Frente al silencio.

Frente al silencio.

jueves, 17 de octubre de 2019

Mircea Cartarescu



Fragmentos:


      ...Como si, al escribir, cada línea que trazo en la página con el bolígrafo se cubriera de moho y cada página que dejo atrás, cubierta con mi escritura, se abarquillara, amarilleara y se retorciera como una hoja seca. Pero yo seguiría escribiendo igualmente cada vez más rápido, para que no me alcancen el desastre y la desgracia.
      ...Como si, al releerme, cada fotón que choca contra mi página, rebota y atraviesa mi retina envejeciera sobre la marcha, se arrugara como un grano de pimienta y, en lugar de luz, brotara de él un polvo sofocante, como el polvillo de las alas de las mariposas muertas, clavadas con un alfiler oxidado en el insectario.
      ...Como si, al comer, la cuchara en la que la sopa gira lentamente, arrastrando en su giro un fideo, se oxidara en el trayecto del plato a la boca, se corroyera y cayera convertida en migajas de óxido sobre la holanda pura del mantel, y solo una bola de sopa, blanda y en continua remodelación, siguiera levitando en el vacío hasta llenarse también ella de gusanos y tijeretas.
      ...Como si, al hacer el amor, los billones de barquitos de papel liberados por mi vientre penetraran en el vientre de mi esposa, en el interior de una geografía desconocida y extraña, atravesaran gargantas terribles, cataratas implacables, naufragaran por las trompas traslúcidas, ardieran al rozar las paredes y fueran atrapados por seres sin ojos hasta que un solo velerito se detuviera en las aguas tranquilas que rodean la abrumadora, redonda fortaleza. Y allí, bajo un cielo de tormenta, esperara la ruina, la ruina total, la ruina ilimitada. No ha quedado ni una piedra de aquella ciudadela ovariana.
      ...Como si los puentes se derrumbaran a mi paso.
      ...Como si las estrellas explotaran después de caer dormido.
      ...Como si mi memoria fuera un osario.
      ...Como si nuestra mente fuera una campana resquebrajada.

***


      Abandoné la prosa y, en el bochornoso verano siguiente, abrumado por la soledad como nunca antes, sin dinero para poder salir, sin amigos con los que quedar, empecé a dar unos paseos diarios, rituales, para rebajar mi angustia hasta unos límites soportables; en cierto modo, hacía lo mismo que los granes obsesos, que a veces salen a los espacios y describen círculos amplios durante horas muertas. Solo entonces tomé conciencia del hecho de que no conocía la ciudad, de que Bucarest era para mí (y eso seguiría siendo) solo lo que veía en aquellos sueños límpidos y raros, en los que a veces me elevaba en el aire hasta la hilera más alta de las ventanas de algún edificio imponente y aislado y contemplaba el interior lleno de dactilógrafas verdosas. Terminaba la educación secundaria en la escuela 28, junto al Circo Estatal, y todavía no había estado en el centro de la ciudad. Todo mi mundo era el de mi madre, una mujer sencilla, procedente del campo, que había fijado su radio de acción entre Obor y Dorobanti, con una ramificación en Floreasca, una zona delimitada por los tres cines que frecuentábamos: Volga, Melodia y Floreasca. Rara vez salía de allí y cuando lo hacía me invadía un sentimiento de extrañeza, de inseguridad metafísica, como si hubiera descendido a otro territorio.
***



      Siempre, cuando en el período irreal de las fiestas navideñas me levanto muy temprano y las ventanas están completamente heladas, y a través de su cristal deformado la nieve oblicua cae con saña, y yo estoy inquieto en la cocina con la luz encendida en algún sitio de las profundidades de la casa suena un despertador tengo la misma visión de lector maleado. Mientras bebo el café ardiente, sueño con el Libro. Más descabellado que Cien años de soledad, más profundo que El castillo, más infinito que En busca del tiempo perdido. Imagino un gran equipo de escritores trabajando durante varias generaciones en un solo libro que se pueda leer desde la infancia, cuando empiezas a distinguir las letras, hasta el lecho de muerte, cuando ya no las distingues. Un libro que reemplace tu vida, pero sin los momentos, los días, los meses, los años monótonos de la vida. En la adolescencia, acurrucado en la cama, solía leer algunas veces desde la mañana hasta la noche, se me olvidaba comer y casi respirar porque las páginas que de hecho, casi no veía describían a gente de verdad, nubes de verdad, ciudades de verdad, pero cuando levantaba los ojos, no veía más que sombras desoladoras. Me daba cuenta de que anochecía solo cuando las páginas se volvían rojas como el fuego antes de tornarse cenicientas.
      El drama de mi vida empezó después, cuando en vez de Libro me vi obligado a vivir la realidad. Me temo que de ahora en adelante nadie va a vivir en los libros, tal y como han hecho mi generación y las precedentes. Y que la utopía de la lectura quedará ahí, en una colina lejana, como un gran laberinto en ruinas.



