Frente al silencio.

Frente al silencio.

martes, 20 de febrero de 2018

Ángelo Néstore




Monstruo


Deseo levantar sospechas,
que los hombres me griten en la calle,
quiero pasear por centros comerciales, parques públicos
y que madres como mi madre levanten y bajen la mirada
y luego, mientras preparan la cena para sus hijos,
les asalte brevemente el recuerdo de una nueva de
                                                                          hombres.





Los pelícanos mueren de hambre por ceguera

A la pescadera Muriel


Los pelícanos mueren de hambre por ceguera.
A tal velocidad sumergen el pico en el agua
para alimentar a sus crías
que el ojo se va dañando hasta que se quedan ciegos y mueren.

En un supermercado
una mujer empuja con dificultad el carro de la compra,
se detiene ante el mostrador de la pescadería,
se coloca sus gafas progresivas.

Intuyo su afán de vida
cuando le dice a la pescadera
medio kilo de lubinas para las niñas
y veo en ella la velocidad del ave que abre las alas,
cae en picado
los ojos sangrando
y guarda en su bolsa la lubina.

Un pelícano con gafas progresivas,
una señora con un pescado entre los dientes
son todas las madres que no soy y que me observan,
que extraen conclusiones sottovoce,
que miran con cierta desazón
la aridez deforme de mi boca estéril.






El prospecto

Usted no puede dar a luz.
Ahora. Ni nunca.
Hágase a la idea.
Usted no puede dar a luz. ¿Acaso no leyó el prospecto?
Le recomiendo que no vuelva a escribir sobre el tema,
podría acabar en depresión.
Considere la opción de un animal doméstico.
Póngale nombre, hágale fotos, súbalas a las redes sociales,
verá cómo crecen los me gusta en las publicaciones,
cómo decenas de amigos le alivian su dolor.
No lo olvide: la ciencia es exacta, nunca engaña.
Pero anímese, usted es muy valiente, yo le admiro,
su elección sexual es un acto de resistencia.
Se llora por los muertos, no por los que no han nacido.
No tiene usted motivos para estar triste.






Ángelo Néstore. "Actos impuros". 2017, Hiperión.



viernes, 16 de febrero de 2018

Sergi Pàmies




EFECTOS SECUNDARIOS




      En la terraza de un edificio de la calle principal de una ciudad donde siempre hace calor, un hombre espera a una mujer. Ha preparado un escenario íntimo: dos bombillas de color rojo y una música que va de la más cálida rumba tropical a clásicas sonatas de hace tres o cuatro siglos. Ha puesto la mesa cuidadosamente y ha llamado a su hermana para saber si el tenedor debe ir a la derecha y el cuchillo a la izquierda, o viceversa.

      Ella sale de la bañera. Se seca delante del espejo. Piensa que tiene unos pechos bien proporcionados, mucho más turgentes que los de sus amigas. Se peina echando la melena a uno y otro lado. Inclina la cabeza: se gusta. Hace días que ha decidido ponerse una blusa negra y la minifalda blanca. Para esta ocasión, también ha elegido unos pendientes africanos en forma de luna. Se ha pintado ligeramente los ojos. Los labios, no.

      Respecto a la cena, no se ha complicado la vida. Ha comprado platos preparados que sólo hay que calentar antes de servir, y un vino blanco, de cosecha normal, para no tener que hablar de él. Ha cambiado las sábanas, por si acaso, y se ha lavado los dientes dos veces. Como es de temperamento impaciente, ha paseado por la casa mirando el reloj cada tres minutos, repitiéndose que las mujeres nunca son puntuales.

      Baja con el ascensor hasta el aparcamiento. El portero le mira las piernas descaradamente. Arranca el coche y, derrapando, sale a la avenida. Conecta la radio. Por el paseo, bordea la playa y esquiva manadas de bañistas congestionados y embrutecidos por tantas horas de sol. Gira a la derecha, se detiene delante de un semáforo y enfila la calle principal. Aparca delante de un descapotable donde una pareja descarga un colchón de agua.

      Cuando abre la puerta tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para mirarla fijamente a los ojos y no bajar la vista. Se besan en la mejilla. Excitado, descubre que no lleva sostenes. Le pregunta si quiere tomar algo y ella contesta: <<Un whisky.>> Saca los cubitos del congelador y comprueba, de nuevo, si los vasos están limpios. Echa tres dedos de Johnny Walker y una pastilla verde y redonda que se disuelve rápidamente.

