Frente al silencio.

Frente al silencio.

martes, 21 de noviembre de 2017

Martín Lucía




Sólo el aire.
Entre nosotros,
entre el perfil de los vientres,
sólo el aire.
Y así esperamos.
Obvia, mas no olvides,
que es la calle barricada,
que hay dolor en los niños,
que hay lunas con llanto de plomo.
Y deja sólo el aire.
No más que el aire.
Y a la espera el roce,
el gesto,
el tintineo.
Y a la espera tú,
yo,
los cuerpos.






Te miro como quien mira
aquello que su vida lleva esperando.
Y te digo "Amor, ven a mí".
Y te engaño.
Porque el amor es amar ideas,
que no nombres.
Y te digo "Amor, te estaba buscando".
Y te engaño.
Porque el amor no fue buscarte,
sino saber que te necesitaba.
Porque amar es admitir
que siempre sumamos
idéntica sombra,
que el desamor no es el final,
que es sólo el principio.
Uno no ama unos ojos,
ama una mirada.
No ama unas manos,
ama un tacto.
No ama un pecho,
ama una entrega.
Y, aun así,
te miro como quien mira
aquello que la vida
lleva esperando.
Está el aire compuesto
de tu presencia en luz.







No es el dolor de la pérdida.
Confieso.
No es el esquivar calles.
Ni el desaprender besos.
No.
Es aceptar que tus ojos dibujan un nombre,
que tu espalda recibe unas manos,
que tus dedos enmarañan un pelo.
Y que no sean los míos...
aunque yo lo propiciara todo.
Que no es el dolor de la pérdida.
Te digo.






Es idéntica la ciudad.
Su largura de ausencia.
Los niños muertos en flor.
Las madres sin manos.
Idéntica.
Es idéntica la ciudad.
Y yo la atravieso.
Como días atrás.
Pero hoy llevo sal.
Como cuando la caricia
era voraz y prolongada,
hábito involuntario.
Mas hoy no me sueño aire.
Tampoco agua.
Atrás quedó el huracán,
el vergel en el pecho.
Amanece en mí
la cicatriz de mi nombre.
Soy hueso. Carne. Átomo.
Sumatorio de soledad.







Martín Lucía. "El desamor es sólo el principio". 2017, Ediciones En Huida.




jueves, 16 de noviembre de 2017

Fernando Pessoa (II)



Libro del desasosiego de Bernando Soares


Fragmentos:



185


      Como Diógenes a Alejandro, solo he pedido a la vida que no me quitase el sol. He tenido deseos, pero se me ha negado la razón de tenerlos. Lo que he hallado, más valiera haberlo hallado realmente. El sueño (...)
      Vacilo en todo, muchas veces sin saber por qué. Qué de veces busco, como línea recta que me resulta propia, concibiéndola mentalmente como línea recta ideal, la distancia menos corta entre dos puntos. Nunca he tenido el arte de estar vivo activamente. He equivocado siempre los gestos en los que nadie se equivoca; lo que los demás nacieron para hacer, me he esforzado siempre en no dejar de hacerlo. Deseo siempre conseguir lo que los demás han conseguido casi sin desearlo. Entre mí y la vida ha habido siempre cristales oscuros: no he sabido de ellos por la vista, ni por el tacto; no he vivido esa vida o ese plan, he sido el devaneo de lo que he querido ser, mi sueño empezó en mi voluntad, mi propósito ha sido siempre la primera ficción del que nunca he sido.
      Nunca he sabido si era excesiva mi sensibilidad para mi inteligencia o mi inteligencia para mi sensibilidad. He retraído siempre, no sé a cual, tal vez a ambas, o una u otra, o fue la tercera la que se retrajo.





194

      Me busco y no me encuentro. Pertenezco a horas crisantemos, nítidas en una distancia de jarros. Debo hacer de mi alma una cosa decorativa.
      No sé qué detalles excesivamente /pomposos/ y escogidos definen la hechura de mi espíritu. Mi amor a lo ornamental existe, sin duda, porque siento en él algo idéntico a la substancia de mi alma.





