Frente al silencio.

Frente al silencio.

lunes, 16 de enero de 2017

Mauricio Ciruelo Gutiérrez




      ―Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? ―decía Ana.
      ―Estamos soñando ―sentenció Miriam, su hermana mayor.
      ―Creo que deberíamos volver al colegio ―insistió Ana.
      ―En los sueños no hay colegio.
      Ana sonrió y se acercó al borde de la azotea.
      ―Entonces, ¿crees que puedo volar?
      ―Por supuesto, hermanita, es lo que trato de explicarte.
      ―Pero parece tan real.
      Miriam arrancó una hoja de su cuaderno y se la mostró a Ana.
      ―En los sueños no se puede leer ni el propio nombre. ¿Puedes leer aquí el tuyo?
      Ana negó con la cabeza, extendió los brazos y saltó. Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado.





Mauricio Ciruelo Gutiérrez. "Relatos en cadena". 2008, Alfaguara.



domingo, 15 de enero de 2017

Charles Bukowski (II)



CASAS Y CALLES OSCURAS



una de mis mayores debilidades es perderme.
siempre me estoy perdiendo, sueño con que
me pierdo, y de ahí el temor que tengo a ir
a otros países: la posibilidad
de perderme y no saber el idioma.
una vez estuve perdido en las montañas de Utah
durante nueve horas pero también me pierdo en calles y autopistas.
se me suele ver entrando a una gasolinera para peguntar:
ponga diez litros de gasolina y
¿puede decirme dóne estoy?

encuentro la autopista correcta pero la cojo en
sentido contrario, conduzco temeroso
un montón de kilómetros junto con cientos de personas que
saben exactamente adónde van. Luego
pruebo a ir en la otra dirección, me doy por vencido,
salgo de la autopista y
vuelvo a perderme en una carretera oscura sin farolas bordeada
de casas silenciosas y sombrías:
cantidad de casas oscuras y una calle oscura
y nadie a la vista que pueda ayudarme.
pongo la radio del coche, permanezco sentado y
escucho las voces amigables y la música
suave, pero eso no hace más que agravar la locura y el miedo.

no hay mujer con la que haya vivido
que no recibiera esta llamada:
escucha, cariño, me he perdido, ¡estoy en una
cabina y no sé dónde estoy!
sal me dicen y busca el
letrero de la calle.
unos minutos después regreso con la información y
me dicen tranquilamente qué hacer.
no entiendo las indicaciones.
siempre hay gritos por uno y otro lado.
¡es sencillo! gritan.
¡NO PUEDO HACERLO! contesto a gritos.

una vez, después de dar vueltas durante horas me
detuve y me alojé en un motel.
por suerte, había una bodega justo
en frente.
compré dos quintos de vodka y me tumbe a ver
la tele
fingiendo que la vida era estupenda, que yo era
del todo normal y tenía la situación controlada.
al cabo, conseguí dormirme poco después de
abrir la segunda botella de vodka.

por la mañana, al devolver la llave, le
pregunté a la señora: por cierto, ¿podría decirme
hacia dónde queda Los Ángeles?

ya está en Los Ángeles contestó.

una tarde, al salir del hipódromo de
Santa Anita
me metí por una carretera secundaria para evitar
el tráfico y la carretera secundaria empezó a trazar una curva,
cosa que me preocupó, así que me metí por otra carretera secundaria
y no sé cuándo ocurrió, pero la calle asfaltada
desapareció y de pronto iba por un
caminillo polvoriento y luego el camino empezó a
subir a medida que la tarde dejaba paso a la noche oscura, y
seguí adelante, con la sensación de ser idiota por completo y
estar derrotado.
intenté salir del camino empinado pero cada giro
me llevaba a un camino más estrecho que subía cada vez más, y
pensé, si vuelvo a ver a mi mujer alguna vez le
voy a decir que sou un auténtico subnormal,
que hay que restringirme los movimientos, obligarme a que me
      quede en la cama o
encerrarme en un psquiátrico.

