Frente al silencio.

Frente al silencio.

lunes, 14 de enero de 2019

Alejandro Hermosilla




Al fin y al cabo, Martillo es un libro dichoso.

Parece haber sido diseñado, al igual que muchos de los antiguos laberintos, como una trampa para atrapar demonios.

Sorber la nostalgia y la tristeza en su interior.

Y encerrar entre sus páginas el espíritu de quienes aspiran a aumentar de tamaño la puerta entre el infierno y nuestro mundo.

Como si fuera una sala impermeable, una cámara vacía que ahogara las acciones y gestos que cualquiera de las sombras pudiera realizar.

Esos efrits azules y rojos que se transforman en pájaros para, con sus cantos, intentar embaucarnos y que abramos el cofre o habitación donde se encuentran enjaulados.

Me siento por estos motivos afortunado cada vez que me sumerjo en sus páginas.

Sus hermosas palabras abren un boquete en mi corazón, ese cofre de bronce que únicamente he mostrado a algunas mujeres, por el que se adentra un ave.

Acaso una golondrina.

Un radiante animal que, al piar y desplazarse libremente entre mi cuerpo y sangre, me hace disfrutar de una felicidad incomprensible.







Alejandro Hermosilla. “Martillo”. 2014, Editorial Balduque.



domingo, 13 de enero de 2019

Sam Shepard




PICAZO


      Los perros corren con el ganado. Zigzaguean de un lado para otro. Con la nariz cerca del suelo, pegada al olor de un rastro. Pequeñas hogueras dispersas en campo abierto. Un potro muy menudo picazo y de ojos azules se ha prendado de mí en la ciudad y me ha seguido hasta aquí. Ha venido corriendo como si me conociera. Soy muy flaco, estoy bronceado, voy descalzo, tengo quizá trece años. Estoy estirando una camiseta sobre mis costillas huesudas. Este potrito (no es un poni) es como un perro en sus muestras de afecto. Me mira directamente a la cara con una muda interrogación. No sé si está hambriento o no. No parece que esté buscando comida. Está lo bastante rollizo. Es de un color beige claro, con manchas blancas irregulares, como un pinto. Hace ya un calor abrasador y apenas ha salido el sol. De repente hay gente alrededor. Todos parecen llenos de energía e intención: resueltos. Se traen algo entre manos. Todas las chicas me conocen como si fuera su hermano. Van de una hoguera a otra con bultos de ropa, como si hicieran las maletas para un viaje. Nadie está triste. Nadie se lamenta. (Yo suelo estar inexplicablemente triste cuando hago la maleta.) Todos son jóvenes, por debajo de los treinta. No hay música. No hablan. Parece un acuerdo tácito del que estoy excluido. Las colinas circundantes son desoladas y todo parece como en mitad de Dakota del Sur, cerca de Kadoka. No hay amenazas alrededor. Estamos solos. Ganado negro salpica el paisaje y se desplaza a través del humo, fuera y dentro de las hogueras. Ninguno de los becerros berrea. No hay cerca. No hay alambrada. Todos vamos juntos hacia alguna parte. Me siento más fuerte de lo que nunca me sentiré.





