanza me ofreces con tu rostro amistoso,
y, cuando tiendo hacia ti los brazos, también tú
me los tiendes; si río, ríes tú; si lloro, veo lágrimas
en tus ojos; tus señas de cabeza corresponden con las mías,
y, por lo que puedo conjeturar del movimiento de tu hermosa
boca, me respondes con palabras que llegan a mis oídos.
¡Ése soy yo! Me he dado cuenta, y ya no me engaña
mi imagen; me consumo en amor de mí mismo, y provoco
y padezco las llamas. ¿Qué haré? ¿Solicitar
o ser solicitado? ¿Y para qué solicitar? Lo que anhelo
está en mí; la abundancia me ha hecho indigente.
¡Ay, ojalá pudiera separarme de mi cuerpo!
Inaudito deseo en un amante, quisiera que lo que amo
estuviera ausente. Pero ya el dolor me quita las fuerzas
y el tiempo de mi vida toca a su fin. Me extingo
en mi primera edad. No es rigurosa la muerte conmigo,
pues con la muerte acabarán mis sufrimientos.
El que yo amo sí quisiera que fuese más duradero,
pero los dos tenemos que morir fundidos en un solo aliento.>>
Dice. Y en su locura se vuelve al mismo rostro,
y con sus lágrimas enturbia el agua, y al moverse
las ondas se oscurece la forma reflejada. Al verla
disiparse, grita: <<¿Adónde huyes? Quédate, cruel,
y no abandones al que te ama. Séame permitido mirar
lo que tocar no puedo, y alimentar así mi desdichada
locura.>> Mientras asi se duele, arranca su ropa
de arriba a abajo, y se golpea el pecho desnudo
con las marmóreas manos. Al ser golpeado, el pecho
adquiere un tono sonrosado, no de otro modo
que las manzana que, blancas por una parte,
enrojecen por otra, o como las uvas, no maduras
aún, que toman un color purpúreo en sus matizados
racimos. Cuando se vio en las aguas, transparentes
de nuevo, no pudo soportarlo más; sino que, como suele
derretirse la rubia cera a un fuego ligero,
o la escarcha de la mañana bajo un sol tibio,
así él se deshace, consumido por el amor,
y, poco a poco, el fuego oculto lo devora.
No tiene ya el color aquel en que el blancor
se mezclaba con lo rosado, ni su vigor, sus fuerzas
y todo lo que poco antes le gustaba ver, ni subsiste
el cuerpo que, otro tiempo, había amado Eco.
Cuando ésta lo vio, aunque irritada y rencorosa,
se dolió, y cuantas veces el desventurado muchacho
decía <<¡ay!>>, ella repetía<<¡ay!>> con voz resonante,
y cuando él se golpeaba los brazos con las manos,
ella devolvía el mismo sonido doliente de los golpes.
Sus últimas palabras, al mirarse en las aguas
habituales, fueron éstas: <<¡Ay, muchacho querido
en vano!>>, y otras tantas repitió el paraje;
y al decir adiós, <<¡adiós!>> dijo también Eco.
Reclinó él en la verde hierba la cabeza cansada,
y la muerte cerró aquellos ojos que admiraban
la hermosura de su dueño. Incluso entonces,
una vez recibido en la morada infernal,
se miraba en el agua estigia. Lo lloraron
las Náyades, sus hermanas, y se cortaron los cabellos
como ofrenda en honor del hermano muerto; lo lloraron
las Dríades. Responde Eco a todos sus sollozos.
Y ya preparaban la pira, y el blandir de antorchas,
y el féretro, cuando su cuerpo no aparecía
por ninguna parte; en lugar de su cuerpo encuentran
una flor amarilla con pétalos blancos rodeando su centro.



                                                                   (Metamorphoseon III)







ANTOLOGÍA DE LA POESÍA LATINA. 2004, Alianza Editorial.



jueves, 18 de enero de 2018

Roberto R. Antúnez




Tarde Dadá. La araña visita mi cabaret


A tu pezón le sigue la galerna.
Van quedando atrás
los besos aproximativos
que se amotinan
en tu vientre. Cuando te amo
leones marinos
me lamen los pies.
Sales sosegada del cráter
del volcán. Te quito
ceniza y lava de la mejilla.
Humo y ginebra en la sesión de hipnosis
de un tugurio de Madrid.
Una puerta forzada / los dedos azules del mar.


