Frente al silencio.

Frente al silencio.

martes, 19 de septiembre de 2017

Iván Rojo



Grandes lagos



LOS SUEÑOS


La primera noche
que el cosmonauta ruso
Alexey Solovióv
durmió en el espacio
soñó con las praderas verdes
que rodeaban la casa de sus padres
en Siberia
y también con las teselas
azules como el mar
de los pasillos abovedados
del metro de Novosibirsk.
Cómo relucían
el día de la inauguración,
en septiembre de 1987,
cuando él tenía nueve años.






SUVENIR

Y de pronto
la noche se hizo
rodaja de naranja azul:
refrescante, dulce e imposible.

Tu saliva en mi boca.
Eso me traje de aquel viaje.
No sé qué estarías bebiendo,
pero no lo encuentro en estos bares.







SÉPTIMA NOCHE, 4 A.M.


En la ventana de la trescientos tres.
El letrero luminoso vertical
brilla a mi izquierda:

H

T
E
 L

Echo de menos esa O.
El círculo. La unión. El hogar.
El abrazo cálido de esa O. Y el tuyo.









A VECES ME DIGO


¿Sabes?
En realidad
quería ser jardinero,
quizá panadero, incluso apicultor,
cosas así, un trabajo pacífico y tranquilo,
tener la suerte de tener una habilidad sencilla,
ejercerla por mi cuenta y ganarme la vida con ella.
Cuidar del color y el perfume,
proporcionar alimento,
convertir en dulzura
el gran zumbido
del mundo.

En fin, hacer algo digno.
Ser un tipo decente.

A veces me digo que esto no es tan distinto.






Iván Rojo. "Grandes lagos". 2017, de descarga libre. Aquí el enlace donde nos lo regala: https://ivanrojo.files.wordpress.com/2017/09/grandes-lagos.pdf




domingo, 17 de septiembre de 2017

Javier Salvago




VARIACIONES SOBRE UN TEMA DE BORGES




      Un hombre de unos treinta y cinco años, de estatura media, con los zapatos relucientes y vestido con la corrección de un empleado de banca, bajaba, como todos los días, en el ascensor del bloque de pisos en el que tenía su vivienda. Se llamaba Samuel González y se dirigía al parking situado en el sótano del edificio. Eran alrededor de las siete y media de la mañana. Una vez allí, se encaminó al lugar donde tenía su plaza de aparcamiento. Intentó abrir su coche, un modelo de gama media, con la llave automática, pero no funcionaba. Hizo varios intentos hasta que finalmente, contrariado, lo abrió introduciendo la llave en la cerradura. Se subió, se ajustó el cinturón de seguridad, reguló los retrovisores, puso el motor en marcha y, dando un fuerte acelerón, enfiló la empinada rampa que conducía a la salida. Al incorporarse al tráfico de la calle, otro automóvil, que circulaba a gran velocidad, se lo llevó por delante provocando un grave accidente.