      Para su gusto, él se ha perfumado demasiado. La casa también apesta a diferentes ambientadores. Acepta el whisky mientras comenta las ventajas de vivir en un piso céntrico. Le acompaña a la terraza. Se entusiasma con la vista. Reconoce los letreros de neón, los rascacielos, las chimeneas, y se admira todavía más cuando ve la mesa puesta, el candelabro y las bombillas rojas.

      El piensa que, por ahora, la cosa funciona. Ella no ha notado el sabor de la pastilla. Se le acerca y le pregunta por el trabajo. Mientras ella contesta, no la escucha, la mira. Los ojos son dos almendras abiertas con un corazón de canica de cristal, brillante y oscuro. Los labios, anchos como gajos de naranja, separan las palabras con un tono de voz plácido, perfecto. Le recuerda a una actriz, pero no sabe cuál.

      Se sientan. Debajo de la mesa, ella se saca el zapato y se frota el tobillo con un pie. El va a la cocina y regresa con el primer plato y un descorchador. Prueban en vino pero no hacen ningún comentario. Ella mastica y procura, en todo momento, no abrir demasiado la boca. Mientras tanto, escucha que él le recomienda comprarse un horno eléctrico. Dice que son más pequeños, más limpios y menos peligrosos.

      El habla todo el rato. Salta nerviosamente de un tema a otro. No sabe si lo que dice es o no una tontería. La pastilla no tardará en hacerle efecto, pero decide ponerle otra en la copa de vino. No sabe cómo hacerlo sin que ella se dé cuenta, pero piensa que ya encontrará la manera. Para hacer tiempo, se sirve más vino.

      Sopla una brisa suave que apaga las velas, pero ella tiene calor. Podría ser el efecto del vino, aunque no es normal que dos copas la afecten tanto. Separa las piernas y se quita el otro zapato. El contacto del pie con la baldosa le refresca momentáneamente la sangre. Le mira. No es un hombre vulgar, piensa. Tiene una cara interesante, dura, que contrasta con una mirada ingenua, casi infantil.

      Cuando se levanta para ir a buscar el segundo plato, vuelca la copa de ella, adrede. La rompe. Ella quiere ayudarle a recoger los trozos de cristal, pero él se niega. En la cocina coge otra copa, le quita el polvo, la llena de vino, echa la pastilla y espera a que se disuelva. Después, saca la carne del horno, la huele y la deja sobre la bandeja.

      El calor no cede. La blusa se le pega a la espalda. Siente una vibración en la nuca. Se acerca el tenedor a los labios. La carne se le funde en la boca como un terrón de azúcar. El ha vuelto a encender las velas. Ella mira fijamente cómo una gota de cera cambia de forma y se escurre por el candelabro. Debajo de la mesa, tropieza con la pierna de él, pero no la separa. Ríen y se burlan del marido de una amiga común.

      Corta el melón. Con el cuchillo, separa las semillas. Dice que esa fruta le gusta mucho porque nunca sabe si será buena o no. Sonríe. Hace rato que la pierna de ella le frota la rodilla, pero disimula. Se levanta para preparar el café y lo aprovecha para aumentar el volumen de la música. Suena una canción cubana que habla de un hombre que se emborracha no para olvidar, sino para recordar.

      Mientras prepara el café, ella pasea por la terraza. Se ha cansado de estar sentada. Cierra los ojos y respira profundamente, como para contener la fiebre que le escuece en las mejillas. Descalza, se acerca a la ventana de la cocina. El ha encendido el fuego y vigila la cafetera. Parece contento. Silba, da pasos de baile y salta de una baldosa a otra. Además de interesante, es divertido, piensa.

      La lengua de ella es como una esponja lenta, suave y ancha. Le limpia los dientes y los labios. Le pinta el paladar como si fuera una cúpula. Le lame la barbilla y le muerde las clavículas. Le baja por el pecho. El la coge por la cabeza, Se detiene donde se detiene y cierra los ojos cuando ha de cerrar los ojos. No grita, no dice nada, no se mueve. Se vacía lentamente, hasta la última gota, como una jeringuilla.

