Frente al silencio.

Frente al silencio.

domingo, 28 de agosto de 2016

Ray Loriga (II)



Fragmentos:



      Sigue con tu historia. Enfermedades, muertes, suerte, millones por casi nada en la televisión, vendedores de alfombras y de remedios contra la impotencia y cirujanos, qué gente tan extraña los cirujanos que se meten dentro de los demás y después salen como si nada y bancos, dinero, comisiones, intereses que crecen alrededor de una deuda como una ballena que crece alrededor de Jonás, sida, sobre todo sida, sigue con lo que estabas haciendo sida, no te vayas a cortar ahora, si no estoy en casa empieza con los curas y después regálate debajo de las tapas de yogures. Big Bang, nuevas teorías acerca de la creación de la vieja mierda y Dios es parapléjico y bienaventurados los homosexuales y los yonquis porque ellos nos precederán en el reino de los cielos, olimpiadas, y campeonatos del mundo de fútbol y genocidios y epidemias, las siete plagas, los negros, habrá que ver qué hacemos con los negros y las mujeres, también habrá que ver qué hacemos con ellas y los enanos, no hay que olvidar a los enanos, y sobre todo no juzgues desde lejos porque a lo mejor el que parece un enano está de rodillas y a lo mejor está rezando, pero a lo mejor la está chupando, así que no te descuides y piensa que un cuello de hombre blanco ya casi no vale nada y joder, sé que no es culpa mía, pero tampoco era culpa suya antes, así que a correr, y culos blancos corriendo y filipinos crucificados con clavos de ferretería como un moisés separando las aguas de una piscina y el Papa a por uvas, carreteras, puentes, ingenieros de caminos, satélites de telecomunicaciones, todas las violaciones del planeta y algunas multinacionales y quemaduras de primer grado en el salón de su casa en menos de diez segundos y planes para algo definitivamente mejor que todavía no tiene nombre; seguir sin mí.

***






      ¿Qué se puede hacer con una mujer que no se conoce? ¿Qué se puede hacer con una vida que no se tiene? ¿Cómo es que todo lo que dicen los médicos sobre idealizar y fracasar y tener miedo y acerca de soñar con cajas o murciélagos o serpientes no sirve de nada?
      ―¿Por qué no hablas de las mujeres que has conocido?
      ―Porque no me da la gana.
      ―Las mujeres no van a hacerte daño.
      ―Visto desde el barco nada parece muy peligroso, pero aquí en el agua todo está oscuro debajo de los pies y hay que ser muy bueno para no hundirse.
      ―¿Cuándo hablarás de mujeres de verdad, de sus tetas y sus coños, de follar con ellas y de metérsela por el culo?
      ―Supongo que esto es un tratamiento de choque.
      ―Quiero saber si eres capaz de acercarte a una mujer real.
      ―Quiere saber si se me pone dura.
      ―Eso también.
      ―Se me pone dura, y si eso es lo que le interesa le contaré que la meto por todos los agujeros y que le doy con ganas hasta que me corro. Normalmente mientras me corro siempre las llamo putas.
      ―En tus sueños, ¿la chica rubia te la chupa?
      ―En mis sueños Dios me la chupa.
      ―¿Cuándo vas a ser capaz de afrontar las cosas?
      ―Cuando dejen de disparar.

***









      Bien, es importante que empieces a saber qué es lo que harán contigo cuando te atrapen. Te apedrearán cuando digas que sólo tratabas de encontrar un agujero donde meterte. Nadie aceptará tus excusas, dirán: Puede que hayas pasado los días tropezando con la tristeza, pero hemos seguido tus huellas y no nos gusta el sitio al que nos han llevado. Tú dirás: Sólo quería conocer a un niño que no confundiese a sus padres con un martillo. Te preguntarán por las peleas de gallos, y no les bastará con que digas que no te gusta la sangre, querrán ver tus canciones y después querrán enterrarte con ellas. Te apedrearán cuando les cuentes la historia de los dos chicos que echaban carreras y buscaban atajos y nunca volvieron a encontrarse. No quieren historias con finales abiertos. Es una de tus mejores historias, pero para ellos un lobo puede ser un perro y un perro puede ser nada. Puede que las cosas funcionen así para ti, pero para ellos todas tus desgracias no son más que nueces en su ensalada. Tenías un trabajo, y tratabas de mantenerte despierto en casi todas las conversaciones, Dios sabe que lo intentabas, y Dios sabe lo poco que te interesan la mayoría de los planetas y todas las plantas exóticas que crecen en sus jardines. Cuando parecía que lo querías todo sólo buscabas algo para ti. Llegaste a perderte en uno de esos días de papel adhesivo. Desconfiaste de tu reloj y borraste todos los nombre de tu agenda. Te pusiste el bañador justo antes de que ellos dijeran: Enero. Dijiste: Lo siento sinceramente, he tenido una infancia extraña. Pero ellos te dijeron: Nada es personal, sólo estamos disparando contra todo lo que se mueve.