      Como consecuencia del brutal choque, Samuel acabó en la cama de un hospital en un estado lamentable. Tenía una pierna, un brazo, una clavícula y varias costillas fracturadas, además de otras muchas contusiones. Emma, su esposa, hablaba con el doctor que lo atendía:
      ―¿Está muy mal, doctor?
      ―Tiene muchos huesos rotos, pero, dada la brutalidad del golpe, podemos decir que ha tenido suerte. Saldrá de esta.
      Horas más tarde, un enfermero del turno de noche, un hombre aproximadamente de la misma edad que Samuel, consultaba la lista de pacientes de su planta. Entre ellos descubrió un nombre que le resultó desagradablemente familiar. Esbozó una sonrisa de maligna satisfacción:
      ―Samuel González... Qué sorpresa... Está visto que en esta vida todo es cuestión de tiempo... Al final, todo llega.
      Tras hacer un recorrido rutinario por sus dependencias, se dirigió a la habitación de Samuel. Estaba en penumbra. Sobre la cama, escayolado y vendado, como una momia, el paciente se quejaba lastimosamente. A su lado, Emma, sentada en un típico sillón de hospital, trataba de animarlo como podía cuando entró el enfermero y se dirigió a ella:
      ―Buenas noches, señora, ¿todo bien? preguntó mirando de reojo a Samuel.
      ―Está muy intranquilo contestó la mujer. Creo que debe dolerle mucho porque no para de quejarse.
      ―Es natural, con tantos huesos rotos...dijo mirando el historial. Pero no se preocupe. Ahora le traigo un calmante para que pueda dormir tranquilo toda la noche. ¿Usted desea algo?
      ―No he probado bocado en todo el día... Si me pudiera traer un vaso de leche y unas galletas, se lo agradecería.
      El enfermero salió de la habitación y se encaminó a la zona privada del personal. Preparó el vaso de leche y las galletas para Emma. Luego machacó unos comprimidos, los vertió en el vaso y lo removió a conciencia con una cucharilla de plástico. Acto seguido, regresó a la habitación con una bandeja en la que portaba el vaso de leche y las galletas. Se la ofreció a la mujer, con su mejor sonrisa:
      ―Tómese la leche antes de que se enfríe. Le sentará bien.
     Emma cogió el vaso de leche y le dio un largo sorbo.
      ―Gracias, es usted muy amable.
      ―Ahora le traigo el calmante a su marido. Tengo que consultarlo con el doctor.
      Volvió a salir de la habitación. Emma se terminó el vaso de leche y las galletas con ganas. Se notaba que no había comido en todo el día. Luego se arrellanó en el sillón lo mejor que pudo. En apenas unos minutos se quedó profundamente dormida, no solo por el cansancio y el ajetreo del día, sino también, y sobre todo, por los efectos de los comprimidos que el enfermero había vertido en el vaso. Cuando este regresó, dormía a pierna suelta. Su marido se quejaba y reclamaba su atención, pero ella estaba ya en un plácido limbo. Aunque era evidente, el sanitario se acercó a la mujer para comprobar que estaba grogui. Acto seguido se dirigió a Samuel, que lo miraba solicitando ayuda con los ojos. Se inclinó sobre él y le habló en voz baja, casi al oído:
      ―Han pasado veinte años, pero aún puedo reconocer tu inolvidable cara de hijo de puta... ¿Sabes quién soy?
      Samuel, aturdido, lo miró interrogante, sin entender la situación.
      ―Soy Nicolás Márquez, el "Llorica" ¿te acuerdas?... Aquel pobre chaval al que te dedicaste a amargarle la existencia en el instituto.
      Al oír el nombre, Samuel se sorprendió. Lo observó como queriendo reconocer la cara de torta del "Llorica" tras el duro rostro, poblado por una espesa barba negra, de aquel extraño personaje que lo miraba con un odio profundo y antiguo.
      ―Ahora yo estoy aquí y tu ahí, jodido e indefenso. Estás en mis manos y te juro que no voy a tener compasión. No es venganza añadió queriéndose convencer a sí mismo, es justicia. Tienes que pagar por todo el daño que me hiciste.
      Samuel, haciendo un soberano esfuerzo, logró balbucear:
      ―Es verdad que hace mucho tiempo te maltraté, y me arrepiento. Pero yo ya no soy aquel insensato. Todos cambiamos con los años.
      ―Tú ya no tienes nada que alegar en tu defensa. Ya fuiste juzgado y condenado hace mucho. Ahora estás a mi merced y no puedes hacer nada para librarte del castigo que te mereces.
      Samuel pareció reaccionar de pronto. Esbozó una inesperada sonrisa, como si de golpe volviera a ser el bravucón jovenzuelo que atormentaba al "Llorica" con sus humillantes bromas y sus malos tratos.
      ―Puedo hacer una cosa dijo.
     El enfermero lo miró sorprendido:
      ―¿Cuál? preguntó.
      ―Despertarme.

      Emma estaba en la cocina, preparando el café, cuando entró Samuel recién duchado y ya vestido, dispuesto para marcharse al trabajo. Besó a su mujer y se sirvió un zumo de naranja.
      ―¿Estás bien? preguntó ella.
      ―Sí, ¿por qué?
      ―Te has pasado la noche agitándote en la cama y quejándote como si tuvieras una horrible pesadilla... ¿Se puede saber qué has soñado?
     Hizo un esfuerzo, pero no conseguía recordar.
      ―No lo sé... Tenía algo que ver con un hospital, pero no me acuerdo, no consigo ponerlo en pie.
      ―Pues debió ser terrible dijo Emma porque lo has pasado fatal.
     Samuel terminó de desayunar, se despidió de su mujer con otro cariñoso beso, cogió su maletín y bajó en el ascensor, como todos los días, hasta el parking situado en el sótano del edificio. Eran alrededor de las siete y media de la mañana. Una vez allí, se encaminó al lugar donde tenía su plaza de aparcamiento. Intentó abrir su coche, un modelo de gama media, con la llave automática, pero no funcionaba. Hizo varios intentos hasta que finalmente, contrariado, lo abrió introduciendo la llave en la cerradura. Se subió, se ajustó el cinturón de seguridad, reguló los retrovisores, puso el motor en marcha y, dando un fuerte acelerón, enfiló la empinada rampa que conducía a la salida.