      Duda. No sabe si levantarse y escupir o bien tragarse el líquido. Respira por la nariz. No puede mover la cabeza porque él la agarra del pelo con fuerza controlada. Suda. Mientras lame, se desabrocha la blusa. No se lo traga, se lo bebe. Nota el gusto agridulce, la densidad, la sorpresa, como si acabara de probar, por vez primera, una bebida misteriosa, exótica y deliciosa a la vez.

      Piensa que la cama hace ruido. Que parece mentira que los fabricantes no prevean esas cosas. Al mismo tiempo, acaricia los pechos, el cuello y la boca de la chica. El efecto de la pastilla ha sido fulgurante. No se lo esperaba. No le ha dejado servir el café. Le ha saltado a la bragueta, le ha bajado los pantalones y ahora, y por atrás, la penetra lentamente.

      No quiere que se pare, ni que la saque, ni tampoco que se duerma. Quiere estallar, cambiar de piel, abrirse, romperse, si es necesario. Se mueve. El cuerpo no le pesa, al contrario. Una conga de escalofríos le atraviesa la médula: traca de orgasmos. Pirotecnia. Festival. Abre la boca y cada grito resuena por la escalera, como una alarma.

      No puede más. Si cierra los ojos, se marea. Si los abre, se asusta. El esfuerzo le obliga a respirar como si fuera un asmático. No le queda ni sudor. Cuando baja la cabeza, para reposar unos segundos, ella le tira del cabello. Vuelta a empezar. Las piernas se le doblan. Ella no se da cuenta, pero hace rato que él sólo siente unos inmensos deseos de escapar.

      Debajo del ombligo, nota un pinchazo creciente que la distrae, durante una décima de segundo, de un placer probablemente irrepetible. Sabe que está en el límite; que, más allá, la cosa se complica; que si continúa, el corazón le estallará como una olla a presión. Sigue, no obstante sin dudar, orgullosa de haber descubierto le parece la distancia más corta entre dos puntos.

      Con dificultad, consigue cambiar de postura. Como la cama está a punto de romperse, procura controlar los movimientos de ella, pero es imposible. Cuando no es un brazo que golpea la cabecera, son las rodillas que agujerean el colchón. Del placer de hace un momento, ha pasado a un estado de franca preocupación, pese a que, sorprendentemente, sigue empalmado.

      El ritmo es trepidante. Para no perderse dentro de la espiral de calor que le taladra las entrañas, le clava las uñas en la nuca mientras grita algo semejante a: <<¡Aaaggrrrpffaaa!>> Espasmos. Debajo de los pechos (mucho más turgentes que los de sus amigas) el motor se ahoga, la máquina falla. A partir de aquí, todo es inercia y un descenso lento, sin obstáculos.

      Piensa: <<Ahora me acuerdo, se parece a Rachel Ward.>> Es un poco más delgada pero tiene la misma mirada cálida. Le gustaría decírselo, pero no puede. De entrada, la voz se le resquebraja y la piel se le endurece, rápidamente. Entre las piernas, hay un momento de silencio. Se abrazan y, tanto el uno como el otro, mueren sin darse cuenta.








Sergi Pàmies. “Infección”. 1988, Anagrama.




domingo, 11 de febrero de 2018

Andrés de la Orden





Muerte de agosto


Cumplimos el shiv´ah
esos siete días reglamentarios
ante el luto riguroso
de las cabañuelas y el turismo
indeseado.

La mar nos devolvió letras resabiadas, flores
no-muertas.

Hicimos el shiv´ah mientras omitiamos la palabra
"coño", y el Golem sesgó
los pernos judios de la demónica
Praga.
Yahvé era un cordero.
No se hizo esperar su
matarife.





Oncológica


Devastas,
predominas, detrás de las vidrieras
de las médulas enfermas, cautivas
las sedosas monsergas y presos
mis consabidos
resabios.
La verbena de la noche ya no me pertenece, y arrastro
tu olor a flujo de salamanquesa hendida por
nuestra siempre fláccida
derrota.
No pienses que cedí a tus derivas, yo aún
puedo
capear tu anhelo, liberto
del tóxico vicio del semen que lucha
al otro lado de mi locura y de tu boca,
emproar mi naufragio
hacia esos mis mapas de países helados,
imposibles
sin ti.