el camino seguía subiendo hacia las colimas y
entonces me vi en la cima de dondequiera que estuviese y era un
      pueblecillo
encantador intensamente iluminado con luces de neón y todos
los carteles estaban en chino, y entonces entendí que
me había perdido y estaba loco,
no tenía ni idea de qué significaba todo aquello, así que seguí adelante
y entonces, al bajar la mirada, vi la autopista de Pasadena
unos trescientos metros más abajo: lo único que tenía que hacer era
        encontrar
la manera de bajar hasta allí.
y fue otra pesadilla intentar
abrirme paso hasta esas empinadas calles bordeadas de
casas sombrías y caras.
los pobres nunca sabrán cuántos chinos ricos se ocultan
sigilosos en esas colinas.
al cabo, llegué a la autopista unos 45
minutos después y, como es natural, la cogí en la
otra dirección.

no me gustan los psiquiatras pero más de una vez he pensado
en preguntar a alguno al respecto.
aunque igual ya tengo la respuesta.

todas las mujeres con las que he vivido me han dicho lo mismo:
no eres más que un idiota me dicen.






LOS POEMAS DE AMOR DE CATULO


leía sus poemas
se los leía a los hombres que la esperaban en la cama
luego los rompía
entre risas
y se tumbaba en la cama
abierta de piernas ante la polla
que tuviera más a mano.

pero Catulo siguió escribiéndole
poemas de amor
y ella se follaba esclavos en
callejones, y
cuando estaban juntos
le robaba mientras estaba
borracho, se reía de sus versos y su
amor,
se meaba en su
suelo.

Catulo, quien,
por lo demás,
escribía poemas
maravillosos
cayó bajo el hechizo de
esa zorra
que,
según se dice,
cuando empezó a envejecer
huyó de su lado
y comenzó una nueva vida en una isla lejana
donde acabó
suicidándose.

Catulo era como
la mayoría de los poetas:
entiendo
y perdono a medida que
lo releo:
era consciente,
ante la proximidad de la muerte,
de que es
mejor empezar con una
ramera que acabar
con ella.










POR UN OÍDO ME ENTRABA
Y POR EL OTRO ME SALÍA


mi padre se había aprendido de memoria cantidad de dichos que le
gustaba
repetir una y otra vez:
<<¡si no consigues triunfar, a cagar!>>
<<¡a tuertas o a derechas, yo siempre con mi país!>>
<<¡a quien madruga,
Dios le ayuda!>>

mi madre se limitaba a sonreír mientras él pronunciaba
semejantes perlas de sabiduría.
¿yo?
yo pensaba: este tipo es idiota.

<<¡el que no trabaja es porque no quiere!>> era uno
de sus preferidos durante los años de la Gran Depresión.

prácticamente todo lo que salía de su boca era una estupidez.
llamaba a mi madre <<mamá>>.
¡mamá, tenemos que irnos de este barrio!
¿por qué, papá?
¡porque he visto uno, mamá!
¿un qué, papá?
un negrata...

otro de sus preferidos era:
<<¡pito, pito, gorgorito, trinca a un negro por el
pito, si pone el grito en el cielo, que cargue con
el mochuelo!>>

nunca pronunciaba estos aforismos sentado
sino que lo hacía deambulando a paso vivo por la
casa.
<<¡ayúdate bien y ayudarte ha Dios!>>

escucha a tu padre, Henry ―me solía decir
mi madre.
la pobre mujer, lo decía de corazón.

¡no sigas mi ejemplo ―decía él a voz en cuello―, sigue mi
consejo!
no seguí lo uno ni lo otro.

y el día que lo vi en su
ataúd
casi esperaba que dijera algo,
pero no lo hizo, así que hablé por
él:
los muertos ya no cuentan más cuentos.

luego
cerraron el féretro y mi tío Jack y
yo fuimos a comer una hamburguesa con patatas fritas.

nos quedamos sentados con la comida delante.
tu padre era un hombre bueno ―dijo el tío
Jack.

Jack ―contesté―, ¿bueno para qué?