Javier Salvago. "No sueñes conmigo". 2017, Ediciones de La Isla de Siltolá.



sábado, 16 de septiembre de 2017

Miguel Martínez




II



Yo volvía del colegio y era un niño
caminando por la acera de mi barrio
con toda mi conciencia para mí
como un parque recién inaugurado.
Entonces jugaba siempre el mismo juego
en mi mente había un botón
que yo pulsaba.

Los coches se quedaban congelados
los pájaros en pause
los niños a mitad del tobogán
los abuelos a punto de entregar la receta en la farmacia
hasta la lluvia se quedaba suspendida
como si las gotas estuvieran cosidas en el aire.

Entonces yo corría en todas direcciones
me montaba en los coches que me daba la gana
merendaba gratis en las pastelerías
pintaba tonterías en la cara de los señores serios
levantaba la falda a cuadros del misterio
ganaba por una vez mi partida contra el mundo.

Muchos años después
juego a escribir poemas
es el único modo que he encontrado
de pulsar ese botón de vez en cuando.






Algo más que poner
el lavavajillas


<<La cotidianidad nos tiende diariamente
una telaraña en los ojos>>.

Espantapájaros, OLIVERIO GIRONDO



Quisiera traer del pescuezo
una vaca naranja algunos días
colocarla en mitad del salón
justo delante de tus ojos
y decirte ¡mira!

Me gustaría construir el Taj Mahal mañana
encima de la estantería
con las páginas de todos estos libros que acumulo
en los que me sigo mirando, ¡qué pesado!
como si las palabras fueran aspirinas.

Quisiera sacar fuerzas para robar una estera colorista
al jefe supremo de la tribu de los yanomami
y ponerla debajo de tus pies dormidos
justo un segundo antes de que pises el parqué
tan lleno de arañazos.

Qué grande si tus cansados ojos al llegar del curro
pudieran contemplar cómo termino el Guernica
en la pared del baño.
Si un martes cualquiera por la noche
fuera capaz de representar Hamlet
en un inglés completely perfect
yo solito haciendo de príncipe, de Ofelia, de espectro
y también de calavera.

Ojalá supiera tocar un instrumento que no existe
o mejor aún, fabricarte un saxofón, tu favorito,
con todas las latas de atún en aceite vegetal
que nos comemos.

Pero no puedo
estoy cansado
el tiempo es un ejército
de yaveremos y de mañanahablamos
y me mata con esa rara constancia
de la mancha en la pared.

Así que a falta de verdaderos logros
te ofrezco lo poquito que atesoro
mi torpe pero honrado patrimonio:
esta lengua, esta nariz, estas orejas
y estos dos ilusionados ojos
que a tu lado tienen ganas
de mirar esta película del mundo
hasta que ascienda tarde
ya muy tarde
lentamente y poco a poco
la palabra FIN
del horizonte.





Ouija



Yo era el niño más cobarde de mi barrio
y quizá también de mi planeta.
Me mataban de miedo todos los espíritus
que brillaban en la noche inmensa de mis nueve años.
Mira ahí estoy yo
con mi pijama de lágrimas
el que está fabricando un escudo con la sábana
deseando que se haga de día cuanto antes.

¿Qué hace un niño
rogándole al fantasma de su madre
que no se le aparezca?

Pero el miedo también es un país
y tiene límites
no sospechaba, entonces, que las cosas
tuvieran la extraña costumbre de acabarse.
Se acabó aquel niño asustadizo
y llegó esta angustia con barba y nubarrones.
De aquellos cuervos retorcidos solo queda
la jaula vacía que son estos poemas.

Hoy puedo ver pelis de terror mientras bostezo
y repaso la clase de mañana.
De vez en cuando cruza un fantasma este salón
y yo saludo pero no hago caso.
Las almas de los muertos se cansaron de seguirme
desde que empezó a matarme de miedo
precisamente la posibilidad contraria:
que no existieran.








Por eso



Las reglas son las reglas
no se puede abrazar a una madre muerta
sobre todo si condición de muerta
ya tiene bastantes años.

No se puede pasar la mano
por encima de sus hombros
ni guiñarle un ojo
al menos sin haber enloquecido previamente.