(Escribo poemas, esperando que Tristán Tzara me bese en los la-
bios como forma de beneplácito. En cada beso una araña, en cada 
palabra un antílope haciéndose jirones y ceniza).
***



El tiempo, manía persecutoria de vivir, siempre recontando los
altercados que traen las rosas peligrosas de la memoria.
             Esa costumbre de medir la vejez por los campeonatos
del mundo de fútbol.
***



(Escuchando a los Rolling Stones).

El Rock and Roll y la poesía
dicen que no se llevan bien.
Yo prefiero darle una última oportunidad
al baile delicado de las hienas.
Siempre fuego, centelleando
en medio del sudor y la furia.
Corrían años de esplendor y
la portada del primer disco que me compré
eran unas letras negras
sobre una pared de ladrillos infinitos,
el graffiti hecho por
la mano desamparada de un poeta loco.
Había mucho ruido y mucha magia.
Maquillados para una noche interminable
salíamos a ser los mejores
sin ni siquiera habernos confesado
en el umbral de lo inconcedible.
El día que Jagger se pintó el pelo de azul,
todos nos juramos amor eterno
entre las tetas de Sor Juana Inés.

***





Nota de despedida

Querida araña. Dos puntos.
No sé como decirte esto (...)
Y
ese jodido vídeo musical que vuelve del pasado,
Robert Smith se repite
en la secuencia deshabitada
de los días,
pintándote versos
en la comisura negra de tus ojos,
sin ganas de salir de la cama
si no es para refundar
la poesía occidental.

***



Roberto R. Antúnez. "La habitación trashumante". 2013, éride ediciones.



martes, 16 de enero de 2018

Oscar Wilde



Fragmentos:




Pues el roble y el olmo tienen hojas amables
que brotan en la primavera,
pero es macabro de ver el árbol de la horca
con su raíz mordida por la víbora
y, verde o seco, un hombre ha de morir
para que ese árbol dé su fruto.

Lo más elevado es esa sede de gracia
hacia la que tiende todo lo terrenal,
pero ¿quién querría estar con corbata de cáñamo
en lo alto de un patíbulo
y a través de un dogal asesino
echar su última mirada al cielo?

Dulce es bailar al son de los violines
cuando el amor y la vida son hermosos;
bailar al son de flautas y laúdes
es delicado y exquisito,
¡pero no es agradable bailar en el aire
con ágiles pies!

Así, con ojos curiosos y enloquecedoras conjeturas,
lo observábamos día tras día
y cada uno de nosotros se preguntaba
si no acabaría de la misma manera,
pues nadie puede decir en qué rojo infierno
puede extraviarse su alma ciega.

Por fin el muerto dejó de pasear
entre los reos
y comprendí que estaba en la terrible
celda del banquillo negro
y que nunca volvería a ver su rostro
ni para bien ni para mal.







VI


En la cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading
hay una tumba infamante
y en ella yace un desdichado
devorado por dientes de fuego,
yace en un ardiente sudario
y su tumba no tiene nombre.

Y allí, hasta que Cristo llame a los muertos,
dejadle yacer en silencio;
no hay por qué derramar lágrimas necias
ni exhalar sonoros suspiros:
aquel hombre había matado lo que amaba
y por eso tuvo que morir.

Y todos los hombres matan lo que aman,
que lo oiga todo el mundo,
unos lo hacen con una mirada amarga,
otros con una palabra zalamera;
el cobarde lo hace con un beso,
¡el valiente con una espada!






Oscar Wilde. "La balada de la cárcel de Reading". 1997, Plaza&Janés editores.