***





      CANCIÓN PARA EL CHICO QUE SE EMPEÑABA EN CONSEGUIRLO A PESAR DE QUE LAS APUESTAS ESTABAN 9 CONTRA I


      Alguien le dijo al más pequeño: Ésta no es la manera, chico, no es así como se supone que debes hacerlo.
      Alguien le dijo cuando ya había empezado a equivocarse: Mejor busca por otro lado, puedes contar conmigo para un cambio brusco. Uno que casi no hablaba su idioma añadió: Las carreteras serán muros, las baldosas colmillos, los puentes agujeros y los agujeros, agujeros.
      Alguien le dijo al más pequeño: Esto no le ha salido bien a nadie. Pero él no dejaba de mirar sus botas rojas y sólo podía escuchar el sonido de sus propios pasos.
      Cuando por fin encontré a Bowie estaba sentado debajo de un ángel de bronce. Sabía que estaría debajo de un ángel desde el principio, pero Berlín está lleno de ángeles.
      Llevaba los ojos pintados de azul y el pelo rojo. Sabía que había llegado hasta allí por él y por eso apenas me miraba. Empezó a llover, pero no nos movimos. Ni el ángel, ni Bowie, ni yo.
      Cuando ya era casi de noche me dijo:
      No tienes por qué preocuparte, aún eres demasiado joven para elegir.





Ray Loriga. “Héroes”. Plaza&Janés Editores, 1993.







jueves, 25 de agosto de 2016

Ray Loriga (I)



Fragmentos:



      Conducía un camión lleno de dinamita por la Plaza Roja cuando se dio cuenta de que ya no había nada que hacer allí. Se acordó de la foto de Iggy Pop y David Bowie en Moscú. Trató de encontrarlos pero no dio con ellos. Así que comenzó a angustiarse y se angustió tanto que se despertó.
      Le pregunté: ¿Qué coño pasa?
      Y dijo: Nada, sólo era un sueño.
      Después volvimos a quedarnos dormidos. Soñé que tenía una pistola de plata. Una pistola preciosa. Primero disparaba contra el tío que mató a Lennon y pensaba: eso está bien, pero después me ponía a dispararle a todo el mundo. Disparaba sobre los que iban de uniforme y me daba igual que fueran policías, carteros, azafatas o futbolistas. Sinceramente no sabía qué pensar al respecto. Cuando se terminaron las balas, tiré la pistola al suelo y eché a correr. Corría tan deprisa como podía, y podía correr realmente deprisa. Tanto que los niños temblaban en sus asientos cuando pasaba cerca de un colegio. Corría mucho más deprisa de lo que he corrido nunca despierto, dos o tres veces más. Cuando llegué a Moscú me puse a buscar a Iggy y a Bowie pero para entonces ya era viejo y estaba cansado. Un chico con una cazadora de cuero roja me dijo: Bowie ya no está aquí, se ha ido a Berlín, Iggy está con él. Hace un rato ha venido tu chica, pero ella corría más que tú. Ya debe de estar allí. Después el chico se marchó y me quedé sólo y empecé a comprender que todo era un sueño, desde el principio. Porque yo no podía ver en sus sueños y porque ni siquiera tenía chica.
      Muchos años más tarde estuve en Berlín con ella y, a pesar de que Bowie ya no estaba allí, pasamos un tiempo extrañamente feliz. Berlín es una ciudad jodidamente extraña. Contamos ángeles debajo de la lluvia, saludamos a la gente del circo cuando ya se marchaban, compramos medallas a los desertores y yo me acordé de algo que decía Bob Dylan: << Te dejaré estar en mis sueños, si yo no puedo estar en los tuyos.>>