UNA CHICA QUE CONOZCO


      Ahora no hay garantía contra estas pesadillas. Me limito a dejar que aparezcan. Todas las mañanas a las 4.22 exactamente. Oscuro. He dejado una ventana abierta solo para que entre el frío aire nocturno y darles una salida a los demonios. Los demonios. La luna está en la ventana ahora. Ahí, brillando detrás de las cortinas. Con una amplia sonrisa. Se ha desplazado para darme directamente en la cara. Oigo a los perros que roncan en la cocina como los viejos. Como los viejos cuando se quedan dormidos, con tazas de té colgando de sus dedos índices delante de un fuego encendido. Esta vez soy yo el que está alto en un sofá sobre los acantilados que dominan Los Ángeles. Reconozco el lugar. Es temprano. Una urbanización antigua, como de bungalows, con un yeso calizo que se descascarilla. Me lo alquila una chica que conozco. Una chica que conozco me deja ocupar un cuartito que insiste en que perteneció a James Dean antes de que se hiciera famoso. Esta vez estoy fuera, tendido sobre un sofá rojo de vinilo, rodeado de cámaras dolly. Totalmente circundado. Varios operadores con su gorra de béisbol y la visera hacia atrás (¿quién fuel al primero al que se le ocurrió?). Dan vueltas alrededor, con los ojos succionados por el ocular de goma de las cámaras Rolleiflex. Pero en realidad no están filmando. Yo soy el público, supongo. Les veo <<simular que ruedan>> paisajes urbanos pintados con delicadeza: murales sobre láminas de contrachapado y lona. Dibujos al pastel rosa, azul y amarillo descoloridos. Todo tenue. Cambian de posición todo el rato. Los maquinistas sudan copiosamente mientras empujan a toda velocidad a los cámaras sentados. De vez en cuando se paran de repente y hacen un zoom muy cerrado de los murales antes de pasar al siguiente. Las puntas de eucaliptos gigantescos se mecen lánguidas en segundo plano. Abajo, a lo lejos, en el valle, se divisa el zigzagueo de la autopista de Santa Mónica. Aquí arriba unos sinsontes revolotean de un árbol a otro en el calor reciente. De pronto, mi sofá empieza a arder. Una chica que conozco huye corriendo.





Sam Shepard. “Yo por dentro”. 2018, Anagrama



jueves, 10 de enero de 2019

Roger Wolfe (II)



CUARENTA Y UN AÑOS


El Adagio para cuerda
de Samuel Barber
en la radio. Té con leche
en porcelana inglesa.
Buen tabaco holandés.

Por la ventana abierta,
los lentos ocres
de un crepúsculo de junio
sobre el que vertiginosos vencejos
trazan sus elipses de silbidos.

El tiempo se ha parado
como quien se detiene a mirarse
un instante en un espejo.

No quiero hablar de Dios.
Pero sí darle las gracias
por los cuarenta y un exacto años
que me han hecho falta
para vivir la intransferible plenitud
de este momento.




LA PATRIA EN LAS RAÍCES


Releyendo versos sueltos de Juan Luis Panero
a las tres de la mañana.
Un tomo de Trollope,
ya casi terminado,
está sobre la mesa.
Oigo fuera el zumbido de la térmica,
los maullidos de unos gatos,
el siseo de las ruedas de algún coche.
No sé ni dónde estoy; no me preguntes.
Ni tampoco importa.
Kavafis, Eliot, tantos otros
temieron la llegada de los bárbaros.
Yo ya no temo nada:
la barbarie nos rodea.
Pero intentando recordar de dónde vengo
y a dónde voy
trazo ahora aquí
estas palabras;
la patria en las raíces del poema.






VERDADES MATEMÁTICAS

Tú y yo, está visto,
somos líneas paralelas.

A mí de pequeño me dijeron
que dos líneas paralelas
se hacen secantes
es decir: se cruzan
en el infinito.

Vamos a tener
que armarnos de paciencia.




LA LLAMADA DE LA ESCRITURA

Necesidad de escribir, pero ¿de escribir qué?
Es bueno ser poeta. Pero la poesía
es una espera permanente; una sucesión
de tiempos muertos que de vez en cuando alumbra
la llama más o menos viva de una vela.
El escritor necesita sus cámaras y acción;
una continuidad gozosa de la idea en desarrollo.
Las palabras deben de ser el río que nos lleve.
Hace tanto tiempo que fluye este río
que ya dudo que un día sus aguas me arrastraran.
Dudo de mi nombre. Dudo de mis manos. Dudo
incluso de mi rostro; los espejos me devuelven sobresaltos.
Necesidad de escribir. Necesidad de volcarme
de nuevo en el caudal de la escritura.
Necesidad de escribir. Cualquier cosa. Lo que sea.
Se pura corriente de caudalosa letra impresa.