sábado, 13 de enero de 2018

Pedro Ugarte



40. INVESTIGACIONES MATINALES



      Sentía una cierta desorientación en los días laborales (cuando me dirigía a la oficina, con una resignación entre deportiva y melancólica) porque las leyes estadísticas demostraban otra vez su escasa consistencia: algunos días, inexplicablemente, la calle estaba llena de mujeres bonitas y algunos otros no, sin que nadie pudiera dar razón precisa de por qué ocurría de ese modo.
      Este tipo de observaciones eran inevitables ante la perspectiva de un nuevo día de trabajo. No hay excesivos alicientes que ayuden a soportar esas jornadas tremendas en que uno siente sobre la cabeza la tiranía del despertador y, con el sueño aún crepitando entre los ojos, debe cargar consigo mismo, sentir el peso de cada uno de los pedazos de su cuerpo, reunirlos todos lentamente y disponerse a afrontar otro día de trabajo.
      Recorría unas ocho manzanas desde casa a la oficina y en esa travesía cotidiana la contemplación de las mujeres venía precedida de una profunda expectación. Trataba de mantener esas intimidades con la mayor discreción posible porque nunca quería violentar a mis mujeres ideales. Y es que nadie tiene obligación de sentirse observado; de ser observado sí, pero no de sentirse observado. Este tipo de piadosos deslindes armonizan los intereses egoístas con la buena educación. En las aceras, yo procuraba disimular mis investigaciones. No sólo por ellas. También por mí. Después de todo, ser un mirón tiene muy mala prensa y se presta al chiste fácil.
      Los años me han ejercitado en el oficio. La estrategia era la siguiente: una silueta prometedora, allá a lo lejos, suscitaba una minuciosa observación por dos razones concretas: la lejanía propiciaba la impunidad y daba una idea panorámica del cuerpo venidero. A medida que los sentidos contrapuestos del camino nos iban acercando, yo mostraba una medida indiferencia, contemplaba los escaparates, consultaba mi reloj, simulaba perder la mirada en un curioso detalle arquitectónico. Quizás amagaba una segunda contemplación más cercana, a la espera de concretar los rasgos de su rostro. Si en ese momento nuestros ojos se cruzaban desistía, avergonzado, de la empresa, pero si no era así me reservaba otro distraído interludio antes de, justo al consumar el cruce, hacer un minucioso examen de su cara, que sigue siendo lo más definidor de una persona. Procuraba adivinar su oculto carácter; imaginaba la vida que escondían sus rasgos suaves o violentos. Esta actividad investigadora, que podía reproducirse diez o veinte veces durante el trayecto que me llevaba al trabajo, formaba parte de un rito cotidiano, era algo así como una espita abierta hacia la vida, hacia todas esas vidas que uno jamás podrá hacer suyas para cambiar la propia. Y, además, la perplejidad de comprobar cómo esos livianos experimentos dejaban en evidencia a la ciencia estadística: en ciertas ocasiones no lograba encontrar una sola mujer que me gustase y eso hacía que el día en ciernes tomara un color deslavazado y mediocre, como si en ellos la esperanza no fuera posible, pero había otras jornadas, abrumadoras, en que delante de mí iban desfilando muchachas preciosas, prometedoras adolescentes, maduras y elegantes damas cuyo rostro presagiaba el declinar de una austera belleza. Y era tal la sucesión que uno se preguntaba cómo esto podía producirse sólo a veces si la vida no dejaba nunca de ser la misma.
      No había alegría en estas observaciones porque experimentar a la mujer, a una mujer concreta, no es sólo conocerla, amarla, tocarla o entregarle un rencor o un afecto ilimitado: basta ver un rostro por la calle, un rostro, según misteriosos criterios personales, especialmente atractivo, para adivinar que la vida propia es un empobrecido espejo de todas las vidas que hubieran sido posibles, y que mirar a las mujeres es conjeturar inútilmente cuáles podían haber sido esas vidas que vamos enterrando con sólo seguir viviendo la nuestra.
      Realmente nunca hubo alegría en estas investigaciones. Las mujeres que uno nunca ha amado pero sabe que hubiera podido amar, sólo inspiran tristeza, una profunda, lenta e inacabable tristeza que se sobrelleva íntimamente, como un peso sobre la conciencia, como un raro tesoro del que nadie sabrá nunca.








Pedro Ugarte. "Los cuerpos de las nadadoras". 1996, Anagrama.



jueves, 11 de enero de 2018

Edgar Allan Poe




Poema perteneciente al relato de Ligeia.




¡Mirad! ¡Es una noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con velos, y en lágrimas bañados,
en un teatro se sientan y contemplan
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta a suaves intervalos
la música sin fin de las esferas.
Mimos en la imagen de Dios en lo alto
susurran y murmuran con tenue voz,
y vuelan pasando de aquí para allá
meros títeres ellos, que entran y salen
al ruego de enormes cosas informes
que mueven sin cesar el extraño decorado,
agitando, desplegando sus alas de cóndor,
¡vertiendo invisible aflicción y pesar!
¡Abigarrado drama! ¡Oh, sin duda,
jamás quedará olvidado!
Con su fantasma siempre perseguido
por una multitud que no alcanza
en un círculo que gira y vuelve
siempre al eterno lugar.
Y mucho de locura y más pecado
y horror... el alma de la intriga.
¡Pero mirad! Entre el tumulto de mimos
una forma se arrastra, se insinúa,
roja como la sangre serpentea,
¡y sale de la dramática soledad!
¡Se retuerce! ¡Se retuerce! Con dolores mortales
transforma a los mimos en alimento,
y los serafines lloran ante horribles colmillos
de sangre humana manchados.
¡Apagadas están las luces, todas apagadas!
Y sobre cada forma temblorosa
el telón, un paño mortuorio,
cae con furia de tormento,
y los ángeles todos pálidos y tristes,
levantados ya, sin velos, afirman
que el drama es la tragedia <<Hombre>>
y su héroe el Gusano Vencedor.