***





      ¿Qué es lo más triste que recuerdas?
      Todo ese tiempo durante el cual no había nada que tapase la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza. Ir sentado en el autobús por la noche. El sonido de los televisores en verano que baja hasta la calle desde las ventanas abiertas, y la luz azul de los televisores en las mismas ventanas, la estupidez de los domingos, organizar tu propia fiesta de cumpleaños, los regalos que no te gustan hechos con verdadera ilusión, dejar de sentir maravilloso para sentirse normal, no beber, no tomar nada, estar como al principio, Cáceres, cuando desaparece la sensación de ser otra persona que se te queda al salir del cine, las conversaciones del taxista, el metro, las máquinas de chicles del metro, la desgracia o la suerte de los parientes, cualquier noticia de los parientes en realidad, tratar de dormir solo sin estar borracho, los trenes de cercanías, que nada se parezca a algo que has leído. Lo peor es la tristeza. Arriba y abajo es mucho mejor que la tristeza, no importa lo violenta que sea la caída.
      ¿Cuánto puedes subir?
      Da igual cuanto consigas subir, porque siempre llegas a un punto en el que ya no hay más. Puedes seguir con las anfetaminas pero ya no subes ni un peldaño más. Te quedas colgado en tierra de nadie, como una cometa en un tejado, y cuando te pasa eso quieres bajar y descansar pero no puedes y a veces te cuesta un par de días y con un par de días bastantes jodidos. No puedes dormir y no puedes seguir funcionando. No vas a ninguna parte, como una lancha con un motor de seiscientos caballos fuera del agua, la hélice sigue girando pero no avanzas, tienes que esperar a que se termine la gasolina, no puedes parar la hélice con las manos.
      ¿Y eso es bueno?
      Eso es algo y algo siempre es mejor que la tristeza.

***





      Conocí a un chico que era alérgico al polen y al polvo y al serrín y al humo provocado por combustión de carburantes y a las ensaladas y a los gatos y a las ballenas y a las fibras sintéticas y a cada uno de cada dos medicamentos. Era uno de esos chicos que no hablan con nadie. Parecía uno de los que viven en campanas de cristal, así que tenía que enfrentarse con todas sus alergias. Llevaba sus alergias encima como un viajante comercio lleva sus maletas. Demostró legalmente que era alérgico a sus padres, así que sus padres tuvieron que darle una pensión vitalicia sin disfrutar a cambio del consuelo de agujerear sus zapatos con sus propias desgracias, además él ni siquiera llevaba zapatos porque era alérgico a la piel y el caucho. Le hicieron unos zapatos de madera pero a él le pareció que era como andar con dos ataúdes chiquititos en los pies, así que los tiró por la ventana. Una chica que pasaba por la calle recogió los zapatos, y como nunca había visto unos zapatos tan raros subió a ver de quién eran. El chico abrió la puerta y la chica entró, los dos se miraron un rato y los dos eran guapos, y los dos llevaban solos demasiado tiempo, así que se abrazaron un poco a ver qué pasaba y resultó que la chica iba vestida con fibras sintéticas y tenía ojos de gato, y estaba gorda como una ballena y tenía polen en el pelo y serrín en el cerebro y antibióticos en los dedos y ensaladas en la falda y un motor de explosión que le ayudaba a subir las escaleras. El chico se murió con una estúpida y gigante sonrisa de felicidad en la cara.
      Cuando me desperté estaba seguro de que podía aprender algo de ese sueño pero no sabía qué coño podía ser.

***








      Nadie dijo que fuera fácil. Me refiero a correr, esconderse, tratar de querer a alguien, pasar las noches despierto, no enredarse con la mierda del Dios bueno y el Dios trabajo, avanzar sin tirar el lastre, esquivar las balas y tratar de averiguar qué coño pueden hacer los niños en medio de las bombas enterradas en el suelo y las bombas que caen desde el cielo y todas las otras bombas escondidas en la saca del cartero dentro de envíos contrarreembolso.
      Tenía un amigo que casi nunca llegaba a tiempo y que siempre pedía más dinero del que podía devolver. Todos sabíamos que no le iban bien las cosas, pero cuando le veías podías jurar que no fuera un príncipe. Parecía uno de esos herederos que se pasan la vida haciendo lo que les da la gana porque saben que algún día todos sus problemas se arreglarán y todos los fantasmas se irán por donde han venido. Todos sabíamos también que no había ninguna herencia esperándole, pero lo cierto es que nadie en el mundo se lo merecía más que él.
      Tenía un coche francés, un tiburón. Era un coche precioso. Le debía dinero a todo el mundo, pero jamás vendió su coche.
      Recorría la ciudad buscando dinero dentro de su coche y lo cierto es que casi todos sus amigos estábamos de acuerdo en que había que hacer cualquier cosa ante que perdiera un coche como ése. No le gustaba nada tener que pedir dinero, así que bajaba de su maravilloso tiburín y te decía: Amigo, no me dejes colgado. Con él y su coche descubrí que algunas personas valen más por lo que piden que por lo que dan.