Roger Wolfe. "Algo más épico sin duda (Antología poética)". 2017, Editorial Renacimiento

martes, 8 de enero de 2019

Vicente Verdú




SÁBADO


      Se han marchado todos. Han salido al cine unos, mi mujer de compras, la chica con el novio. La casa está vacía, pero se escucha la huella de su presencia y la deuda del regreso. Guardo en el bolsillo el pañuelo con que mi hija se sonó antes de partir y puedo percibir el perfume de las lilas que compramos juntos hace unas horas en la mañana del sábado. Todavía ondea, de otra parte, el aroma moribundo del guisado bajo el imperio del detergente que ha dejado en ayunas la cocina. No sé bien qué hacer. Bastaría levantarme de la silla para conjurar su impertinencia en ese ámbito donde se convoca la paz naturalmente y yo, a fin de cuentas, como observador, quedaría exento de ser enumerado entre los habitantes del piso. He rehusado salir para redactar unos folios, pero una vez aquí soy consciente de la imperfección y la redundancia del proyecto. ¿Voy a escribir sobre lo que existe por sí mismo? ¿Voy a repetir mutilando de atributos aquello que auntónomamente pervive y no solicita asistencia? La casa se encuentra en equilibrio y ni siquiera el ruido del teclado alcanza a desbaratar su estado. Cada vez que detengo las pulsaciones se impone un silencio lento y un poder que no llego a rozar abate la voluntad de incidir todavía en su curso. La familia abastece y desprovee el destino de estos tabiques en los que ahora, a solas, descubro separados de mi decisión. Debería, de acuerdo con la marca que se manifiesta en esta calma, cesar de escribir y rehuir la pretensión de una soledad adueñada. En este punto comprendo que sería coherente incorporarme y permitir que las circunstancias siguieran porque soy yo el único que interfiere con mi pugna. Suspendo por tanto las pulsaciones y escucho. ¿Para qué escribir? Bastaría asumir la evidencia. Dejarla manar y recibirla, poner oído y vista a su transcurso. La escritura no produce más efecto que desarreglar el orden o arrogarse el falso derecho a reordenar y, de esta manera, justificar las culpas. ¿Me justifico? Nadie me requiere para escribir. ¿Mi mujer disponiendo las lilas para el salón? ¿Mi hija acogiendo el pañuelo para sonarse confiadamente? ¿Yo redimiéndome?
Alguna solicitud existe desde un centro ignorado que me mantiene ante las teclas. Pero el teclado no es nada sin mí y es todo sin mí también, aunque se comporta como el remedo de un órgano de existencia recíproca y abandonarlo significa dejarme enfermar más. Ésta es la medrosa y mejor razón por la que escribo: el motivo probable de perseguir alivio y diferencia en medio de una estación que no demanda. Cada objeto se encuentra ajustado a su emplazamiento, los paños de cocina pendiendo de los adhesivos de plástico, las servilletas plegadas en el cajón, las sábanas y las colchas acopladas y llanas. Deambulo por el pasillo y los cuartos, y uno a uno los enseres viven ajenos a mi comportamiento. El único que pretende alterar la continuidad de la materia soy yo escribiendo. Nadie me reclama. Mis hijos en el cine o mi mujer seleccionando una compra encuentran la avenencia entre lo que pretenden y consiguen. Soy yo el intruso que, en este retablo de personas y objetos, se erige en vano perturbador. Pero ¿cómo compartibilizar la tarea de escribir con una apariencia coordinada? ¿Cómo ajustar la innecesaria necesidad de escribir con la inmejorable especie del silencio? ¿Escribir? ¿Escribir otra vez?
      Son ya las siete y cuarto de la tarde y la luz ha decrecido. Por la derecha el papel se extiende una claridad raída, visiblemente deducida del pasado. Me asomo a contemplar las hileras de coches que en direcciones opuestas se detienen ante el semáforo. Ninguno de sus ocupantes escribe. Escuchan la fluencia de la radio, respetan como animales adiestrados la sucesión de señales, se comportan según un modelo de concordia que excluye el instinto de escribir. Para mi mujer, para mis hijos, sería equivalente un padre de familia con empeños de cualquier otro género. ¿Por qué permanecer aquí, a riesgo de ser juzgado y condenado por todos y, en primer lugar, por uno mismo? La escritura es arrogancia. Deseos de no aceptar que en la oscuridad de un cine, o en la inundación del amor, la vida siempre es más dúctil y benévola que la merecida penitencia de lo que se ha escrito. Ahora mismo ha sonado el timbre. No son ellos. Se trata de alguien que ha equivocado el piso. No tengo otro remedio que continuar aquí.