LA GRAN FARRA


sentado en un porche del primer piso a las 1:30 de la madrugada
mientras
contemplo la ciudad.
podría ser peor.

no hace falta que alcancemos grandes logros, sólo
nos hace falta llevar a cabo las cosillas que nos hacen sentir
mejor o
no tan mal.

como es natural, a veces el detino no
nos lo
permite.

entonces, debemos burlas el destino.

tenemos que ser pacientes con los dioses.
les gusta divertirse,
les gusta jugar con nosotros.
les gusta ponernos a prueba.
les gusta decirnos que somos débiles
y estúpidos, que estamos
acabados.

los dioses necesitan diversión.
somos sus juguetes.
mientras estoy sentado en el porche un pájaro empieza a
darme la serenata desde un árbol cercano en
la oscuridad.

es un ruiseñor.
me encantan los ruiseñores.

lanzo algo parecido a trino.
él aguarda.
luego los repite.

es tan bueno que me echo a reír.

con qué poco nos contentamos,
todos nosotros, las cosas vivas.

ahora empieza a caer una fina
llovizna.
me caen gotitas frescas sobre la
piel caliente.

estoy medio dormido.
estoy sentado en una silla plegable con los
pien en la barandilla
mientras el ruiseñor empieza
a repetir cada gorjeo
que ha oído
hoy.

eso es lo que hacemos los viejo
para divertirnos
los sábados
por la noche:
nos reímos de los dioses,
ajustamos viejas cuentas pendientes con
ellos,
rejuvenecemos
mientras las luces de la ciudad
parpadean a nuestros pies,
mientras el árbol oscuro
que da cobijo al ruiseñor
vela por nosotros,
y mientras el mundo,
desde aquí,
tiene mejor aspecto
que nunca.




Charles Bukowski. “Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta”. 2005, Visor.





sábado, 14 de enero de 2017

Charles Bukowski (I)




A UN PASO DE DISTANCIA



conocí a una señora que vivió con Hemingway.
conocí a una señora que aseguraba haberse tirado a Ezra Pound.
Sartre me invitó a visitarlo en París pero fui tan estúpido que
no acepté.
me escribió desde Italia Caresse Crosby de Black Sun Press.
el hijo de Henry Miller escribió que yo era mejor autor que su
padre.
bebí vino con John Fante.
pero nada de eso importa salvo si se aborda con cierto
romanticismo.
algún día hablarán de mí:
<<Chinaski me escribió una carta>>,
<<vi a Chinaski en el hipódromo>>,
<<Vi a Chinaski lavando el coche>>,
todo tonterías.
mientras tanto, algún poeta de mirada furiosa
solo y desconocido en una habitación
estará escribiendo cosas que te harán olvidar
a todos los demás
salvo quizás al joven que
le
suceda.





BEBE Y ESPERA


bueno, primero murió Mae West
y luego George Raft,
y Eddie G. Robinson
hace tiempo
que se fue,
y Bogart y Gable
y Grable,
y Laurel y
Hardy
y los hermanos Marx,
todas aquellas tardes
de sábado
en el cine,
de crío,
se han esfumado
y miro
esta habitación
y me devuelve la mirada
y al otro lado
de la ventana,
el tiempo permanece suspendido
del pomo de la puerta
mientras un pisapapeles
de oro
con la figura de un búho
me mira a mí,
(un viejo ya)
que debo soportar
todas estas tardes
de sábado
vacías.