Imposible entrar descalzo
en el jardín que alimenta sus cenizas
sin clavarse la estúpida realidad
y sangrar cientos de panteras inútiles.
No se puede convencer a los gusanos
de que se busquen a otra.

No te dejan poner una hamaca en su vientre
regalarle unos pulmones por su cumpleaños
mirar sus ojos y decirle buenas noches.
No se puede discutir con ella
convencerla de que se despierte
no contesta.
Por eso escribo.






Miguel Martínez. "Viajes a una fresa". 2017, Algaida Editores.



jueves, 14 de septiembre de 2017

Juan Manuel de Prada (III)




CUESTIÓN DE SIMETRÍA


      
      El circo de mi ciudad ha contratado los servicios de las hermanas Rivas, Sara y Susana, siamesas de profesión. El atractivo de estas hermanas siamesas, más allá de su peculiaridad física, es eminentemente espiritual. El público que acude a verlas les formula preguntas brutales, incandescentes de zafiedad, que ellas responden con un sesgo de ironía, para chasco de los más atrevidos. Sara y Susana Rivas, híbridos de mujer y espejo, hermanas que duermen por necesidad bajo un mismo techo, arrastran una fama de incestos y lesbianismo que no se corresponde con la verdad. Susana y Sara Rivas, huérfanas de padre y de madre (la madre murió en el parto por dilatación excesiva de la matriz; el padre, de patatús instantáneo al ver en la incubadora a sus hijas), se mueven por la arena del circo con cierta pesarosa lentitud, con cierta sincronía triste que delata esa falta de amor con que se han criado. Sara y Susana Rivas constituyen la atracción central del circo de mi ciudad, aunque a juzgar por la escasa soltura con que deambulan por la pista, no deben estar muy acostumbradas al protagonismo. Susana y Sara Rivas son monstruosas, lo admito, pero de una monstruosidad inofensiva, amable, como de animal doméstico. La configuración anómala de alguno de sus órganos acentúa esta impresión: cada hermana cuenta con un solo brazo y una sola pierna; los hombros los tienen ensamblados, otorgando a su espalda una anchura de levantador de pesas; los senos, para redondear la faena, parecen más de dos, a juzgar por lo que se insinúa bajo la ropa. Sara y Susana Rivas dan la espalda al público y exponen a la luz de los reflectores su línea de ensamblaje, y yo, al ver la carne vertebrada de costillas, noto un escalofrío que me sube desde las plantas de los pies y se me coagula en el bajo vientre, como sombra de una erección. Susana y Sara Rivas son, además de siamesas, gemelas, y más bien feúchas, y caminan con una simetría monótona y como duplicada que me hace preguntar: ¿cuántos coños cobijarán entre las piernas? Hay opiniones para todos los gustos: desde quienes aportan cálculos de volúmenes anatómicos para demostrar que el abdomen de las hermanas no puede albergar dos úteros (ni siquiera un útero bifurcado) hasta quienes alegan que un solo coño convertiría a una de las hermanas Rivas, Sara o Susana, en un lastre erótico (¡Y qué terrible sería la mirada de esa hermana sobrante que asiste de carabina o voyeur a las peripecias carnales dela otra!). Por preferencia estética, y porque me conviene, me adhiero a los partidarios del doble coño. Me he enamorado de las hermanas Rivas, soy partidario del determinismo, y creo que al fin he encontrado al ser que me completa. Lo creo con inquebrantable convicción, y ya sueño con el día que pueda penetrar en ese doble coño, desembarazándolo de hímenes o incestos. Permitan que les confíe mi secreto, pero por favor, no me compadezcan por algo de lo cual, en el fondo, me siento legítimamente orgulloso. ¿Saben? Estoy dotado de un miembro bífido.