Mircea Cartarescu. “El ojo castaño de nuestro amor”. Impedimenta, 2016.



viernes, 4 de octubre de 2019

Letitia Ilea




POEMA PARA LOS AMIGOS

mis amigos se han hecho mayores
otra generación hace literatura ahora
ellos tienen hijos y llevan corbata
tienen un leve principio de barriga no están tristes
inspiran expiran ostentosamente tienen buen color
ya no se cuelan llevas bolsas pesadas
hablan alto escuchan el parte meteorológico
tienen muchos conocidos ya no escriben poemas
cuando están solos miran la televisión
cuando tienden la ropa entrevén el cielo

ellas han dejado de fumar y van meticulosamente maquilladas
son mujeres sin complejos no sufren de insomnio
quedamos a veces y me proponen seguir su ejemplo
ver cómo se han convertido sus buhardillas en pisos
me tratan como si fuera una cámara para filmar

mientras tanto yo invento nuevas bocanadas de humo
con los ojos cerrados reparto los números ganadores
escucho jazz llevo zapatillas por la calle
escribo cartas y espero





SOBRE PÉRDIDAS Y GANANCIAS

aquí se necesita método
qué se tiene que colocar a la izquierda qué a la derecha
quién tiene el valor de contar las bolitas rojas y negras
es bien sabido que las rojas se convierten con facilidad en negras
y a causa de las negras a menudo te sale sangre de la nariz
y qué si vuelvo a pensar en pérdidas y ganancias
el cerezo sigue viejo y seco
las patas de gallo de los ojos ya no se van al lavarse
he perdido he ganado no he hecho balance
ahora soy tan solo el tejado de una casa
en la que no sabré nunca qué hay
no voy a poner orden no voy a abrir las ventanas
no voy a regar las plantas
a veces miro dentro a escondidas
ante mí se abren mil caminos
por los que ya no puedo ir
veo mil países que no voy a poder recorrer nunca
escucho cantidad de voces hablando lenguas
en las que yo ni tan siquiera sé decir “sí” o “no”
en las que las palabras “pérdidas” y “ganancias”
significan lo mismo




QUÉ QUEDARÁ

y después de haberlo dicho todo
qué quedará
después de haber masticado todos los recuerdos
dónde nos esconderemos
después de haber llorado todas las lágrimas
cuánto más tendremos que caminar

lo he dicho todo y aún quedaría
he recordado cada momento y he olvidado bastante
he llorado lo que tenía que llorar
y las lágrimas de ahora no son mías

estamos aquí cara a cara
como dos fotografías mal reveladas
por el objetivo la imagen tenía profundidad contraste
los rostros tenían los contornos claros
ahora vemos solo el humo no el fuego
solo las piedras duras no el agua corriendo

podremos todavía decir recordar algo
por este camino ya no pasa nadie






LAS COSAS QUE TEMO

si escribo sobre las cosas que temo
éstas no van a palidecer
si cuento el sueño
en el que ya no alcanzo a papá
va a resultar que nosotros dos
nunca hemos sabido mucho
el uno del otro
un poema sobre el temor
que ya no voy a escribir jamás
es muy probable que sea un poema malo
las cosas que temo sobre las que escribo
no son enfermedades vencidas sino enfermedades sin remedio
blandos espejos de los que
ya no puedo apartar la mirada




DE ANTES

unos paquetes de libros
salvados del traslado
el viejo perro de peluche libretas del colegio
la mochila roja
ruidos secos por entonces vivía papá
qué más podría decir
por el humo del cigarrillo aquel fuego
hemos enterrado el ascua y nos hemos ido
cada uno por su lado
en el aire todavía persistían poemas casi materiales
ahora llueve
sobre el mercadillo de antigüedades
que ahora es tu vida




Letitia Ilea. “Sobre pérdidas y ganancias”. 2014, Valparaíso Ediciones.





martes, 1 de octubre de 2019

Miguel Ángel Hernández



Fragmentos:



      ―Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco.