265

      Una de las grandes tragedias de mi vida aunque de esas tragedias que suceden en la sombra y en el subterfugio es la de no poder sentir nada naturalmente. Soy capaz de amar y odiar, como todos, de, como todos, desconfiar y entusiasmarme; pero ni mi amor, ni mi odio, ni mi recelo, ni mi entusiasmo son exactamente esas cosas que son. O les falta algún elemento o les sobra alguno. La verdad es que son cualquier otra cosa, y lo que siento no se ajusta a la vida.
      En los espíritus llamados calculadores y la palabra está muy bien traída, los sentimientos sufren la delimitación del cálculo, del escrúpulo egoísta, y parecen otros. En los espíritus llamados propiamente escrupulosos, se nota la misma dislocación de los instintos naturales. En mí se nota la misma perturbación de la conveniencia del sentimiento, pero no soy calculador, ni soy escrupuloso. No tengo disculpa para sentir mal. Por instinto, desnaturalizo los instintos. Sin querer, quiero equivocadamente.





449

MANERA DE BIEN SOÑAR


      ―Aplázalo todo. Nunca se debe hacer hoy lo que también se puede dejar de hacer mañana
      Ni siquiera es necesario que se haga algo, mañana u hoy.
      ―Nunca pienses en lo que vas a hacer. No lo hagas.
      ―Vive tu vida. No seas vivido por ella.
      En la verdad y en el error, en el gozo y en el malestar, sé tu propio ser. Solo podrás hacer eso soñando, porque tu vida-real, tu vida humana es aquella que no es tuya, sino de los demás. Así, substituirás el sueño a la vida y te cuidarás tan solo de soñar con perfección. En todos tus actos de la vida-real, desde el nacer hasta el de morir, tú no actúas: eres actuado; tú no vives: eres vivido tan solo.
      Vuélvete para los demás una esfinge absurda. Enciérrate, pero sin dar un portazo, en tu torre de marfil. Y tu torre de marfil eres tú mismo.
      Y si alguien te dice que esto es falso y absurdo, no lo creas. Pero tampoco creas en lo que yo te digo, porque no se debe creer en nada.
      ...
      ―Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso.






APÉNDICE

3

PERISTILO


      A las horas en que el paisaje es una aureola de vida, y el sueño es tan solo soñarse, yo he construido, oh amor mío, en el silencio del desasosiego, este libro extraño con portones abiertos al fin de una alameda en una casa abandonada.
      He cogido para escribirlo el alma de todas las flores, y con los momentos efímeros de todos los cantos de todas las aves he tejido eternidad e inercia. Tejedora (...), me he sentado a la ventana de mi vida y he olvidado que vivía y era, tejiendo mortajas para amortajar mi tedio en los manteles de lino casto hechos para los altares de mi silencio, (...)
      Y yo te ofrezco este libro porque sé que es bello e inútil. Nada enseña, nada hace creer, nada hace sentir. Regato que corre hacia un abismo-ceniza que el viento esparce y ni fecunda ni es dañina,
      ―he puesto toda mi alma al hacerlo, pero no he pensado en él mientras lo hacía, sino solo en mí, que soy triste, y en ti, que no eres nadie.
      Y porque este libro es absurdo, yo lo amo; porque es inútil, yo quiero darlo; y porque de nada sirve quiero dártelo, yo te lo doy...
      Reza por mí al leerlo, bendíceme por amarlo y olvídalo como el sol de hoy al sol de ayer (como yo olvido a las mujeres de los sueños que nunca he sabido soñar).
      Torre del Silencio de mis ansias, ¡que este libro sea el claro de luna que te hizo otra en la noche del Misterio Antiguo!
      Río de imperfección dolorida, que este libro sea el barco dejado ir por tus aguas abajo para acabar en un mar que se sueñe.
      Paisaje de la Enajenación y del Abandono, que este libro sea tuyo como tu Hora, y se ilimite de ti como de la hora de la púrpura falsa.





Fernando Pessoa. "Libro del desasosiego".1998, Planeta.


martes, 14 de noviembre de 2017

Fernando Pessoa (I)



Libro del desasosiego de Bernando Soares


Fragmentos:



26

      Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado de alma un alma.