EL COÑO DE LOS ÁNGELES


    
      Aunque las discusiones teológicas terminaran en agua de borrajas; aunque los pintores de antaño se obstinasen en atribuir rasgos masculinos a los ángeles y arcángeles y querubines; aunque Dante, en su periplo de ultratumba, no se atreviese, por escrúpulo religioso o cobardía estética, a revelar el verdadero sexo de los ángeles, yo ahora me dispongo a quebrar esa conspiración de silencio: ¡Los ángeles tienen coño! ¡Los ángeles, por debajo del uniforme de ángeles, ostentan un señor coño! De nada les servirá que, al oír mi voz, levanten todos el vuelo hacia las regiones más apartadas del cielo. ¡Los ángeles tienen coño!, repetiré a grito pelado, para hacerme escuchar entre el aleteo profuso de su desbandada. ¡Los ángeles tienen coño!, pregonaré a los nueve vientos (¿son nueve?), como salutación o exorcismo, aun a riesgo de incurrir en la ira divina.
Lo supe desde pequeño, cuando los domingos, en misa de once, oficiaba de monaguillo. En el retablo de la parroquia (un retablo jadeante de carcomas, de un barroco desvencijado que por momentos degeneraba en rococó), flanqueando a un Cristo de Berruguete, anidaban unos ángeles, simétricos entre sí, a quienes el polvo y las telarañas añadían un prestigio escultórico. Como resultase que el imaginero que los talló los había dejado en cueros, el cura párroco de mi parroquia, temeroso de que esa desnudez soliviantase a las beatas, decidió taparles las vergüenzas con unas dalmáticas que les quedaban muy coqueta, a juego con las alitas y los mofletes (los ángeles son mofletudos, en esto la iconografía es unánime). Pues bien, cuando el cura párroco se metía en la sacristía, yo, más por pillería que por un afán sacrílego, me bebía el vino de las vinajeras (vino de consagrar, dulcísimo y de un color como de lágrima, que me incendiaba la garganta y me revestía de valor) y le levantaba la dalmática a los ángeles del retablo, por cerciorarme de su sexo. Los ángeles, tal como yo suponía, tenían un coño inequívoco (quiero decir, sin apéndices ni excrecencias), aunque lampiño eso sí, como corresponde a criaturas que aún no han olido las flores del mal. El coño de los ángeles, mucho menos obsceno de lo que pudiera presumirse, no movía a la lujuria, ni siquiera despertaba pensamientos impuros, porque adolecía de atrofia y hasta de cierta puerilidad que rebajaba su componente erótico. Yo, por lo menos, así lo entendí, y jamás hice bromas blasfemas (y eso que oportunidades no me faltaron) a propósito de su sexo. Lo que no pude evitar es que los ángeles del retablo se me aparecieran en sueños, con la dalmática recogida y en cuclillas, haciendo pipí sobre la madera de su hornacina. Pero esta visión, según el cura párroco, no constituye pecado, porque los sueños quedan fuera de la jurisdicción divina.





Juan Manuel de Prada. "Coños". 1997, Valdemar.



lunes, 11 de septiembre de 2017

Charles Bukowski (I)



PUTEO LÍRICO



      El problema de una lectura de poesía —cuando se llega a las once de la mañana y la lectura es a las ocho de la tarde— es que a veces reduce a un hombre a tal estado que quienes le hacen subir al escenario para mirarle, burlarse de él y machacarle, no esperan de él iluminación alguna sino pura diversión.
      Me recibió en el aeropuerto el profesor Kragmatz. Conocí a sus dos perros en el coche y conocí a Pulholtz (que llevaba años leyendo mi obra) y a dos jóvenes estudiantes (uno, especialista en karate, y el otro con una pierna rota) en casa de Howard. (Howard era el profesor que me había propuesto la lectura.)
      Y allí estaba yo, melancólico y digno, bebiendo cerveza; y, luego, casi todos menos Howard tenían que ir a clase. Puertas que se cierran y ladridos de perros que se van, y las nubes se oscurecieron y Howard y yo y su mujer y un joven estudiante nos quedamos allí sentados. Jacqueline, la esposa de Howard, jugaba al ajedrez con el estudiante.
      —Conseguí un nuevo suministro —dijo Howard.
      Abrió la mano y me enseñó un puñado de pastillas.
      —No. Tengo el estómago jodido —dije—. No está en forma últimamente.