***

      
      Y ahora, cuando por primera vez en mucho tiempo yo había concebido la posibilidad de mirar hacia atrás, Juan Alberto se cruzaba en mi camino. ¿Qué probabilidades había de que eso sucediera aquella precisa tarde? Nunca he creído demasiado en las señales del destino, pero confieso que, mientras contemplaba su coche perderse en la distancia, pasó por mi cabeza la idea ingenua de que alguien o algo lo había puesto delante de mí justo ese día.
Creo que fue en ese momento cuando me convencí de que tenía que escribir ese libro. Y también ese instantes comencé a tomar conciencia de lo que significaría hacerlo, de las heridas que reabriría, del daño que podría causar.
      Hoy, tiempo después, cuando este libro ha comenzado a escribirse y ya no hay vuelta atrás, pienso que si el azar hizo que me encontrase aquel día con Juan Alberto, no fue para convencerme de que esta era la historia que tenía que contar, sino todo lo contrarios: disuadirme, para advertirme de que hay aguas que es mejor no remover, lugares en los que es mejor no entrar, que no todas las historias tienen que ser contadas, que escribiendo no siempre se gana, que a veces también naufragamos ante el dolor de los demás.

***


      Si realmente existieran los viajes en el tiempo, si uno pudiera viajar al pasado, o abrir una ventana por donde verlo todo, supongo que la sensación se parecería mucho a lo que to experimenté esa noche. Porque eso era lo que realmente había sucedido allí: había viajado al pasado y me había visto a mí mismo. Y la observación del pasado transforma el presente. Viajar en el tiempo siempre modifica las cosas. Mi visión de aquellas imágenes había removido algo en mi interior. Algo que aún no sabía muy bien lo que era pero que, por un momento, me hizo experimentar el presente con cierta distancia. Todas las certidumbres de mi mundo se vinieron abajo ante la incertidumbre de mi yo pasado. La culpa, la inquietud, la inseguridad..., todo se apoderó de mí. Yo, que todo lo sabía, que había logrado un entorno confortable donde todo estaba hecho a mi medida, de repente perdí pie. Mi yo de aquel tiempo jamás entendería aquello en lo que me había convertido. ¿Estaba bien lo que pretendía hacer, lo que pretendía escribir? Esas preguntas me las había hecho en alguna ocasión, y aunque me habían obsesionado, nunca me habían llegado a producir ese desasosiego. Pero esa noche vinieron desde un tiempo diferente, se introdujeron en mi cuerpo y ya no supe cómo sacarlas de allí.

***


      Crucé la calle que dividía el cementerio y comencé a bajar hacia la tumba de mi amigo, esperando que ya no hubiese nadie frente a ella. Sin embargo, al llegar a la altura del panteón, observé que sus hermanos seguían allí. Ya era tarde para cambiar de dirección. Y aunque pasé de largo, no pude evitar que me vieran. El menor apenas ladeó la mirada. El mayor sí que me saludó moviendo ligeramente la cabeza. Yo también le hice un gesto con la mía. Y en ese momento todo se me vino abajo. El malestar que había experimentado un año y medio antes, cuando nuestras miradas se cruzaron el día de la romería de la Virgen de la Huerta, regresó con una fuerza inusitada. ¿Qué era lo que estaba haciendo? Allí estaba la familia de mi amigo, ajena a lo que yo escribía, concentrada en un dolor privado que mi libro podría resquebrajar. ¿Cómo me sentiría yo si alguien escribiera sobre mis padres? ¿Hasta qué punto nos pertenecen las vidas de los demás? ¿Quiénes son, en realidad, los demás? ¿Los amigos? ¿La familia? ¿Qué derechos tenemos sobre ellos y sobre su memoria?

***




      Al entrar en el bar, Leo saludó a un chico con el pelo largo al que yo no conocía y estuvo unos minutos hablando con él. Al rato, lo acompañó hasta donde yo estaba y me lo presentó.
      ―¿Te acuerdas que te dije que conocía a alguien que podría echarte una mano con el expediente judicial? Pues aquí lo tienes: Vicente.
      Lo saludé. Me llamó la atención su melena canosa sobre los hombros y su camiseta de Iron Maiden, descolorida y algo raída por los puños. Tenía pinta de cualquier cosa menos de funcionario de Justicia. Había coincidido con Leo en los juzgados de Cartagena, pero hacía tiempo que se habían perdido la pista. También conocía a muchos de los escritores del grupo y me sorprendí cuando dijo que había leído mis novelas.
      ―Es un friki de la literatura dijo Leo. Lo raro es que no os hubieseis conocido antes.
      ―¿También escribes? le pregunté.
      ―No, tío, yo soy un Bartleby. Eso os lo dejo a vosotros. Pero leer... es mi enfermedad. El heavy y la literatura. Satán y Vila-Matas.
      ―Satam Aliv(E) bromeé.
      ―Ahí te he visto bien. Cómo se nota que eres de la secta.
      ―Tal para cual dijo Leo. Os dejo solos.