***




Ray Loriga. “Héroes”. Plaza&Janés Editores, 1993.




martes, 12 de julio de 2016

Lola Ridge.




ALTURA



    SUEÑO
en cómo sería este lugar contigo,
aquí, donde el viento,
que ha sacudido su polvo en los hondos valles,
me toca, limpio,
como una mano recién lavada;
y el dolor
es como el hambre remota de cosas que zumban;
y el odio
es sólo un leve silencio
hundiéndose en el gran silencio.









Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.



viernes, 8 de julio de 2016

Juan Ramón Jiménez (II)



LXXIX
ALEGRÍA


      Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños...
      Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro, sonando su leve campanilla, y hace como que le muerde los hocicos. Y Platero, poniendo las orejas de punta, cual dos cuernos de pita, la embiste blandamente y la hace rodar sobre la hierba en flor.
      La cabra va al lado de Platero, rozándose a sus patas, tirando con los dientes de la punta de las espadañas de la carga. Con una clavellina o con una margarita en la boca, se pone frente a él, le topa en el testuz, y brinca luego, y bala alegremente, mimosa igual que una mujer...
      Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!
      ¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladreos y de campanillas...






LXXXVIII
TARDE DE OCTUBRE


      Han pasado las vacaciones y, con las primeras hojas amarillas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa, también con hojas caídas, parece vacío. En la ilusión suenan gritos lejanos y remotas risas...
      Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas, y el jardín, alzando como una llama de fragancia hacia el incendio del poniente, huele todo a rosas quemadas. Silencio.
      Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco a poco se viene a mí, duda un punto, y, al fin, confiado, pisando seco y duro en los ladrillos, se entra conmigo por la casa...







CIII
LA FUENTE VIEJA


      Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo; encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.
      En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.
      De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por entero, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre llanto; Miguel Ángel se la dio a Rodin.
      Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.
      Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre lo oscuro y blando verdor rumoroso, muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.










CXX
NOCHE PURA


      Las almenadas azoteas blancas se cortan secamente sobre el alegre cielo azul, gélido y estrellado. El norte silencioso acaricia, vivo, con su pura agudeza.
      Todos creen que tienen frío y se esconden en las casas y las cierran. Nosotros, Platero, vamos a ir despacio, tú con tu lana y con mi manta, yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.
      ¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata libre! ¡Mira cuánta estrella! ¡De tantas como son, marean. Se diría el cielo un mundo de niños; que le está rezando a la tierra un encendido rosario de amor ideal.
      ¡Platero, Platero! ¡Diera yo toda mi vida y anhelara que tú quisieras dar la tuya, por la pureza de esta alta noche de enero, sola clara y dura!







CXXXVI
LA MUY ILUSTRE
CIUDAD DE PLATERO


      Al volver de nuevo a Moguer, como antes lo vi tanto con Platero, no lo puedo ya ver sin él, de modo que ahora voy a todo con su recuerdo.
      A su recuerdo es a quien le hablo, porque no me gusta la soledad y me da la compañía mejor que cualquier persona.
      Además, como viví tanto a su lado, cada lugar despierta nuevos recuerdos de él.
      No es redundancia, es necesidad de apoyarme en su recuerdo porque sin él los míos estarán solos como el sol y la luna del campo sin nosotros.








Juan Ramón Jiménez. “Platero y yo”. 1999, Editorial Optima.



jueves, 7 de julio de 2016

Juan Ramón Jiménez (I)



I
PLATERO


      Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
      Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: <<¿Platero?>>, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
      Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
      Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra.
      Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas calles del pueblo, los hombres de campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
      ―Tien´ asero...
      Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.







V
ESCALOFRÍO


      La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácitos, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino aseteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas..., humedad y silencio...
La cañada de las brujas...
      ―¡Platero, qué...frío!
      Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote...
      Y trota Platero, cuenta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...






XI
EL MORIDERO


      Tú, si te mueres antes que yo, no irás Platero mío, en el carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del camino de los montes, como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera. No serás, descarnadas y sangrientas tus costillas por los cuervos tal la espina de un barco sobre el ocaso grana, el espectáculo feo de los viajantes de comercio que van a la estación de San Juan, en el coche de las seis; ni, hinchado y rígido entre las almejas podridas de la gavia, el susto de los niños que, temerarios y curiosos, se asoman al borde de la cuesta, cogiéndose a las ramas, cuando salen las tardes de domingo, al otoño, a comer piñones tostados por los pinares.
      Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verdones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo azul constante de Moguer.