Vicente Verdú. “Cuentos de matrimonios”. 2000, Anagrama

miércoles, 2 de enero de 2019

Roger Wolfe (I)





LA MORT DANS L´ÂME


Somnolientas sombras se van desdibujando
por el ahíto abandono de tu cuerpo.

Una desgana infinita te empalaga.

Afuera la lluvia trae el día,
en tristes remolinos barrenando
de angustia la ciudad, decapitadas
las farolas por la bruma de la aurora.

Te levantas y enciendes
tras la persiana un cigarrillo.

Ya se acerca en tropel la incertidumbre.

Miras dentro de ti. Y deseas que termine
de una vez esta comedia ingrata.
Y que el olvido te abrace para siempre.




EL VASO


Siéntate
a la mesa.
Bebe un vaso
de agua. Saborea
cada trago.
Y piensa
en todo el tiempo
que has perdido.
El que estás perdiendo.
El tiempo
que te queda por perder.





EL EXTRANJERO


Me asomo a la terraza.
Una mujer se arregla el pelo
delante de un espejo
en el edificio de enfrente
de mi casa.
Estaba leyendo
a Dostoyevski. Cierro el libro,
lo dejo encima de la mesa,
me siento y abro
otra cerveza. Qué aburrido,
Dostoyevski, la cerveza,
las mujeres, los libros,
los espejos. Qué aburrido
sentarse y esperar la muerte
mientras la gente fornica,
come, trabaja o se solaza
bajo el sol raído de septiembre,
y uno sabe, positivamente,
que nada va a ocurrir.




MALA CONCIENCIA


A veces
cuando el pasado regresa
para torturarme
pienso en la mujer
de William Burroughs.
En su cabeza.
En la manzana
o el vaso,
o lo que fuera
que se puso encima.
En la pistola
que empuñó su marido
para volarlo todo
por la habitación.
Apenas he leído a Burroughs.
Pero es extraño,
las muchas maneras
en que una persona
te puede ayudar.






LAS PALABRAS


Las palabras son inútiles, tercas, retorcidas
como tornillos que no entran rectos.
Y me cansan. Pero son lo único que tengo.
Los juguetes de un niño pobre.
Yacen destripadas a mi alrededor.
Todo su encanto se derrama por sus vientres abiertos.
El mecanismo hace tiempo que dejó de resultar
intrigante o atractivo.
No hay desafío. No hay chispa. No hay color.
El mundo es tan gris como mi asco.
Las palabras son los puntales de mi abulia.
Pero son lo he dicho, lo repito lo único que tengo.




EPITAFIO


Aquí yace un hombre
que era alto
delgado
y solitario
y se pasaba la vida
sentado en la penumbra de cocinas
de casas de arrabal
bebiendo té
fumando cigarrillos
y preguntándose
por el sentido de las cosas.



Roger Wolfe. "Algo más épico sin duda (Antología poética)". 2017, Editorial Renacimiento