85

      Le he pedido tan poco a la vida, y ese mismo poco la vida me lo ha negado. Un haz de parte del sol, un campo [...], un poco de sosiego con un poco de pan, no pesarme mucho el conocer que existo, y no exigir nada de los demás ni exigir ellos nada de mí. Esto mismo me ha sido negado, como quien niega la sombra no por falta de buenos sentimientos, sino para no tener que desabrocharse la chaqueta [...]
      Escribo, triste, en mi cuarto tranquilo, solo como siempre he estado, solo como siempre estaré. Y pienso si mi voz, aparentemente tan poco cosa, no encarna la substancia de millares de voces, el hambre de decirse de millares de vidas, la paciencia de millones de almas sumisas como la mía, en el destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin resquicios. En estos momentos, mi corazón late más alto debido a mi conciencia de él. Vivo más porque vivo mayor. Siento en mi persona una fuerza religiosa, una especie de oración, una semejanza de clamor. Pero la reacción contra mí me baja de la inteligencia... Me veo en el cuarto piso alto de la Calle de los Doradores, me siento como un sueño; miro, sobre el papel medio escrito, la vida vana sin belleza y el cigarro barato [...] sobre el secante viejo. ¡Aquí yo, en este cuarto piso, interpelando a la vida! haciendo prosa [...]




97

      Desde la terraza del café miro trémulamente hacia la vida. Poco veo de ella el bullicio en esta concentración suya en esta plazuela nítida y mía. Un marasmo como un tropiezo de borrachera me elucida el alma de cosas. Transcurre fuera de mí en los pasos de los que pasan [...] la vida evidente y unánime.
      En este momento, los sentidos se me han paralizado y todo me parece otra cosa: mis sensaciones un error confuso y lúcido, abro las alas pero no me muevo, como un /cóndor/ ficticio.
      Hombre de ideales que soy, ¿quién sabe si mi mayor aspiración no es realmente no pasar de ocupar este lugar a esta mesa de este café?
      Todo es vano, como remover cenizas, vago como el momento en que todavía no es alborada.
      ¡Y la luz brota tan serenamente y perfectamente en las cosas, las dora tan de realidad sonriente y triste! Todo el misterio del mundo baja hasta delante de mis ojos a esculpirse en trivialidad y calle!
      ¡Ah, de qué manera las cosas cotidianas rozan misterios para nosotros! ¡De qué manera en la superficie, que la luz toca, de esta vida compleja de tan humana, la Hora, sonrisa incierta, sube a los labios del Misterio! ¡Qué moderno suena todo esto! ¡Y, en el fondo,es tan antiguo, tan oculto, tan teniendo otro sentido que el que luce en todo esto!






167

      Dicen que el tedio es una enfermedad de inertes, o que ataca solo a quienes nada tienen que hacer. Esa enfermedad del alma es sin embargo más sutil: ataca a quienes tienen disposición para ella, y perdona menos a los que trabajan, o fingen trabajar (lo que para el caso es lo mismo) que a los inertes de verdad.
      Nada hay peor que el contraste entre el esplendor natural de la vida interior, con sus Indias naturales y sus países desconocidos, y la sordidez, aunque en realidad no sea sórdida, de la rutina de la vida. El tedio pesa más cuando no tiene la disculpa de la inercia. El tedio de los grandes esforzados es el peor de todos.
      No es el tedio de la enfermedad del aburrimiento de no tener nada que hacer, sino la enfermedad mayor de sentirse que no vale la pena hacer nada. Y, siendo así, cuanto más hay que hacer, más tedio hay que sentir.
      ¡Cuántas veces levanto del libro en que estoy escribiendo y en el que trabajo la cabeza vacía de todo el mundo! Más me valdría encontrarme inerte, sin hacer nada, sin tener que hacer nada, porque ese tedio, aunque real, por lo menos lo disfrutaría. En mi tedio presente no hay reposo, ni nobleza, ni bienestar en el que haya un malestar: hay un apagamiento enorme de todos los gestos hechos, no un cansancio virtual de los gestos por no hacer.



Fernando Pessoa. "Libro del desasosiego".1998, Planeta.



domingo, 12 de noviembre de 2017

Josep M. Rodríguez




TUMBA ABIERTA DE UN NIÑO


Despiertas
                  y estás dentro de un alud,
sepultado en su luz blanca, de nieve.

Ficticia sensación de empezar algo de nuevo,
como un cuentakilómetros
que da toda la vuelta.

¿Y tu niñez,
su fábula de fuentes?

Cada día que pasa, los objetos
van ganando más peso o densidad.
El tiempo. La memoria.
Los buitres, que construyen
en tus ojos
                  su nido.

Ficticia sensación de estar echando tierra
sobre el féretro de alguien que no ha muerto.