***


      ¿Podemos recordar con cariño a quien ha cometido el peor de los crímenes? ¿Es legítimo hacerlo después de haber comprendido la parte del otro? ¿Podemos amar sin perdonar? ¿Es posible llevar flores a la tumba de un asesino?
Nunca he sabido qué contestar. El vacío, la zona de sombra, no deja espacio a las palabras; tampoco al pensamiento. Esa mañana, sin embargo, el lenguaje no fue necesario. Miré el ramo de claveles a los pies del panteón y la realidad me ofreció la respuesta.



Miguel Ángel Hernández. "El dolor de los demás". 2018, Anagrama.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Agustín Fernández Mallo





Hay una historia real, además de muy significativa: un hombre regresa a la ciudad abandonada de Prípiat, en Chernóbil, tras haber huido 5 años atrás con el resto de la población, cuando ocurriera la explosión de la Central Nuclear, recorre las calles absolutamente vacías, los edificios en pie y en perfecto estado le van recordando la vida en esa ciudad, no en vano fue uno de los obreros que contribuyó, en la década de los 70, a su construcción, llega a su calle, busca las ventanas de su piso en el conjunto de bloques de edificios, observa las fachadas detenidamente un par de segundos, 7 segundos, 15 segundos, 1 minuto, y dice dirigiéndose a la cámara, No estoy seguro, no estoy seguro de que aquí estuviera mi casa, vuelve a detener la mirada en el bosque de ventanas e insiste, sin ya mirar a cámara, No lo sé, no lo sé, quizá sea ese, o aquel de allí, no lo sé, y este hombre ni llora ni muestra afectación alguna, ni siquiera perplejidad, esta es una historia importante en lo que se refiere a la existencia de parecidos entre cosas

***


Lo que une a las parejas no es el afecto mutuo que se den, ni los planes construidos a medias llevados a buen término, ni compartir una misma vivienda elegida y decorada a medias, ni parir hijos, ni nada de eso que sale en las novelas y películas. Lo que une a las parejas es el sentido del humor. Dos personas, por diferentes que sean, si tienen el mismo sentido del humor sobreviven como pareja.

***


Un día comenzó la monotonía a colarse por algún agujero del Lancia. Poco a poco fuimos dejando de hablar. No por nada, sino porque nada había que decirse, como si los dos fuéramos ya solo uno, uno que se conoce tan bien a sí mismo que el silencio es el estado natural de su relación con las cosas, de tal manera que la mayoría del tiempo lo pasas desapercibido de ti mismo. Coges el teléfono y no hay nadie al otro lado porque eres tú quien está al otro lado.
***



Hoy he pensado que hay dos tipos de objetos. Aquellos que están condenados a perder su contenido, por ejemplo, una lata de Coca-Cola, y aquellos otros en los que una perdida de esa clase supone un accidente, por ejemplo, el disco duro de un ordenador. En los primeros sus códigos de barras tienden a estar tristes. En los segundos, depende del temperamento intrínseco al sistema. Creo que todo este edificio ha perdido su contenido. El cadáver de Agustín, no sé. Miré bien su boca. Concluí que los dientes son su código de barras.
***


Revisando los papeles que dejó escritos Agustín, papeles que hablan de un viaje a Cerdeña con una mujer y de un colosal Proyecto, he hecho un sexto hallazgo, más bien una deducción: Agustín Fernández Mallo nunca ha existido, sin embargo muchos le han rendido culto. Puede que incluso bajo el pseudónimo Agustín Fernández Mallo se esconda un colectivo de autores frustrados, o puede que grandes obras de la literatura sean confeccionadas para, sencillamente, homenajearlo. Pero ¿homenajear a quién? ¿A una persona en concreto? ¿A ese colectivo secreto? ¿O ni a una cosa ni a otra sino a un arquetipo universal, del cual Agustín Fernández Mallo es un ficticio representante? He llegado a saber que muchos famosos libros son meras piezas confeccionadas “a la manera de” Agustín. En mi biblioteca hallé bastantes



Agustín Fernández Mallo. “Nocilla Lab”. 2009, Alfaguara.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

Agustín Fernández Mallo




24.