viernes, 28 de diciembre de 2018

Julio Llamazares




7. El frío



      Hay recuerdos, como fotografías, que, cuando los revelamos en la cubeta de la memoria esa cubeta mágica y secreta que todos ocultamos en el cuarto de atrás de nuestras vidas, aparecen movidos o velados parcialmente. Son los recuerdos que preceden al olvido. Vemos su imagen, queremos reproducir el tiempo al que pertenecen, o su lugar concreto, o lo que para nosotros supusieron en su día, pero, por alguna razón, por más que lo intentamos, no podemos conseguirlo. Por eso nos producen una gran melancolía.
      Entre cada recuerdo como entre cada fotografía, quedan siempre unas zonas en sombra bajo las que se nos ocultan trozos de nuestra propia vida; trozos de vida que a veces tan importantes, o tan significativos, como los que recordamos o como los que viviremos todavía. Son esos cortes en negro que sustituyen en las películas a los fotogramas rotos o quemados por las máquinas y que hacen que cada vez sea más complicado poder seguirlas. Al final, cuando se repiten mucho, terminan por hacer el relato incomprensible.
      Recuerdo aún algunas películas, en aquel cine de Olleros, que, de tan viejas y tan cortadas, era imposible ya saber de qué trataban o cuáles eran sus títulos. Las enviaban en lotes junto con las más recientes o las vendían de saldo a los cines de pueblo para que las explotaran mientras pudieran o las utilizaran para empalmar las nuevas cuando éstas, con el uso, se rompían. La mayoría eran de la época muda. Algunas de ellas recuerdo haberlas visto varias veces cuando, por circunstancias (la nieve, normalmente, en invierno, o un retraso imprevisto en el envío), la película anunciada no llegaba y tenían que sustituirla, sin conseguir enterarme de nada y, en bastantes ocasiones, sin saber si faltaban si faltaban más metros de cinta de los que nos ofrecían. Pero a mí eso, entonces, no me importaba. Ni siquiera me importaba que, como más de una vez pasó, el señor Mundo se confundiese (cosa lógica teniendo en cuenta el estado de las películas) y nos la proyectase con el orden de los rollos confundido. Habituado como estaba a inventar las de los mayores mirando las carteleras de la vitrina, incluso me gustaba no poderlas entender porque ello me permitía inventar una distinta cada vez aunque la que proyectaran fuera la misma. Pero ahora no es igual.. Ahora es mi propia película la que estoy viendo, iluminada por mi memoria y animada por las voces que se quedaron grabadas en estas fotografías, y los cortes en negro que descubro entre ellas me desazonan tanto como la dificultad que siento para darle movimiento a algunas de las que existen. Es lo que me pasó antes con la del puente, que de repente se convirtió ella misma en un abismo, y es lo que me pasa ahora con esta otra en la que aparezco solo, caminando por la carretera con el rostro cubierto por un pasamontañas y las manos hundidas en los bolsos del abrigo.
      La miro y no me recuerdo nada, absolutamente anda salvo el frío. Aquel frío feroz, afilado y terrible, a veces blando de nieve y otras negro por el polvo de la mina, que se adueñaba de Olleros cuando llegaba el invierno y que se respira aún, como un aliento lejano, en esta fotografía. Seguramente me la hicieron un domingo. Lo digo por los zapatos, que están muy limpios pese a la nieve y el barro que se ven en las cunetas, y por ese abrigo azul negro en la fotografía que me hizo la modista de Cistierna, una mujer contrahecha, o tullida, o paralítica (ya no lo recuerdo bien, pero sé que algo tenía), y que posiblemente estrené ese día. O, si no, ¿por qué esta foto que, por no recordar ya nada, ni siquiera me recuerda su motivo?