Poesía,
sangre seca.





A ESTE LADO DEL RÍO


Crecen flores silvestres
en las vías de tren abandonadas.

Se percibe el pasado a cada instante.

En bandada,
                     los ánades salvajes
vuelan hacia el verano

(o acaso son el hilo de esa gran marioneta
que no adivino a ver,
pero que es mi futuro).

Acuérdate de Bishop:
en el tiempo se puede confiar.

Sin embargo, no estaba preparado
para el comienzo
de la monotonía.

Toda mi confianza, inherente a ser joven,
era de hielo

y pronto se deshizo.

Me reconozco en lo que está incompleto.

¿Qué más puedo decir?

Mi corazón
es una cuenta atrás.







JARDÍN

Después de la tormenta,
las hojas que han caído alrededor del árbol
empiezan a pudrirse.

Gotean los rosales:
son un cuadro de Pollock
queriendo deshacerse.

Mi madre me contó
que la primera vez que vi la lluvia
empecé a llorar,
como si por entonces ya entendiera
que en la belleza hay algo doloroso.

Es invierno. Y hay una bruma leve,
fría,
como un velo de novia en la mesa de autopsias.

Dime,
¿qué crees tener ya que no hayas perdido?






Josep M. Rodríguez. "Sangre seca". 2017, Hiperión.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Ray Bradbury



AGOSTO 2001


Los colonos



Los hombres de la Tierra llegaron a Marte.
      Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, Iowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla revuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.
      No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.








Ray Bradbury. "Crónicas marcianas". 2008, Minotauro.



sábado, 4 de noviembre de 2017

Gabriela Amorós Seller (II)



JARDÍN DE VIDRIO


ten en cuenta que la luz se espina
si no la comprendemos
hay que no podarle los cuerpos,
jardín de vidrio,
y tú lo has entendido al fin.

ahora el alma cristaliza en tu boca
al decir "te esperaré del todo"
porque del todo es esperarme
a la salida de tu espuma,
"te esperaré del todo" dices
y una gota de pie sobre tu memoria
te abre la vida
del todo

qué vas a hacer ahora si tienes el alma
en la boca
como una piedra expectante,
a quién besarás ahora
sin herir de eternidad.






UN FUEGO


esta ardiente repetición
que son las amapolas,
esta forma suya de recoger la sangre
si todo es azul o verde
o impasible
y la lluvia es de un mármol rojo
que no es exactamente el suyo,
esta tendencia que tienen de flores
cuando son labios flojos de tender eso
que sabemos anhelo
es porque el amor se abre paso
a fuerza de no tener razones

más que un fuego.







NOSOTROS LAS OLAS


salen de la nada
salen siguiéndose
salen como si tuvieran
la visión más urgente
de la soledad
y supieran dónde terminar
para encontrarla
de tan hermosa
de tan perdida su soledad
la buscan
alineadas
tan lejos siempre de sí mismas

entonces
se enamoran pecho arriba
suben sus cuerpos
tiembla el lenguaje de deseo
en sus bocas borrosas
repica,
son las ruinas en fuga
que el cielo fabrica
para hacer más consistente
nuestra nostalgia infinita

y yo llevo aprendiéndome en ellas
desde siempre desde niña.
las conozco bien
las busco
las reclamo
me las abro en el corazón
cada noche,
que tengo el alma de una grieta
entre el pecho
las conozco bien,
recordadlo.

pero sabed que hay un instante en que ellas
olvidan
olvidan los fríos amores
y ensanchan sus pulmones rendidos
para decir:
esta vez moriré mejor
esta vez naceré mejor
esta vez moriré mejor.
las olas,
que a punto de romper en la orilla,
a solas con su soledad

se ponen a jugar
a la vida.





Gabriela Amorós Seller. "El estuario rojo". 2017, Izana editores.





miércoles, 1 de noviembre de 2017

Gabriela Amorós Seller (I)




GUERRA SUPREMA


tenía lados de mí a solas con la transparencia
y fui tejiéndoles unas paredes.

comenzó a saltarme al espíritu
infinito fósil
en pequeños fragmentos
con el que a su vez mi espíritu
se empeñó en construirme otros ojos.
así hemos trabajado ambos, sin vernos,
él cegado sacando destellos
fuera del rayo
yo mirando hacia arriba desde arriba
cayéndome solo hacia el vértigo
él teniendo en un solo día que robar luz
a todos los tiempos
yo con los ojos antiguos
dentro de otros ojos que no cierro.
entonces le hablé de defender una sola palabra
y acabar con todo esto.