Andrés de la Orden. Surada Poética 2017.




sábado, 3 de febrero de 2018

Paul Auster




      Yo tenía ocho años. En aquel momento de mi vida nada me importaba más que el béisbol. Mi equipo era el New York Giants, y seguía las actividades de aquellos hombres de gorra naranja y negro con la devoción de un verdadero creyente. Incluso ahora, al recordar ese equipo que ya no existe, que jugaba en un estadio que ya no existe, soy capaz de recitar los nombres de casi todos los jugadores. Alvin Dark, Whitey Lockman, Don Mueller, Johnny Antonnelli, Monte Irvin, Hoyt Wilhelm. Pero ninguno era tan grande, tan perfecto ni tan digno de veneración como Willie Mays, el incandescente Say-Hey Kid.
      Aquella primavera me llevaron a mi primer partido de liga. Unos amigos de mi padre tenían asientos de tribuna en el Polo Grounds, y una noche de abril fui con mis padres y sus amigos a ver a los Giants contra los Milwakee Braves. No sé quién ganó, no recuerdo un solo detalle del partido, pero sí recuerdo que, cuando acabó, mis padres y sus amigos se quedaron charlando en sus asientos hasta que todos los espectadores se hubieron marchado. Se nos hizo tan tarde que tuvimos que cruzar el campo y salir por una de las puertas centrales, que era la única que estaba abierta. Y dio la casualidad de que esa salida estaba justo debajo de los vestuarios de los jugadores.
      En el momento en que nos acercábamos a la puerta, atisbé a Willie Mays. No había duda alguna que era él. Se trataba de Willie Mays en persona, ya sin el uniforme del equipo, vestido con ropa de calle a menos de tres metros de mí. Conseguí que mis piernas me llevaran hacia él, y a continuación, haciendo acopio de todo mi valor, hice que las palabras me salieran de la boca:
      ―Señor Mays le dije, ¿podría firmarme un autógrafo?
      Mays debía de tener unos veinticuatro años, pero fui incapaz de llamarle por su nombre de pila.
      Su respuesta a mi pregunta fue brusca pero amigable.
      ―Claro, chaval dijo. ¿Tienes un lápiz?
      Recuerdo que estaba tan lleno de vida, hasta tal punto rebosaba juventud y energía, que no dejaba de dar saltitos mientras hablaba.
      Pero yo no llevaba lápiz, de modo que le pedí a mi padre si podía prestarme el suyo. Él tampoco llevaba. Ni mi madre. Y resultó que los demás adultos tampoco.
      El gran Willie Mays seguía allí, mirándome en silencio. Cuando quedó claro que no había nadie en el grupo que llevara nada con lo que escribir, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.
      ―Lo siento, chaval dijo. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.
      Y salió del estadio perdiéndose en la noche.
      No quería llorar, pero las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas, y no pude hacer nada para impedirlo. Y lo peor que seguí llorando en el coche hasta que llegamos a casa. Sí, estaba abatido, decepcionado, pero también irritado conmigo mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No era ningún crío. Tenía ocho años, y se suponía que un muchacho de esa edad no debía llorar por algo así. No sólo no tenía el autógrafo de Willie Mays, sino que tampoco tenía nada más. La vida me había puesto a prueba, y yo no había sabido dar la talla.
      Después de aquella noche, comencé a llevar un lápiz conmigo allí donde iba. Adquirí la costumbre de no salir de casa sin antes asegurarme de que llevaba un lápiz en el bolsillo. No es que planeara hacer nada con él, pero no quería que me pillaran otra vez desprevenido. En una ocasión ya me habían pillado con las manos vacías, y no iba a permitir que eso volviera a pasarme.
      Cuando menos, los años me han enseñado esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.
      Como me gusta decirles a mis hijos, así es como me hice escritor.








Paul Auster. "Experimentos con la verdad". 2000, Anagrama.







jueves, 1 de febrero de 2018

David González (II)





PESADILLAS

últimamente
mis sueños
suelen ser
auténticas
pesadillas:

mejor así:

no me asusto
tanto
al despertar:




¿POEMAS?

cualquiera
que lea las cartas
que le mando
a mi madre
pensará
que se las escribo
desde un hotel
de cinco estrellas:





EL RESTO DEL CAMINO

a veces ocurre:

me quedo parado
en mitad del pasillo
mirando fijamente
las baldosas del suelo

sin reconocerlas

ni reconocer en ellas

los
pasos
perdidos:





        DESAPARICIONES

        una de las paredes
        de la casa de aldea
        en que nací en 1964
        todavía sigue en pie:    mis padres
        todavía siguen viviendo
        en el piso que compraron
        en la plaza de la soledad
        cuando yo tenía cuatro años: en los dos
        colegios en los que trataron de educarme
        uno público y otro privado
        los estudiantes
        todavía siguen acudiendo a clase:    y dos
        de las tres cárceles
        en que estuve preso
        han desaparecido
y      en su lugar hay ahora
        un museo
y      un edificio de apartamentos:
        espero con impaciencia
        a que desaparezca también
        la tercera:                   solo entonces
        podré empezar a sentirme
        libre:





David González. "EL DEMONIO TE COMA LAS OREJAS. (Los que viven conmigo: 5). 2017, Canalla Ediciones.



miércoles, 31 de enero de 2018

David González (I)



POLICÍAS Y LADRONES


Me prestaba por la vida, de rapacín, más que ninguna
otra cosa, jugar con la mía propia. Lo peor no es que te
quedes en el sitio me reñía mi madre Lo peor es que te
quedes baldado para siempre. En un extremo de mi calle,
la plazuela de la Soledad, en donde ahora hay escaleras y
mañana Dios sabe lo que habrá, se alzaba entonces un
portón de madera, de arco de medio punto, que separaba
a los niños de los adultos o lo que es lo mismo: a la
ficción de la realidad. Al portalón le guardaban las
espaldas dos bodegas que fedían a pescado podre y
tres chimeneas en decadencia, corroídas por la edad, el
óxido y el salitre de la mar. El mismo salitre que, desde
la puntera de mis botas de piel, en cuanto llegábamos
a casa, nada más entrar por la puerta, se chivaba a mi
madre: David ha estado debajo de la iglesia de San Pedro,
saltando por las rocas, rocas llenas de verdín, tratando de
llegar a la peña de Santa Ana primero que la marea. Daba,
aquél portón, a una fábrica de pescado abandonada que
para nosotros, los que formábamos parte de la banda
del Chino, era, más bien, un fuerte, el Álamo, pues
desde allí repelíamos a pedradas y a horquillazos los
ataques de los críos de otras calles. Dentro, a una
altura considerable del suelo, una viga de aire servía de
puente entre los tejados de las dos bodegas. Sobre
esa viga, el hijo de la imprenta, Marco, y yo, qué
éramos los únicos que no teníamos vértigo, imitábamos
a los artistas de la cuerda floja, pero sin balancín,
haciendo equilibrios con los brazos. Así tan pronto
caminábamos por la viga a la pata coja que de espaldas
o que de espaldas, a la pata coja y con una venda en
los ojos, todo a la vez. Lo peor no es que te caigas y te
mates o te veas en una silla de ruedas para tosa la vida
volvía a reñirme mi madre Lo peor es para los que luego
tengan que hacerse cargo de ti y cuidarte. Saltábamos de
las resbaladizas rocas de la Cantábrica a las almenas
de la Condesa Isabel y de ahí, para disgusto, sobre todo,
de las tejas de caballete, a los tejados de la casa de los
Tamargo y de el Mesón del Chino. El chino, que se
llamaba Wei Hsiao Niu, era un un verdadero maestro en
el arte de la confección de farolillos y adornos de
papel. Una tarde, mientras las tejas se escachaban a
nuestro trote y los gatos huían en desbandada, Wei Hsiao
se asomó a su buhardilla: Uno, do, te, cuato, cinco...
¡Mecedes, Mecedes, llama a la policía! ¡Llama a la policía,
Mecedes!... Como si con eso fuera a asustarnos. Pues
no. Al revés. Estábamos acostumbrados a jugar a
policías y ladrones y los que hacían de defensores de
la ley nunca nos cogían. Ahora que lo pienso: nadie
quería ser policía. Luego, con el paso marcial de los años,
todo lo contrario: nadie, excepto yo, quería ser ladrón.
La última vez que me dio por jugar a este juego, los
policías eran de verdad. Las balas también.

Y me cogieron.