      A lo mejor no lo tuvo nunca. Hay fotos, como recuerdos, que nacen fortuitamente, sin justificación alguna, y que por eso, precisamente, nos acompañan toda la vida. Son como esos perros perdidos que nos persiguen a todas partes porque un día les dimos de comer y de los que no conseguimos desembarazarnos porque no conocemos ni su nombre ni su origen. El nombre de ésta es el frío; pero su origen lo desconozco igual que también ignoro de dónde llega la luz que se filtra entre la nieve y la ilumina. Es una luz irreal, planetaria, casi pura, como la de las postales viejas o los cuadros de Hopper, que invade toda la foto y la llena de dulzura. Es la luz azul del frío, aquella luz sideral que se adueñaba de Olleros cuando llegaba el invierno y se extendía sobre la nieve como una segunda capa cuando helaba por las noches o cuando, tras las montañas, salía la luna. Todavía me da frío. Al revés que la anterior, que me hablaba de un verano lleno de sol y nostalgia, o que la de mi familia en la cocina (en la que aún puedo sentir el rescoldo amoratado de la estufa), ésta me trae el recuerdo de aquellos días de invierno de mis once y doce años, cuando para ir a Sabero, que era donde o estudiaba, pues había comenzado el bachiller, me levantaba temprano y, por esa carretera, andaba los tres kilómetros que tenía desde Olleros, muchas veces con la nieve a la cintura. Aún me veo como en una pesadilla: caminando de lado para buscar el lado amable del viento y siguiendo muchas veces las huellas de los mineros o las de mis compañeros que habían pasado antes, el camino se me hacía interminable y, pese al pasamontañas y los guantes, las orejas se me llenaban de sabañones y las manos se me hinchaban con el frío. Por eso, a veces, lo hacía corriendo, sin importarme el frío del viento ni los copos que me daban en la cara y se me colaban entre la ropa como si fueran cuchillas, o, cuando nevaba mucho, me levantaba antes antes del amanecer y esperaba el autobús que recogía a los hombres que trabajaban en la oficina. Evitaba así bajar andando, pero, a cambio, tenía luego que esperar más de una hora dando vueltas por la nave de la antigua fundición, que ahora era una catedral vacía, o en la panadería que había instalada en uno de sus hornos primitivos. Cuando el colegio abría sus puertas, y, sobre todo, cuando llegaba a casa de nuevo (en diciembre y en enero, ya de noche), el frío me había calado tan hondamente que ni la estufa podía quitármelo por más que a esa hora estuviera siempre con el hierro de la chapa al rojo vivo.
      Uno de aquellos días, recuerdo, fue cuando murió Celino. Lo encontró el cura de Olleros en el portal de la iglesia, que era uno de sus sitios preferidos, envuelto entre varias mantas y completamente rígido. Al parecer había muerto de frío. Celino estuvo un día en el hospital (el pequeño hospitalillo de la mina), donde le hicieron la autopsia y donde yo lo vi por última vez a través de una ventana que daba a la carretera y de donde lo sacaron para enterrarlo, seguramente con las postales de las actrices que Celino tanto amaba escondidas todavía en los bolsos del abrigo. Celino era un tipo duro. Tenía el baile de San Vito, enfermedad que le condenaba a mover el cuerpo constantemente, y la cabeza torcida, pero nunca se arredró antes los inviernos ni le tuvo ningún miedo a los caminos. Ese valor, que yo tanto admiré en él por más que me diera miedo encontrarlo a solas, sobre todo por la noche, es el que yo recordaba cuando bajaba a Sabero para animarme a mí mismo y es el que intento imitar en esta fotografía: el abrigo calado, la mirada fija, el pasamontañas puesto y esa manera de andar y de mirar a la cámara como si, a pesar de mi corta edad, ni la eternidad ni el frío me asustaran lo más mínimo. Pero es inútil. Por más que la foto mienta y yo continúe fingiendo un valor que no tenía, el frío de aquellos años quedó tan impreso en ella como la música en la del baile o el sonido de la lluvia en la del cine. No importa que la película esté ya rota ni que los cortes en negro la arrastren hacia el olvido. Basta una fotografía, un fotograma perdido, para que la memoria se ponga en marcha y me llene el corazón esa pantalla vacía de imágenes congeladas y de recuerdos que son como perros perdidos.





Julio Llamazares. “Escenas de cine mudo”. 1994, Seix Barral.




martes, 18 de diciembre de 2018

Isabel María Hernández Robles




Litio


Dicen que la verdad siempre entristece,
no saben que muchas veces,
la verdad da paz al sentimiento.
Yo quiero pensar como el que respira,
y ser, de vez en cuando, infeliz
por natural.
Sé que el día muere
y me alegro
porque lo sé por lo mismo que sé
que cuando dices que quieres morir
no es tu voluntad sino tu cuerpo.




De su muro de Facebook. 2018.