¿dónde confluye el alma y la materia
más que en el hombre?






MI MESA

aprendo a colocar la eternidad
entre los cuencos
mi alimento luminoso
inefable, redondo,
coloco el pulmón del pan
la llave de otra tierra
criaturas recientes, pequeñas.
esta es mi mesa,
que toda mi comida es de no tener miedo
de no tener nada.

entre el triste vaivén del polvo
vive la expresión del universo.
resplandece en el agua salvaje
como el pájaro

abierto de mi soledad.








LOS PÁJAROS


los pájaros mueren secretamente escritos

ellos dicen que la eternidad
es cualquier ramita o cosa
de sus casas
que levantan o colocan
como si le fuera a dar un vuelco al infinito

y el infinito estuviera resuelto con restos
de ojos pequeños
de alas y de perder el miedo

ellos dicen que son fábricas
de respirar
que van haciendo pulmones
y a la luz le salen espinas
de tantos picos
y suben todo el amor
y agrietan
la noche
porque tienen que sanar

(cómo duele el horozonte entre las plumas)

y vienen y van con los estambres
del alma heridos
de tener que irse dejándolo todo
solo hermoso

los pájaros mueren secretamente escritos.
acuérdate, mi libertad
de no firmar nunca.




Gabriela Amorós Seller. "El estuario rojo". 2017, Izana editores.





lunes, 30 de octubre de 2017

Jorge Luis Borges



Valéry como símbolo



Aproximar el nombre de Whitman al de Paul Valéry es, a primera vista, una operación arbitraria y (lo que es peor) inepta. Valéry es símbolo de infinitas destrezas pero asimismo de infinitos escrúpulos; Whitman, de una casi incoherente pero titánica vocación de felicidad; Valéry ilustremente personifica los laberintos del espíritu: Whitman, las interjecciones del cuerpo. Valéry es símbolo de Europa y de su delicado crepúsculo; Whitman, de la mañana en América. El orbe entero de la literatura parece no admitir dos aplicaciones más antagónicas de la palabra poeta. Un hecho, sin embargo, los une: la obra de los dos es menos preciosa como poesía que como signo de un poeta ejemplar, creado por esa obra. Así, el poeta inglés Lascelles Abercrombie pudo alabar a Whitman por haber creado <<de la riqueza de su noble experiencia, esa figura vívida y personal que es una de las pocas cosas realmente grandes de la poesía de nuestro tiempo: la figura de él mismo>>. El dictamen es vago y superlativo, pero tiene la singular virtud de no identificar a Whitman, hombre de letras y devoto de Tennyson, con Whitman, héroe semidivino de Leaves of Grass. La distinción es válida; Whitman redactó sus rapsodias en función de un yo imaginario, formado parcialmente de él mismo, parcialmente de cada uno de sus lectores. De ahí las divergencias que han exasperado a la crítica; de ahí la costumbre de fechar sus poemas en territorios que jamás conoció; de ahí que, en tal página de su obra, naciera en los estados del Sur, y en tal otra (también en la realidad) en Long Island.
      Uno de los propósitos de las composiciones de Whitman es definir a un hombre posible Walt Whitman de ilimitada y negligente felicidad; no menos hiperbólico, no menos ilusorio, es el hombre que definen las composiciones de Valéry. Este no magnifica, como aquel, las capacidades humanas de filantropía, de fervor y de dicha; magnifica las virtudes mentales. Valéy ha creado a Edmond Teste; ese personaje sería uno de los mitos de nuestro siglo si todos, íntimamente, no lo juzgáramos un mero Doppelgänger de Valéry. Para nosotros, Valéry es Edmond Teste. Es decir, Valéry es una derivación del Chevalier Dupin de Edgar Allan Poe y del inconcebible Dios de los teólogos. Lo cual, verosímilmente, no es cierto.
      Yeats, Rilke y Eliot han escrito versos más memorables que los de Valéry; Joyce y Stefan George han ejecutado modificaciones más profundas en su instrumento (quizá el francés es menos modificable que el inglés y que el alemán), pero detrás de la obra de esos eminentes artífices no hay una personalidad comparable a la de Valéry. La circunstancia de que esa personalidad sea, de algún modo, una proyección de la obra, no disminuye el hecho. Proponer a los hombres la lucidez en una era bajamente romántica, en la era melancólica del nazismo y del materialismo dialéctico, de los augures de la secta de Freud y de los comerciantes del surréalisme, tal es la benemérita misión que desempeñó (que sigue desempeñando) Valéry.
      Paul Valéry nos deja, al morir, el símbolo de un hombre infinitamente sensible a todo hecho y para el cual todo hecho es un estímulo que puede suscitar una infinita serie de pensamientos. De un hombre que trasciende los rasgos diferenciales del yo y de quien podemos decir, como William Hazlitt de Shakespeare: He is nothing in himself. De un hombre cuyos admirables textos no agotan, ni siquiera definen, sus omnímodas posibilidades. De un hombre que, en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden.