      LO MIRES POR DONDE LO MIRES


      comunicas con tu familia
      dos veces a la semana
      los martes y los jueves
      en un locutorio
      con un cristal de por medio:
      apenas son unos minutos
      en cada comunicación
      unos veinte o por ahí
      pero puedes estar seguro
      de que nunca te vas a comunicar
      tanto
      con tus padres
      sobre todo con tu padre
      como en el transcurso
      de estas visitas:







      EL DEMONIO TE COMA LAS OREJAS
       


      estás hablando
      con el retrato
      de tu chorba:
      tienes que levantar
      mucho la voz
      para que ella
      pueda oírte:
      el chao
      acaba de abrirse las venas
      con una hoja de afeitar
y    está chillando
y    pegando coces
      en la puerta cerrada
      tu novia cierra los ojos:
      le gustaría también
      tener manos
      para taparse los oídos:






David González. "EL DEMONIO TE COMA LAS OREJAS. (Los que viven conmigo: 5)". 2017, Canalla Ediciones.




lunes, 29 de enero de 2018

Pedro Andreu





AQUEL VICIO DE FRASES



De noche me gustaba,
cuando mi chica se acostaba,
jugar a deshacer el mundo
con palabras, para acotar con calma
el contorno preciso de las cosas,
casi
como si nos quemaran al tocarlas,
como quien muerde una fruta muy ácida
y no sabe muy bien si aquello le disgusta
o se parece mucho a los pies diminutos
de la felicidad. Se parecía tanto.
Crear un nuevo software para la realidad:
encriptarla en un folio o en la pantalla
de un ordenador: simples símbolos
que devolvían luego, sin embargo,
el movimiento torpe de la vida,
trozos de la existencia perdurando,
una tristeza elástica, sensual,
como un gato de caza en los tejados.
Era una técnica tan simple: la escritura.
Bastaban un bolígrafo y un folio
al fin y al cabo. Lo que explico: pura magia.
Lo descubrí a los doce, en la casa de campo
donde vivíamos sin luz eléctrica tras un desahucio.
Y aquel vicio de frases ya no me abandonó.
De noche. Era siempre de noche. Y recuerdo
que aquello me gustaba. Se parecía a follar
con por ejemplo, Scarlett Johansson, o con mi chica,
que se quedaba siempre dormida con la tele
y a veces era igual que un cachorro de ángel
o escalar sin equipo el Everest o pelear a muerte
contra una manada de centauros salvajes.
Pero cansaba menos. Me gustaba sacar
las tripas del lenguaje, alimentarme
como un jaguar de su carne cruda.
Saber que existe el hambre. Y que nunca
ninguno de nosotros se saciará del todo.
Hasta que un día probé a escribir tu nombre
sintiendo el poderío desatado de toda su semántica,
el desnudo perfil de sus significados.
Y entonces la ciudad encendió las ventanas
de su belleza enferma, atravesaron las sirenas
con sus risas histéricas las largas avenidas,
los semáforos se me volvieron locos,
temblaron las antenas como
espantapájaros de aluminio muerto,
la aurora arqueó su espalda de edificios
y terminé el poema con estos mismos versos
en que quedé temblando y asustado
de que la vida pudiera ser algo tan nítido
y caliente al escribir tu nombre
cien veces en un folio, como una criatura
abandonada a la intemperie:
Laura, Laura, Laura, Laura...






DESCRIPCIÓN DE LA PATRIA


Mi patria es un poema de Mario Benedetti,
los pasos que fui dando y que daré,
los tres o cuatro nombres de mujer
que siempre me acompañan:
mi madre, mi pareja, mis hermanas.
Lo demás son lugares que apenas sí recuerdo,
como ciertos aeropuertos o estaciones
de autobuses, como algunos poemas
que escribí hace ya tiempo
y hoy me parecen otros.









Como la amplitud de una nevera americana
para un yogur a punto de caducar,
a cuatro grados de temperatura,
temblando solo, temiendo
que la puerta se cierre y todo quede a oscuras.
O aún peor, que se abra de par en par
y todo se termine a cucharadas.





La poesía no da para vivir.
Lo dicen todos: Orihuela, Oliveiro,
profesores, vecinos y mecánicos.
La poesía no da para vivir. Repiten.
Yo me río: tampoco da la vida
para muchos poemas, y sin embargo
aquí estamos. Ya lo ves.
Tan vivos. Tan en cueros.
Tan carne de poema.
Tan palabra en los huesos.






Pedro Andreu. "La Amplitud de una nevera americana". 2015, Frida ediciones.