      A las ocho, llegué allí. «Está borracho, está borracho», decían voces entre el público. Yo llevaba mi vodka con zumo de naranja. Empecé brindando a su salud para estimular su aversión. Leí durante una hora.
      Aplaudieron bastante. Un joven se acercó, tembloroso.
      —Señor Chinaski, tengo que decirle una cosa: ¡Es usted un hombre maravilloso!
      Le di la mano.
      —Está bien, chaval, tú sigue comprando mis libros.
      Unos cuantos querían libros míos y les dediqué algunos garabatos. Se acabó. Ya había apurado mi puteo lírico.
      La fiesta post-lectura fue la misma de siempre, con profesores y estudiantes, aburridos e insulsos. El profesor Kragmatz me cazó en un rincón y empezó a hacerme preguntas, mientras lasgrou p ie s culebreaban por los alrededores. No, le dije, no, bueno sí, partes de T. S. Eliot eran buenas. Fuimos demasiado duros con Eliot. Pound, sí, bueno, descubrimos que Pound no era exactamente lo que pensábamos. No, no creo que haya ningún poeta norteamericano contemporáneo sobresaliente, lo siento. ¿Poesía concreta? Bueno, sí, la poesía concreta es exactamente igual que cualquier otra basura concreta. ¿Y Céline? Un viejo chiflado de marchitos testículos. Sólo un libro bueno, el primero. ¿Qué? Sí, por supuesto, uno. Es suficiente. Quiero decir, tú no has escrito ni siquiera uno, ¿verdad? ¿Por qué prefiero a Creeley? Ya no lo hago. Pero Creeley ha logrado elaborar una obra, lo que la mayoría de quienes le critican no conseguirán en la vida. Bebo, sí, bebo, ¿acaso no bebe todo el mundo? ¿Cómo demonios iba a poder aguantar si no? ¿Mujeres? Oh, sí, mujeres. Oh, sí, por supuesto. No voy a escribir sobre bocas de incendios y tinteros vacíos. Sí, ya sé lo de la carretilla roja bajo la lluvia. Mira, Kragmatz, no quiero que me acapares del todo. Déjame mover un poco el culo...
      Me quedé y dormí en la parte de abajo de unas literas, debajo del chaval que era especialista en karate. Le desperté hacia las seis de la mañana al rascarme las almorranas. El pestazo despertó a la perra que había dormido conmigo toda la noche y que empezó a olisquear. Le di la espalda y seguí durmiendo.
      Cuando desperté, todos se habían ido menos Howard. Me levanté, me bañé, me vestí y fui a verle. Se
encontraba muy mal.
      —Dios santo, menuda resistencia tienes —dijo—. Tienes el cuerpo de un chaval de veinte años.
      —Mira, anoche no tomé anfetas ni pastillas de ningún tipo, ni le di a nada fuerte..., sólo cerveza y yerba. Esa es la razón —le expliqué.
      Le sugerí unos huevos pasados por agua. Los preparó. Empezó a oscurecer. Parecía media noche. Telefoneó Jacqueline y dijo que se acercaba un tornado por el norte. Empezó a granizar. Comimos los huevos.
      Luego, llegó el poeta de la siguiente lectura con su novia y con Kragmatz. Howard salió corriendo al patio y vomitó los huevos. El nuevo poeta, Blanding Edwards, empezó a enrollarse. Era un chico cargado de buenas intenciones. Habló de Ginsberg, de Corso, de Kerouac. Luego, él y su chica, Betty (que también escribía poesía), empezaron a hablar entre sí a toda velocidad en francés.
      Oscureció aún más, cayeron rayos, más granizo, y el viento era espantoso. Sacaron cerveza. Kragmatz recordó a Edwards que tuviera cuidado, que tenía que leer aquella misma noche. Howard se montó en la bici y se fue pedaleando en plena tormenta a dar su clase de inglés de primer curso en la universidad. Llegó Jacqueline.
      —¿Dónde está Howard?
      —Cogió su dos ruedas y se lanzó al tornado —dije.
      —¿Se encontraba bien?
      —Cuando se fue parecía un chaval de diecisiete años. Tomó un par de aspirinas.
      Pasé el resto de la tarde esperando e intentando evitar una conversación literaria. Me llevaron al aeropuerto. Con mi cheque de quinientos dólares y mi cartapacio de poemas. Les dije que no se bajaran del coche y que algún día les mandaría a todos una postal.
      Entré en la sala de espera y oí a un tipo que le decía a otro: «¡Fíjate en ese tío!» Todos los nativos llevaban el mismo corte de pelo, los mismos zapatos de tacón con hebillas, los mismos gabanes ligeros, los mismos trajes rectos, con botones metálicos, camisas a rayas, y corbatas cuya gama variaba del oro al verde. Hasta sus rostros eran idénticos: narices y orejas y bocas y expresiones iguales. Lagos poco profundos bajo una ligera capa de hielo. Nuestro avión llegaba con retraso. Me quedé junto a una máquina de café, tomé dos solos y unas galletas. Luego, salí y me planté bajo la lluvia.