Buenos Aires, 1945







Jorge Luis Borges. "Otras inquisiciones". 1997, Alianza Editorial.




domingo, 22 de octubre de 2017

Pedro Andreu




Postal de habitación al vértigo



Abro, cariño ahora que no estás,
con trabajo y dolor la puerta de la calle.
Me tambaleo imbécil por el living
hasta dar con mi cuarto registrado
por secuaces a sueldo del amor.
Sorteo a duras penas
la ropa y los zapatos que hay tirados,
los jirones de frases
donde todavía me habitas,
restos de pizza que me cené anoche
y tres o cuatro vasos de gin tonic.
Llego luego a la cama y me desvelo.
Trato de hacer dos versos y no puedo.
Vomito sobre el piso alcohol y anfetaminas.
Me cago en este mundo: sin palabras,
sin fuerzas que hagan frente a mi mal fario.
Duermo vestido cuando la luz del día
se acerca a susurrarme pesadillas
mientras el barrio huele a cafeteras
y la ciudad entera a ojeras mal pagadas,
a trabajos de mierda y a tristeza.
Sueño que aún no te has ido,
que no te escribo cartas
desde esta habitación abierta
al vértigo y la nada de nosotros.





Rencuentro en el Bar Central


Fue en una cafetería, lo recuerdo.
Siete meses sin ti
me han dejado baldado, pensé.
Pero dije en cambio cualquier cosa,
no sé, por ejemplo: ¿Quieres fumar?
Estabas como un pájaro.
Mojada y frágil como un gorrión caído
en la mesa, mordiéndote las uñas,
prácticamente igual que cuando nos conocimos
siete años atrás. Y sin embargo soltaste
tú también alguna estupidez del tipo:
Prefiero Camel; el Lucky no me gusta.
Fue en una cafetería. Lo recuerdo
con nitidez de cortometraje.
Hablamos media hora,
cada cual en su idioma,
sin llegar a entendernos.
Y al final te llevé sin palabras a casa.
Ya nunca pienso en ti, mentiste.
Yo tampoco, te dije, y me sentí tan falso.
E hicimos el amor. Con torpeza y nostalgia.
Nos despedimos fríos. Llegué tarde al trabajo.
Ni tú ni yo parecíamos los mismos. Apenas
rastro quedaba de nuestros años juntos.
Lo recuerdo muy bien. Te vi más flaca.
Y tú advertiste mis ojeras, mi pelo sucio,
la línea de tu vida desborrada en mis manos.
Te llamaré, afirmé. Pero ni yo llamé
ni tú esperaste inquieta a que sonara
mi voz en tu teléfono.








Explicación de la inercia


Estoy hablando del peso de los cuerpos.
De esa inercia del hambre
de hombres y mujeres
que sólo sacia el sexo.
Te hablo simplemente
de algo constatable en la experiencia:
de cierta propensión de la materia
a no estar sola.
Te hablo de esa ley miserable, esa condena
que es buscar en los cuerpos
lo que no pueden darnos.
Estoy hablando de la inercia
que desnuda las pieles, desabrocha botones,
tirita hasta dejarnos el corazón en cueros.
La inercia de los zurdos y los diestros
a amar como amputados.

Te hablo de la vida, de lo poco que sé,
y no he aprendido, de ella:
que es una caprichosa
que juega a desnudarte
para dejarte a medias.