Anochece. El encargado ya se ha ido. Ernesto, desde su cabina en lo alto de una grúa del puerto Downtown, en el bajo Manhattan, sumerge en el agua un contenedor de carga vacío y sin tapa, un contenedor de los del puerto que ha enganchado a la grúa con unas cintas. Espera unos minutos, mira el horizonte, que hoy está algo quebrado, después le da a la palanca que eleva el contenedor y este emerge lleno de aguas hasta el borde como una piscina sucia. Por las juntas y pequeños agujeros de ese cubo metálico comienzan a salir chorros de agua de la manera en que ocurre en un colador y, al final, en el fondo, quedan boyas pinchadas, trozos de madera, latas vacías, maromas rotas, otras clases de objetos, y los peces. Como en los contenedores de carga y descarga siempre quedan restos de mercancía, los peces acuden a ellos en masa; el trigo es lo que menos les gusta; la carne salada de vacuno, lo que más. Agarra unos cuantos que aún saltan, los mete en una bolsa de deporte Atlanta ´96, y el resto lo devuelve al mar. Cada 2 o 3 días repite esa operación. Ernesto es original de la isla de Kodiak, sur de Alaska. Sus familiares fueron, en 1957, los primeros puertorriqueños que emigraron a territorio alaskeño para trabajar, inicialmente, como pescadores, y más tarde montar un bar de comida puertorriqueña que no tardó en convertirse en una modesta pero rentable cadena circunscrita a ese territorio polar. Como a la edad de 7 años Ernesto ya mostraba gran interés por el dibujo técnico y las construcciones, se decidió que llegado el momento iría a la Universidad de Columbia, Nueva York, a estudiar Arquitectura. Así las cosas, con 17 años Ernesto se trasladó a Manhattan, donde hizo un par de cursos con resultados bastantes buenos, hasta que se cansó y comenzó a trabajar manejando esa grúa en el mismo puerto al que el 17de abril de 1912 llegaron los supervivientes del Titanic a bordo del buque Carpathia. Un trabajo muy bien pagado y considerado como privilegiado en los ambientes portuarios: Continúa apasionándole la arquitectura, pero no como obligación sino por puto entretenimiento. Se aloja en un modesto piso de Brooklyn, así que cada día tiene que cruzar el homónimo puente que conecta Manhattan al Continente. Siempre que lo cruza piensa en el estrecho de Bering. Y en los peces que en la bolsa Atlanta ´96 de vez en cuando avisan de su muerte con 2 o 3 coletazos.



78.

¿Qué es lo más importante que has hecho con tu música?: Lo más importante es lo que dejas en la gente. La gente escribe cartas personales donde explican su relación con la música o con las canciones, cartas donde hablan de un período de su vida, de lo que hacían, de lo que les pasaba; y en ese tiempo salió tal disco, y todas sus vivencias y recuerdos están relacionados con ese disco. Se vuelven como grabaciones caseras de vídeo para la gente, algo que escuchan y que se llevan a la tumba. Eso es sin duda lo más importante, absolutamente, porque es lo que yo también obtuve de la música. La primera vez que escuchas un disco que te impresiona es una sensación que guardas toda la vida, es la experiencia más profunda que hasta tenido nunca.

Entrevista a Thom Yorke, líder y cantante
de Radiohead, el pop después del fin del pop,
Pablo Gil, Ediciones Rockdelux, 2004




El camino del samurái se encuentra en la muerte. Se debe meditar sobre la muerte inevitable, cada día, con el cuerpo y la mente en paz. Se debe pensar en ser despedazado por flechas, lanzas y espadas, en ser arrastrado a rugientes olas, en ser arrojado al corazón del fuego, en ser fulminado por un rayo. Y cada día, sin excepción, uno debe considerarse muerto. El samurái nace para morir. La muerte, pues, no es una maldición a evitar, sino el fin natural de toda vida. Es esta, y no otra, la esencia del camino del samurái.

***


Es bueno ver el mundo como si fuera un sueño. Si tienes una pesadilla, te despiertas y te dices que solo ha sido un sueño. Dicen que el mundo en el que vivimos no es muy distinto a esto.