XVIII
LA FANTASMA


      La mayor diversión de Anilla la Manteco, cuya fogosa y fresca juventud fue manadero sin fin de alegrones, era vestirse de fantasma. Se envolvía toda en una sábana, añadía harina al azucenón de su rostro, se ponía dientes de ajo en los dientes, y cuando, ya después de cenar, soñábamos, medio dormidos, en la salita, aparecía ella de improviso por la escalera de mármol, con un farol encendido, andando lenta, imponente y muda. Era, vestida ella de aquel modo, como si su desnudez se hubiese hecho túnica. Sí. Daba espanto la visión sepulcral que traía de los altos oscuros, pero, al mismo tiempo, fascinaba su blancura sola, con no sé qué plenitud sensual...
      Nunca olvidaré, Platero, aquella noche de setiembre. La tormenta palpitaba sobre el pueblo hacía una hora, como un corazón malo, descargando agua y piedra entre la desesperadora insistencia del relámpago y del trueno. Rebosaba ya el aljibe e inundaba el patio. Los últimos acompañamientos el coche de las nueve, las ánimas, el cartero habían ya pasado... Fui, tembloroso, a beber al comedor, y en la verde blancura de un relámpago, vi el eucalipto de las Velarde el árbol del cuco, como le decíamos, que cayó aquella noche, doblado todo sobre le tejado del alpende...
      De pronto, un espantoso ruido seco, como la sombra de un grito de luz que nos dejó ciegos, conmovió la casa. Cuando volvimos a la realidad, todos estábamos en sitio diferente del que teníamos un momento antes y como solos todos, sin afán ni sentimiento de los demás. Uno se quejaba de la cabeza, otro de los ojos, otro del corazón... Poco a poco fuimos tornando a nuestros sitios.
      Se alejaba la tormenta... La luna, entre unas nubes enormes que se rajaban de abajo a arriba, encendía de blanco en el patio el agua que todo lo colmaba. Fuimos mirándolo todo. Lord iba y venía a la escalera del corral, ladrando como loco. Lo seguimos... Platero; abajo ya, junto a la flor de noche que, mojada, exhalaba un nauseabundo olor, la pobre Anilla, vestida de fantasma, estaba muerta, aún encendido el farol en su mano negra por el rayo.











LVII
PASEO


      Por los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuán dulcemente vamos! Yo leo, o canto, o digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...
      El cielo azul, azul, azul, asateado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, a sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes la compacta humareda de un incendio hincha sus redondas nubes negras.
      Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave e indefenso, en medio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar a que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!

      Cuando, entre un olor a naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno de mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebotea, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente...




Juan Ramón Jiménez. “Platero y yo”. 1999, Editorial Optima.



martes, 5 de julio de 2016

Luis Muñoz.






FIJACIONES




Me llama a medianoche.
Escucho el lamido del viento
a través del teléfono, como un perrillo ansioso,
y su voz transparente en la cabina.

Hay delante me dice
un almacén de chapa
con forma de botella,
un solar con escombros
blanqueados de yeso,
algunas casas cúbicas como dados sin uso,
y tres o cuatro pinos calcinados
color remordimiento.

Estas pocas imágenes
me fijan a su ausencia
como deben fijarte a estar solo.

En mi cuarto de libros clareados
por la luz de moneda de la luna,
provoca una punzada:
Estoy detrás de ti me dice
y alrededor de todo esto.







TRANSFORMACIONES




Desagües de bañera en la espalda del río,
la triste barandilla temblando de gaviotas.

Qué cambia y qué no cambia, mientras tanto.

Cambiar el orden que infringe cada nexo,
el haz de coordenadas que sostiene tu mundo,
la cifra que te salva, o dice que te salva,
como un azar

El río desde el puente
es carne luminosa.
Se rozará con valles y ciudades,
con espigas de nutria, con bañistas desnudos,
con peces descompuestos.

Avanzará en el tiempo de un amor
de una noche perpetua, de un adiós aplazado.

De pronto lo ves tú, que ya eres todo eso.












NERVIOSO



La noche es una red extendida en el agua,
un movimiento suave, de tortuga de mar.
Tengo los pies hundidos en la arena,
hundo también las manos, y el bombeo
no sé si es mi sangre o la barriga
caliente de la costa.

Y pienso más en qué pensaba,
en qué sería de hombre de adulto,
en qué derivarían los deseos,
el flujo de carencias,
las hormigas del ánimo,
y en cómo

algún temor ya se ha cumplido.






Luis Antonio de Villena. “La lógica de Orfeo. (Antología)”. 2003, Visor.