Pedro Andreu. "El frío". 2010, Sloper.


viernes, 20 de octubre de 2017

Truman Capote




EL SEÑOR JONES



      En el invierno de 1945 viví varios meses en una pensión de Brooklyn. No era un lugar sucio, sino una casa agradablemente amueblada, de vieja piedra arenisca, mantenida con una limpieza de hospital por sus dueñas, dos hermanas solteras.
      El señor Jones vivía en la habitación contigua a la mía. Mi cuarto era el más pequeño de la casa y el suyo el más amplio, una hermosa habitación soleada, lo que estaba muy bien, porque el señor Jones jamás salía de ella: todo lo que necesitaba, la comida, la compra, el lavado de ropa, era atendido por las maduras patronas. Además, no le faltaban visitas; por lo general, una media docena de personas diferentes, hombres y mujeres, jóvenes, viejas, de mediana edad, frecuentaban diariamente su habitación desde por la mañana temprano hasta últimas horas de la tarde. No era traficante de drogas ni adivino; no, iban simplemente a hablar con él y, por lo visto, le daban pequeñas sumas de dinero a cambio de su conservación y consejo. De no ser así, carecía de medios aparentes de subsistencia.
      Nunca tuve ocasión de hablar con el señor Jones, circunstancia que desde entonces he lamentado a menudo. Era un hombre guapo, de unos cuarenta años. Esbelto, de pelo negro y rostro distinguido: cara pálida y descarnada, pómulos salientes y un pequeño antojo en la mejilla izquierda, una mancha carmesí en forma de estrella. Llevaba gafas con montura de oro y cristales ahumados: era ciego, y también inválidos; según las hermanas, el uso de las piernas le fue arrebatado por un accidente de la infancia, y no podía desplazarse sin muletas. Siempre iba vestido con un traje de tres piezas gris oscuro o azul, muy bien planchado y una corbata discreta: como si estuviera a punto de salir para una oficina de Wall Street.
      Sin embargo, como digo, nunca abandonaba sus dominios. Simplemente se quedaba en su alegre habitación, sentado en una cómoda butaca, y recibía visitas. Yo no tenía idea de por qué iban a verlo aquellas personas de aspecto más bien ordinario, ni de qué hablaban, y estaba demasiado preocupado con mis propios asuntos como para sentir mucha curiosidad. Cuando pensaba en ello, me figuraba que sus amigos habían encontrado en él a un hombre inteligente y amable, que sabía escuchar y a quien se confiaban y consultaban sus problemas: una mezcla entre sacerdote y terapeuta.
      El señor Jones tenía teléfono. Era el único inquilino con línea particular. Sonaba constantemente, a menudo después de medianoche y a horas muy tempranas, como las seis de la mañana.
      Me mudé a Manhattan. Algunos meses después volví a la pensión para recoger una caja de libros que dejé allí guardados. Mientras las patronas me ofrecían té y pastas en su <<salón>> de cortinas de encaje, pregunté por el señor Jones.
      Las dos bajaron los ojos. Carraspeando, una de ellas dijo:
       ―Eso está en manos de la policía.
      La otra explicó:
      ―Hemos dado parte de él como persona desaparecida.
      La primera añadió:
      ―El mes pasado, hace veintiséis días, mi hermana subió el desayuno al señor Jones, como de costumbre. No estaba. Todas sus pertenencias seguían allí. Pero él se había marchado.
     ―Qué raro.
     ―...que un hombre totalmente ciego, un inválido paralítico...
      Pasan diez años.
      Ahora es una tarde de diciembre, hay quince grados bajo cero, y estoy en Moscú. Viajo en un vagón del metro. Sólo hay otros pocos pasajeros. Uno de ellos es un hombre sentado frente a mí, que lleva botas, un abrigo grueso y largo y un gorro de piel de estilo ruso. Tiene ojos brillantes y azules, como de pavo real.
      Tras un momento de duda, lo miro embobado porque aun sin las gafas oscuras no hay equivocación posible ante ese rostro distinguido y descarnado, con sus pómulos salientes y el antojo carmesí en forma de estrella.
      Me dispongo a cruzar el pasillo y hablarle cuando el tren llega a una estación, y el señor Jones, sobre un par de espléndidas y robustas piernas, se levanta y sale del vagón. Rápidamente, la puerta se cierra tras él.










Truman Capote. “Música para camaleones”. 1988, Editorial Anagrama.