      Salimos al cabo de hora y media. El avión se balanceaba y cabeceaba. No tenían el New Yorker. Pedí un trago a la azafata. Dijo que no había hielo. El piloto nos explicó qué aterrizaríamos con retraso en Chicago. No conseguía que le diesen pista. Era un hombre veraz. Llegamos a Chicago, y allí estaba el aeropuerto y nosotros dando vueltas y vueltas y más vueltas. Yo dije: «Bueno, supongo que no hay nada que hacer.» Pedí un tercer trago. Los demás fueron uniéndose a la juerga. Sobre todo, después de que se apagaron dos motores a la vez. Volvieron a ponerse en marcha en seguida y alguien se echó a reír. Bebimos y bebimos y bebimos. Cuando ya todos estábamos fuera de control, nos comunicaron que íbamos a aterrizar.
      Se rompió el hielo. La gente empezó a hacerse preguntas obvias y a dar respuestas obvias. Vi que mi vuelo no tenía hora de salida marcada. Eran las ocho y media. Llamé por teléfono a Ann. Me dijo que había estado llamando al aeropuerto internacional de Los Angeles para preguntar la hora de llegada. Me preguntó cómo había ido la lectura. Le dije que era muy difícil engañar a un público de líricos universitarios. Sólo había podido engañar a la mitad. «Magnífico», dijo ella. «Nunca confíes en un hombre que lleve mono de paracaídas», le dije. Después, me tiré quince minutos mirándole las piernas a una japonesa. Luego, busqué un bar. Había allí un negro vestido con un traje de cuero rojo con cuello de piel. Estaban atosigándole. Se reían de él como si fuera un gusano que se arrastrara por el bar. Lo hacían muy bien. Tenían siglos de práctica. El negro procuraba mostrarse indiferente, pero tenía la espalda rígida.
      Cuando volví a comprobar los vuelos en el tablero, un tercio de los que esperaban en el aeropuerto ya estaban borrachos. Los peinados femeninos empezaban a desmoronarse. Un hombre caminaba de espaldas, muy borracho, intentando caer sobre la nuca y fracturarse el cráneo. Todos encendimos cigarrillos y esperamos, observando, con la esperanza de que se diese un buen golpe en la cabeza. Me pregunté cuál de nosotros conseguiría quitarle la cartera. Le vi caer; la horda se lanzó a desnudarle. Yo estaba demasiado lejos para poder sacar nada en limpio. Volví al bar. El negro se había lanzado. Dos tipos discutían, a mi izquierda. Uno de ellos se volvió a mí.
      —¿Usted qué opina de la guerra? preguntó.
      —La guerra no tiene nada de malo —dije.
      —¿Ah, sí? ¿Sí?
      —Sí, cuando te metes en un taxi, eso es guerra. Cuando compras una barra de pan, eso es guerra. Cuando le pagas a una puta, eso es guerra. Yo, a veces, necesito pan, puta y taxi.
      —¿Habéis oído, chavales? —dijo el hombre—. Aquí hay un tío al que le gusta la guerra.
      Se acercó un tipo que estaba al final de la barra. Vestía como todos los demás.
      —¿Le gusta la guerra?
      —No tiene nada de malo; es la prolongación natural de nuestra sociedad.
      —¿Cuántos años ha llevado uniforme?
      —Ninguno.
      —¿De dónde es?
      —De Los Angeles.
      —Bueno, pues yo perdí a mi mejor amigo. Una mina. ¡BANG! Y se acabó.
      —Pero, gracias a Dios, fue él; podría haber sido usted.
      —A mí no me hace gracia.
      —He estado bebiendo. ¿Tiene fuego?
      Puso el encendedor al extremo de mí cigarrillo, con evidente desgana. Luego, volvió a su sitio al otro extremo de la barra.
      Salimos, en el de las 7,15, a las 11,15. Nos elevamos por los aires. El puteo lírico estaba concluyendo. Iría a Santa Anita el viernes y devolvería cien dólares. Volvería a la novela. La Filarmónica de Nueva York tocaría el domingo. Quizás habría aún localidades. Pedí otro trago. 
      Se apagaron las luces. Nadie podía dormir, pero todos fingían hacerlo. A mí me daba igual. Tenía un asiento de ventanilla y contemplaba el ala y las luces de abajo. Todo estaba dispuesto allá abajo en hermosas líneas rectas. Colmenas. Hormigueros.
      Llegamos al aeropuerto internacional de Los Angeles. Ann, te quiero. Ojalá arranque el coche. Ojalá el fregadero no esté atascado. Me alegro de no haberme tirado a una groupie. Me alegro de que no se me dé bien irme a la cama con desconocidas. Me alegro de ser un imbécil. Me alegro de no saber nada. Me alegro de no haber sido asesinado. Cuando me miro las manos y veo que aún están en su sitio, pienso para mí: vaya suerte que tengo.
      Salí del avión arrastrando el abrigo de mi padre y mi cartapacio de poemas. Ann salió a mi encuentro. Vi su cara y pensé, mierda, la quiero. ¿Qué haré? Lo mejor que podía hacer era actuar con indiferencia; luego, me encaminé, con ella, al aparcamiento. No hay que dejar que se den cuenta de que te interesan, porque si no, te liquidan. Me incliné, la besé en la mejilla.
      —Qué amable has sido viniendo a esperarme.
      —Cómo no iba a venir —dijo ella.
      Salimos del aeropuerto. Había terminado mi sucia tarea. El puteo poético. Yo nunca me insinuaba. Eran ellos quienes llamaban a su puta. Y yo acudía a la llamada.
      —Chavala —le dije—, cómo te he echado de menos.
      —Tengo hambre —dijo ella.