Edgar Allan Poe. "El gato negro y otros cuentos". 2001, El País.



miércoles, 10 de enero de 2018

Gustavo Borga



MI PADRE SE GOLPEABA LA CABEZA CON UNA PIEDRA

Mi padre se golpeaba la cabeza con una piedra. Se paraba en el patio, agarraba la piedra con las dos manos y la levantaba a la altura de la frente. Luego la chocaba reiteradamente con la cabeza. Mi madre y mis tres hermanas salían al patio gritando y llorando como locas. Luego venía una ambulancia con dos enfermeros y se lo llevaban. Yo, que miraba todo desde la ventana de mi dormitorio, me quedaba mirando la piedra. La piedra, manchada de sangre, seguía ahí.
Después mi padre desaparecía. Está de viaje, decía mi madre. Está en un manicomio, decían mis tres hermanas. Ellas ya no gritaban y lloraban como locas. Tejían para afuera. Yo iba al colegio y cada tanto, desde la ventana de mi dormitorio, miraba la piedra. La piedra, sin manchas de sangre, seguía ahí.
Del viaje o del manicomio, mi padre siempre volvía y la piedra se teñía de rojo y mi madre y mis tres hermanas gritaban y lloraban como locas y venía una ambulancia con dos enfermeros y se lo llevaban, y la piedra que yo miraba desde la ventana de mi dormitorio, con o sin manchas de sangre, seguía ahí.
Un día mi padre murió. La piedra tiene la culpa, dijeron mis tres hermanas. Hay que esconderla, dijo mi madre. Yo, que miraba la piedra desde la ventana de mi dormitorio, pensé, hay que romperla y tuve un deseo enorme de golpear mi cabeza contra la piedra y que mi madre y mis tres hermanas gritaran y lloraran como locas y que viniera una ambulancia con dos enfermeros y que me llevaran a un manicomio…pero dije no y la piedra, sin manchas de sangre, seguía ahí.
Un día, mi madre me llamó a su dormitorio. Desde la cama me dijo: tu abuelo se golpeaba la cabeza con esa piedra. Tu padre se golpeaba la cabeza con esa piedra. Vos tenés que golpear tu cabeza con esa piedra. Es tu destino, dijo, y murió. Yo, desde la ventana del dormitorio de mi madre, miraba la piedra. La piedra, sin manchas de sangre, seguía ahí.
Pasaron muchos años. Mis tres hermanas se casaron. Yo también me casé. Hoy con mi esposa, mirábamos desde la ventana del dormitorio cómo nuestros hijos y los hijos de mis hermanas, jugaban en el patio. Habían hecho una ronda alrededor de la piedra y cantaban.
La piedra, sin manchas de sangre, sigue ahí.





SOLO NO

De niño con mi hermano mayor jugábamos a las escondidas. Un día debajo de la cama de mis padres encontré una palabra. Se la mostré. Dijo con desprecio: “Es solo una palabra”. A partir de ese momento dejé de jugar a las escondidas con el. Jugaba con las palabras. Siempre encontraba alguna. Un día encontré muchísimas en el ropero, dentro de una caja. Ahí guardaba mi madre las fotos de mi hermano y mías cuando éramos pequeños y no sabíamos leer ni escribir.
Un día le dije a mis padres que había encontrado un montón de palabras. Mostraron mucho interés. Se las mostré. Las había pegado a todas en una enorme hoja en blanco. Cuando vieron todas las palabras juntas huyeron despavoridos de la casa. No los he visto más. A mi hermano tampoco. ¿Dónde estarán escondidos?
Yo vivo solo en la misma casa. Bueno, solo no. Están las palabras.



SU OTRO CUERPO

A mi abuelo le encantaba pescar. Antes de morir pidió que arrojaran sus cenizas al mar. Con mi abuela cumplimos con su deseo. Esa tarde, cuando las cenizas tocaron la superficie del agua, un montón de pececitos las devoraron en un instante. Pensé: “Quizás el abuelo reencarnó en un pez. A lo mejor estaba ahí. Si es así, acaba de comer su otro cuerpo”.