Agustín Fernández Mallo. “Nocilla Experience”. 2008, Alfaguara.


sábado, 7 de septiembre de 2019

Víctor Peña Dacosta



Reseña:


El amor es un estado de Facebook”. “Abro y cierro la vida en ventanas”. “...esperas la tragedia / para inmortalizar el momento”. “Llegó a donde no se regresa / y volvió porque no tenían piscina / comunitaria”. “Trae de vuelta / la dictadura del proletariado / o el III Reich”. “nadie te va a querer hasta que aprendas / a quererte solo”. “ya nadie consigue decir / camarada sin que le dé la risa”. “Lo fácil que es levantar el puño un rato”. “La vida, al fin y al cabo, no es más que un plato / que, a veces, por suerte, está lleno”. “Quiéreme un poco, España”. “lo que antes / hacía por amor hoy lo hago / por pereza, dinero o costumbre”. “Tal vez el futuro sea yo”.


      Todo esto y más se puede leer en Obsolescencia programada, el reciente poemario de Víctor Peña Dacosta, un extremeño de Plasencia afincado desde hace unos pocos años en Águilas.

      Ironía, confesión, soledad, desgarro, denuncia, paranoia, nihilismo... Hay de todo a lo largo de las cuatro partes en la que se divide esta Obsolescencia programada. Con un lenguaje directo, sencillo, coloquial, mundano, de la calle, huyendo de todo artificio y sobreactuación nos coloca el autor delante de un espejo en el que alcanzamos a ver el mundo que nos rodea, del que formamos parte activa. Mas no se conforma con eso, y nos hace también responsables, compañeros de viaje en la debacle, en este dejarse llevar sin convencimiento, pero sin ganas de oponernos a prácticamente nada. Dame pan y dime guapo, medio parafraseando el dicho popular, me atrevo a decir.
      Porque, quién lo duda, esto somos también.
      Es este un libro que ahonda en la búsqueda de la salvación, y lo hace describiendo al individuo en sociedad. Nos retrata tal y como somos, con nuestra maravilla e idiosincrasia particular como país, así como la decadencia que largamente arrastramos (no solo España). Europa, Occidente, la civilización heredada de griegos y romanos está en descomposición. Una vez más y ya van tres mil años, de caída y al parecer sin ánimo de enmendar la tendencia.
      ¿Tan alta, tan enorme se levantó la Torre de Babel?
      Y cuánto está costando el derribarla del todo.
      No es que hayan muerto los valores, las ideologías, es que la hemeroteca es poderosa, nos la recuerdan casi a diario, la tenemos tan a mano.
      Y es que no hay perfil humano, líder al que confiarse.




      Poema tras poema, Víctor nos cuenta y hace partícipes de la vida, aventuras, peripecias y penas de un protagonista que perfectamente podríamos ser muchos de nosotros, un españolito de la ya casi extinta (o al menos tan en peligro como el lince ibérico, y al parecer sin planes de conservación por parte de las autoridades (in)competentes) clase media.
      Y así estamos, reeditando otro siglo de oro de las letras españolas, aun a costa de que al parecer lo mucho y bueno en el mundo de las artes suele tener como inevitable compañero de viaje unos tiempos de profundas crisis sociales y morales.
      Por suerte nos quedan lo poetas para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos, para dejar constancia de todo esto a través de sus obras. Y he aquí un libro que se lee fácil, prácticamente en una sentada, invita a la relectura y deja su poso. Un libro presente y se sospecha que sin cercana fecha de caducidad. Un libro generacional, podría decirse.
      Disfrutemos pues, de él, de esta Obsolescencia programada.


Víctor Peña Dacosta. “Obsolescencia programada”. 2019, RIL editores.