EL CHICO VOLADOR


tenía 8 años y la cosa no iba
bien.
mi padre era un bestia y mi madre
su sirvienta.
no caía bien a los chicos
del vecindario.
tenía un escondite.
era en el tejado del garaje.
allá arriba hacía mucho calor
así que me desnudaba y tomaba el sol.
decidí broncearme y ponerme
cachas.
hacía flexiones y sudaba
al sol.
el tejado estaba cubierto de gravilla
blanca que se me clavaba en la
piel,
pero no llegué a broncearme, sólo
se me puso la piel de un rojo
idiota.
aun así, seguía en el tejado.
era mi escondite.
entonces se me metió en la cabeza que podía
volar.
no se cómo surgió, fue
gradual, la idea de que podía
volar.
pero conforme pasaba el tiempo la idea
iba cobrando cada vez más
fuerza.
no sabía a ciencia cierta por qué quería
volar
pero la idea me dominaba
cada vez más.
me encontré encaramado al
borde del tejado
varias veces
pero siempre reculaba.
entonces llegó la tarde en que
decidí que iba a volar.
de pronto, tuve la seguridad de que podía.
estaba eufórico.
salí al borde del tejado,
di un salto y aleteé con
los brazos.
caí a plomo y me di
un buen golpe contra el suelo.
al levantarme vi que me
pasaba algo raro en
el tobillo derecho.
apenas podí andar.
cojeé hasta llegar a casa, lo gré
llegar al dormitorio y me
acosté.
una hora después tenía el tobillo
hinchado,
inmenso.
me quité el zapato.

mis padres llegaron a casa
más o menos entonces.
Henry, ¿dónde estás? preguntó
mi padre.

estoy aquí.

entraron los dos, mi
padre primero y mi madre
detrás.

¿qué te ha pasado en el
tobillo, Henry? preguntó mi madre.

un accidente.

¿un accidente? preguntó mi padre. ¿qué
clase de accidente?

intentaba volar, pero no ha dado resultado.

¿volar? ¿cómo? ¿desde dónde?

desde el tejado del garaje.

así que ahí es donde andabas
escondido últimamente, ¿no?

sí.

¿te das cuenta de que habrá que
pagar un médico?
¿te das cuenta de que no
tenemos dinero?

no me hace falta ningún médico.

¡los médicos cuestan dinero!
¡vete al baño!

me levanté y fui dando saltitos hasta el
cuarto de baño.

¡bájate los pantalones!
¡los calzoncillos!

lo hice.

¡los médicos cuestan dinero!

cogió el suavizador de la
navaja.
noté el primer
mordisco.
me estalló
en la cabeza un fogonazo.
volvió a darme con el
suavizador.
el ruido que hizo
contra mi piel fue
horrible.

¡putos médicos!

el suavizador volvió
a alcanzarme
y entonces supe por qué
había querido
salir colando... volando
a través de las paredes,
salir volando
por la
ventana,
a cualquier sitio lejos de
allí.





Charles Bukowski. “Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta”. 2005, Visor.






jueves, 12 de enero de 2017

Carso Waters




WILLIAM ELLIOT WHITMORE, AGRICULTOR




La poesía es como los calcetines de lana que me hacía mi abuela

desprecio a los que venden poesía como si vendieran naranjas
y a los que venden naranjas como calcetines
y calcetines como cualquier otra cosa

la poesía es como los calcetines de lana que me hacía mi abuela
hay quienes aprovechan metáforas como esta
para vender piedras
también es cierto que este libro puede ser una naranja
o un calcetín

aunque mi abuela solo recuerde la nieve
antes había calcetines en sus manos
había queso y rosquillas

odio a los que venden poesía como si vendieran rosquillas
como si fueran suyos los poemas
o las rosquillas de mi abuela

porque mi abuela y yo moriremos
y los que venden poemas venderán la muerte
y la comprarán
y quedarán los calcetines de mi abuela
encima de la estufa
así
como si fueran mi mejor poema.






P. HINSON, DUEÑO DEL CAN-CAN


Os besaremos con falos y crisantemos
estamparemos el cáliz abierto de la vida en vuestros pezones
que desternillarán su aurora en un cieno de uvas entregadas
os abriremos en canal empleando rituales de vicio y locura
con ese amor de pura sangre con el que gozan los caballos
                                                                                  y las reinas
os comeremos las entrepiernas y los entrebrazos y el cuello
                                                                                 y la barbilla
como cerdos con bigote emplearemos los dedos
para untarlos en temblor de carne y electricidad
como caballeros saciaremos nuestras lenguas en vino y pan
os morderemos hasta los suspiros que os delaten como
                                                                      putas enamoradas
os besaremos con falos déspotas y ojos carnívoros
sonrojaremos el violento interior de un fantasma
con estallidos y alacranes bajo sotanas
una gota de sudor os remará la frente
en un intervalo entre placer y dolor
el amor romperá a todos sus hermanos gemelos
con un solo soplido
como si fueran pompas
estallando una a una
ante los fluidos entregados a un choque frontal.