Gustavo Borga. 2018, tres microrrelatos obtenidos a través del envío del propio autor.


lunes, 8 de enero de 2018

Henry Miller (II)



Fragmentos:



      Otra cosa en la que no creía en absoluto era el trabajo. El trabajo. Aun en el umbral de la vida, me parecía una actividad reservada para los estúpidos. Es lo opuesto mismo de la creación, que es un juego y precisamente por no tener otra raison d´être que sí misma es el supremo poder motivador en la vida. ¿Ha dicho alguien nunca que Dios creó el universo para proporcionarse trabajo a Sí mismo? Por una cadena de circunstancias que no tenían nada que ver con la razón ni con la inteligencia, me había vuelto como los demás: un esclavo del trabajo. Tenía la triste excusa de que con mis esfuerzos estaba manteniendo a una mujer y a una hija. Sabía que era una excusa débil, porque, si me cayera muerto, el día siguiente seguirían viviendo de un modo u otro. Suspenderlo todo y jugar a ser yo mismo: ¿por qué no? La parte de mi entrega al trabajo, la que permitía a mi mujer y a mi hija vivir del modo que irreflexivamente pedían, la que mantenía la rueda girando ¡idea completamente fatua y egocéntrica! era la menos propia de mí. Yo no daba nada al mundo desempeñando la función de sostén de la familia; el mundo me exigía su tributo y nada más. (...)

***



      Se suele creer que el individuo creativo (al luchar con su medio) experimenta un gozo que equilibra, si es que no sobrepasa, el dolor y la angustia que acompañan al esfuerzo por expresarse. Según decimos, vive en su obra, pero ese tipo de vida excepcional varía extraordinariamente según el individuo. Sólo en la medida en que es consciente de más vida, de vida abundante, podemos decir que vive en su obra. Si no hay compresión, no hay objeto ni ventaja en substituir la vida puramente aventurera de la realidad por la vida imaginativa. Todo aquel que se alza por encima de las actividades de la rutina diaria lo hace no sólo con la esperanza de ensanchar su campo de experiencia, o incluso de enriquecerla, sino también de acelerarla. Sólo en ese sentido tiene significado, por poco que sea, la lucha. Si se acepta esa concepción, la distinción entre fracaso y éxito es nula y eso es lo que todos los grandes artistas acaban aprendiendo por el camino: que es el proceso, en que intervienen tiene que ver con otra dimensión de la vida, que al identificarse con ese proceso, aumentan la vida. En esa visión de las cosas se ven alejados y protegidos permanentemente de la insidiosa muerte que parece triunfar por todos lados a su alrededor. (...)

***



      ¡Cuánto detestamos reconocer que nada nos gustaría tanto como ser el esclavo! ¡Esclavo y amo a un tiempo! Pues hasta en el amor el esclavo siempre es el amo encubierto. El hombre que ha de conquistar a la mujer, subyugarla, someterla a su voluntad, formarla de acuerdo con sus deseos... ¿acaso no es el esclavo de su esclava? ¡Qué fácil le resulta a la mujer, en esa relación, romper el equilibrio del poder! A la menor amenaza de independencia por parte de la mujer, el gallardo déspota es presa del vértigo, pero, si son capaces de lanzarse el uno sobre el otro al mismo tiempo y con audacia, sin ocultar nada, entregándolo todo, si se reconocen su interdependencia mutua, ¿acaso no gozan de una gran libertad insospechada? El hombre que reconoce ante sí mismo que es un cobarde ha dado un paso hacia la superación de su miedo, pero el hombre que lo reconoce con franqueza ante todo el mundo, que nos pide que lo reconozcamos en él y se lo discutimos al tratar con él, va camino de convertirse en un héroe. (...)

***







      Los condenados siempre tienen una mesa en que sentarse, en la que apoyan los codos para sostener la plúmbea carga de sus sesos. Los condenados están siempre ciegos y miran el mundo con ojos en blanco. Los condenados están siempre petrificados y en el centro de su petrificación hay un vacío inconmensurable. Los condenados siempre tienen la misma excusa: la pérdida de la amada.
      Es de noche y estoy sentado en un sótano. Es nuestro hogar. La espero, noche tras noche, como un preso encadenado al suelo de su celda. Hay una mujer con ella a la que llama su amiga. Han conspirado para traicionarme y derrotarme. Me dejan sin comida, sin calor, sin luz. Me dicen que me divierta hasta que regresen.
      Al cabo de meses de vergüenza y humillación, he llegado a amar mi soledad. Ya no busco ayuda del mundo exterior. Ya no respondo, cuando llaman al timbre. Vivo solo, en el tumulto de mis propios temores. Cogido en la trampa de mis propios fantasmas, espero a que suba la marea y me ahogue. (...)





Henry Miller. "Sexus". 2012, edhasa.