sábado, 31 de agosto de 2019

Agustín Fernández Mallo



6

En el momento en que sopla el viento del sur, aquel que llega de Arizona y remonta los diferentes desiertos semihabitados y la docena y media de poblados que con los años se han visto sujetos a un éxodo imparable hasta decaer en poco más que en pueblos-esqueleto, en ese momento, los cientos de pares de zapatos que cuelgan del álamo se someten a un movimiento pendular, pero no todos con la misma frecuencia, dado que los cordones por los que están sujetos a las ramas son de una longitud muy diferente en cada uno de ellos. Visto a una cierta distancia es, en efecto, un baile caótico en el cual, pese a todo, se intuyen ciertas reglas. Se dan fuertes golpes los unos contra los otros, y súbitamente cambian de velocidad o trayectoria para finalmente regresar a los puntos atractores, al equilibrio. Lo más parecido a un maremoto de zapatos. Este álamo americano que encontró agua se halla a unos 200km de Carson City y a 218 de Ely; merece la pena llegar hasta él solo para verlos detenidos y a la espera del movimiento. Zapatos de tacón, italianos, chilenos, deportivas de todas las marcas y colores (incluso unas míticas Adidas Surf), aletas de buceo, botas de esquí, botitas de niño o botines de charol. Cualquier viajero puede coger o dejar los que quiera. El árbol es para los habitantes de las cercanías de la US50 la prueba de que hasta en el lugar más remoto del mundo hay vida más allá, no de la muerte, que ya a nadie importa, sino del cuerpo, y de que los objetos, enajenados, por sí mismos valen para algo más que para lo que fueron creados. Bob, el dueño de un pequeño supermercado de Carson City, se para a unos 50 m. De lo más próximo a lo más lejano, enumera lo que ve: primero la llanura muy roja, después el árbol con su alambicada sombra, más allá otra llanura menos roja, decolorada por el polvo, y al final el recorte de las montañas, que le parecen no tener profundidad, planas, como una de aquellas pinturas lacadas de paisajes chinos que había en el restaurante Pekín-Duck, ahora cerrado, frente a la Western Union, piensa. Pero sobre todo, al ver esa superposición de franjas de colores, la imagen que le viene a la mente con más nitidez son los estratos de diferentes colores que forman los productos apilados por capas horizontales en las estanterías de su supermercado. A media altura hay un lote de bolsas de patatas fritas al bacon que traen como obsequio, amarradas con celo, unas latas circulares de galletas de mantequilla danesas; en cada tapa aparece el dibujo de un abeto con bolas de navidad colgando; no lo sabe. Ambos árboles están empezando a combarse.




42

Nuestra preocupación principal es mantener la vaquería, le dice la señora Stevenson al comercial de la funeraria, sentada en la entrada de su granja dotada con 60 vacas, 2 tractores, 2 segadoras y cientos de acres de sembrado, en la que también hace miel, mermeladas y embutidos para consumo propio. Al otro lado, está la antigua fundición de estaño, también de la familia, que ya cuando se hizo era lo suficientemente grande como para saber que quebraría. Sra. Stevenson, como su granja está situada en el centro del Estado, le dice el comercial. Y como solo hay 10 hornos crematorios en todo Nevada, hemos pensado que esa instalación de fundición en desuso sería el lugar ideal para montar nuestro horno. Ella se muestra reticente. ¿Y si le consultamos a su marido? No, la granja es mía y la fundación también, además, él llegará hoy muy tarde del asador. Las negociaciones se alargan. Las ofertas suben. Ella continúa en su negativa. Cansada, le dice, Bueno, señor, tengo que confesarle algo. Y lo lleva hasta la antigua nave de fundición. Le señala, en la pared, la puerta abierta de uno de los hornos con forma de tubo abandonados, en cuyo interior, de entre los hierros, crece un árbol; las ramas se amoldan al techo y paredes del cilindro, y solo unas pocas logran escapar por el tiro de la chimenea. ¿lo ve; ve ahí un árbol? Sí señora, lo veo. Pues ese es el problema: en este horno, un invierno que la nieve nos incomunicó, ya incineramos al abuelo, (había muerto de repente), y por nada del mundo destruiríamos ahora ese árbol.





93

No existe espacio si no existe luz. No es posible pensar el mundo sin pensar la luz (lo dijo Heráclito, lo dijo Einstein, lo dijo el Equipo-A en el capítulo 237, lo dijeron tantos). Y sin embargo dentro de cada cuerpo todo es oscuridad, zonas del Universo a las que la luz jamás tocará, y si lo hace es porque está enfermo o descompuesto. Asusta pensar que existes porque existe en ti esa muerte, esa noche para siempre. Asusta pensar que un PC está más vivo que tú, que adentro es todo luz.




106

No es del todo aconsejable que la cara de la Sábana Santa sea finalmente la de Jesucristo. De ser así, una vez perfectamente escaneada y reconstruida en 3D, el fanatismo religioso, sumado al estético-cirujano, haría que multitud de personas decidieran operarse a fin de tener esa misma cara que es mejor desconocer para que permanezca como un rostro que cambia dentro de cada uno de nuestros rostros y que al mismo tiempo es el mismo rostro. Como un fractal que, en definitiva, se reinventa en la complejidad humana.