WHITE BUFFALO, CAZARECOMPENSAS


Ahora comprendo al que pasea las tardes hasta la orilla
al que se hunde en su propia sopa
al que retoza en su hamaca soplando el aire que se estanca
al condenado que baja la cabeza ante el gobernador
comprendo a los escorpiones que se esconden bajo las piedras
comprendo la farola rota en lo profundo del callejón
al que regresa desnudo a la primera oportunidad
al que a tientas dispara a los habitantes de esta mentira
al que mancha los pantalones antes de ser ahorcado
comprendo al borracho al asesino al cobarde
al que se burla del que cae al barro
al que dispara por la espalda a su amigo
y se lleva la recompensa en sus alforjas
comprendo a la que se deja tocar el culo por el dueño
                                                                               de la cantina

y al que se pone de rodillas para ser perdonado
al pobre que roba fruta
al rico que se la lleva con la ley a su favor
a la ley a la muerte
a la sociedad y a la cobardía
ahora que todo lo he visto
y que a nadie amo
comprendo.





Carso Waters. “Traducción de los perros de Omaha”. 2014, Canalla Ediciones.



martes, 10 de enero de 2017

Concha Terciado del Hoyo




      No sé cómo tuve fuerzas para arrastrar el cuerpo y tapar el agujero. De regreso a casa nada parecía haber cambiado, ni siquiera mi madre levantó la cabeza de la olla cuando entré en la cocina. Ella no prestaba atención a la radio que hablaba de los muertos en Irak. Miré mis manos manchadas, con tierra entre las uñas, y me senté a la mesa. Le miré su cara de muñeca desaliñada y sus manos de trapo, temblorosas al servir. <<No se te ocurre comer hasta que no venga tu padre>>, me riñó miedosa al ver llevarme una cucharada de sopa a la boca. Miré por la ventana y continué comiendo.




Concha Terciado del Hoyo. "Relatos en cadena". 2008, Alfaguara.



lunes, 9 de enero de 2017

Josep M. Rodríguez




MARY


Siempre quise escribir una canción,
algo así como Mary vuelve a casa
cansada del trabajo.
Algo así como Mary vuelve a casa.

Siempre quise escribir una canción.
El agua va llenando la bañera,
y Mary está desnuda,
y empieza a acariciarse
mientras suena una música lenta,
parecida a un orgasmo.

Siempre quise escribir una canción.
Y Mary entra en el agua
tratando de olvidarse de otras manos,
del jabón de otras manos
limpiando su deseo.

Siempre quise escribir una canción
que poder escuchar estando a solas.
Mary vuelve cansada del trabajo.
Sus lágrimas se mezclan con el agua.






LAS ESQUINAS


Anochece,
y el sol es una bola de billar
rodando hacia una esquina de lo oscuro.

No es fácil de entender,
pero la realidad esconde siempre
distintas realidades,
más esquinas.

Cierro los ojos. Puedo ver el sol.
La vida es sólo un juego del revés.










LAS NUBES


Miro las nubes,
nubes como de anuncio de dentrífico,
y el sol,
mostrando la arrogancia
de un gran diente de oro.

Es la boca del día,
que mastica mi tiempo de hacer nada
tumbado en esta hamaca
que es ahora la vida.

La sonrisa del cielo son las nubes.
Es verano y no dejo de mirarlas
consciente de que en más de una ocasión,
aunque no lo recuerde,
he dejado escapar tanta belleza.

La sonrisa del cielo son las nubes.
Existe un cementerio en su memoria.






Josep M. Rodríguez. “La lógica de Orfeo (Antología) Luis Antonio de Villena”. 2003, Visor.