Agustín Fernández Mallo. “Nocilla dream” 2008 Candaya.

jueves, 22 de agosto de 2019

Felipe Benítez Reyes





EL EQUIPAJE ABIERTO


De todo comienza a hacer bastante tiempo.

Y en una habitación cerrada
hay un niño que aún juega con cristales y agujas
bajo la mortandad hipnótica de la tarde.

Comienza a hacer de todo muchos años.

Y la noche, sobrecogida de sí misma,
abre ya su navaja de alta estrella
ante la densa rosa carnal de la memoria.

Comienza a ser el tiempo un lugar arrasado
del que vamos cerrando las fronteras
para cumplir las leyes
de esa cosa inexacta que llamamos olvido.

Y llega la propia vida hasta su orilla
como lleva el azar la maleta de un náufrago
a la playa en que alguien la abre con extrañeza
y esa ridiculez de disfraz desamparado
que adquieren los vestidos de la gente al morir.

Lejano y codiciable,
el tiempo es territorio del que sólo
regresa, sin sentido y demente,
el viento sepulcral de la memoria,
devuelto como un eco.

Como devuelve el mar su podredumbre.

Todas nuestras maletas
reflejan la ordenación desvanecida
                                                         de un viaje
que siempre sucede en el pasado.
                                                                Y las abrimos
con la perplejidad de quien se encuentra
una maleta absurda
en esa soledad de centinela
que parecen tener las playas en invierno.





UNA VOZ EN LA MEMORIA


A este cuarto con libros
llega el eco del mar,
su ronco hervor como de buques
náufragos arrastrados en su fondo.
                                                         La demencia
del viento desordena
la ciudad y mi memoria.
                                        Un remolino
de papeles y plásticos
gira en el aire, y gira
la noche desgarrada.

                                  Por las calles
corre un niño que llora,
llevando algo que brilla entre las manos.
Y yo paso las páginas de un libro
mientras el viento silba
turbio por las esquinas,
agitando los goznes, arrastrando basuras,
invadiéndome el cuarto
con su canción de ahogados,
mezcla de grito y tempestad,
de naufragio y lamento,
sonámbulo rumor en la memoria:
un cristal arañado.
                               El vendaval
trae un eco deforme
hasta mi habitación, en tanto suenan
orquestas de difuntos
en los buques hundidos,
                                        y de nuevo
veo al niño correr detrás del viento,
y ese algo que brilla entre sus manos
se apaga lentamente, y me lo ofrece,
y es una luna enferma,
y es un reloj de fuego detenido.
Oigo al viento batir sus negras alas,
retorcerse en los muros, revolcarse
entre vómitos
de niebla, ave rauda de sombra
herida aleteando en el cristal.

Quisiera recordar cómo era el brillo
de aquello que una vez,
corriendo yo también por calles azotadas,
sostuve entre las manos,
hoy que amaso con sombras
la corrupción del tiempo y que en el viento
adivino la voz de la memoria,
su espesa sinrazón, y me detengo
a oír la inútil coz del mar, oscuramente
fundida con la henchida voz del viento,
extrañamente
confundida también con esta voz
susurrada en un cuarto con libros,
donde el mar suena insomne y tembloroso.






LA EDAD DE ORO


Lo que se lleve el tiempo
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria.

Llévese el tiempo todo
lo que quiera llevarse,
porque todo fue suyo desde siempre.

Que desvanezca el tiempo
el oro delincuente del amor
y la imagen hermética de aquello
que llamabas pasado
                                  ―y era apenas
ayer: la fugitiva
edad de no tener
edad para el pasado.

Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en esos viejos cines de posquerra
convertidos
en locales de baile que cerraban
cuando el cielo quería amanecer.

Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con
un vaso aún en la mano
y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos.

Y era la muerta luz que amanecía
la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando
las naves de la eterna juventud.

Pero en su coche fúnebre
el tiempo iba admitiendo pasajeros.

Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna
tuvo la juventud.

Así que arrastre todo, que se lleve
en su vértigo el tiempo la memoria,
                                                         dejando
un vació perfecto en el pasado.

Porque todo recuerdo
se acaba corrompiendo en el presente.
Y este presente ya
de poco va a servirnos.

De poco va a servirnos
el saber que hubo un tiempo en que la vida
valía su peso en oro.

Porque la vida pone
su casa en el pasado.

Y esta casa sombría no parece la nuestra.




Felipe Benítez Reyes. “El equipaje abierto”. 1996, TusQuets Editores