      Fuimos al restaurante chicano de Alavarado y Sunset. Tomamos burritos de chile verde. El puteo ya se había acabado. Y yo aún tenía una mujer, una mujer que me interesaba. Un milagro así no era para tomarse a broma. Contemplé su cabello y su rostro, mientras regresábamos a casa. La miraba a hurtadillas cuando me parecía que ella no miraba.
      —¿Cómo fue la lectura? —me preguntó.
      —Una gloria —dije.
      Subimos por Alvarado. Luego, entramos por el bulevar Glendale. Todo estaba en orden. Lo que me fastidiaba era que algún día, todo se reduciría a polvo, los amores, los poemas, los gladiolos. Al final, todos acabaríamos rellenos de basura, como una empanada barata.
      Ann aparcó. Bajamos, subimos las escaleras, abrimos la puerta, y el perro salió a recibirnos. La luna estaba alta, la casa olía a lino y rosas, y el perro saltó a mi encuentro. Le tiré de las orejas, le di unas palmaditas en el vientre. Abrió mucho los ojos y sonrió







Charles Bukowski. "Música de cañerías". 1997, Anagrama.




sábado, 9 de septiembre de 2017

Juan Pardo Vidal



El tatuaje



      Pocas cosas son más hermosas que las virutas de madera que quedan tras afilar un lápiz con un sacapuntas, ni siquiera esa lluvia que cae sobre los castaños y aconseja que nos quedemos esta tarde en casa, cerca de la chimenea. Tú lees un libro de Li Qingzhao, tus hijas dibujan sobre la mesa y yo observo. Ése es mi trabajo, en realidad no soy escritor, sino observador. Tal vez hace años lo fui, entonces inventaba mundos a mi medida, tenía mucho miedo a dejar de escribir, a no tener nada más que decir, pero ya no me ocurre eso, al contrario, ahora es algo que no me preocupa en absoluto, y sin ese miedo todo es distinto, el miedo es lo contrario al amor, no sé si tú tendrás algo que ver en todo esto, creo que sí. Me he dado cuenta de que este mundo ya es suficientemente raro como para que sea necesario que yo me invente otro, tengo material de sobra a mi alrededor. Por ejemplo, me he fijado en las virutas de madera que las niñas han dejado sobre el hule después de sacarle punta a los lápices de color, hacen ondas como el traje de volantes de una folclórica, y me asalta un pregunta ¿me parece que es algo hermoso porque me recuerda a mi propia infancia y ése es el único paraíso que todos hemos perdido o, por el contrario, me atraen simplemente porque simbolizan lo que se regenera, la lucha y la victoria contra lo que se va gastando, la punta afilada de nuevo y dispuesta a colorear? No lo sé, de verdad.
      Hace muchos años le clavé a mi compañero de pupitre mi lápiz recién afilado, tendríamos unos ocho o nueve años. Te voy a poner una vacuna le dije y se lo hinqué en el hombro. No quería hacerle tanto daño, pero se movió y la punta se clavó profunda. Se partió dentro de su piel y ahí se quedó. Me castigaron aquel día, yo no salí al recreo y la punta de mi lapicero no salió de su cuerpo, la herida cicatrizó cubriéndola de piel nueva y su organismo, que no supo o no pudo expulsarla, la encapsuló aislándola en una zona tan cercana a la superficie de su piel que era fácil detectarla palpando con suavidad. Mi amigo fue durante años una pequeña atracción en el colegio, todo el mundo conocía la historia de la punta de mi lápiz que vivía dentro él, había que ser muy valiente para tocarla y no poner cara de asco. Llegué a estar muy orgulloso de aquella fechoría, él nunca me guardó rencor, era mi amigo, los amigos de verdad hacen cosas así, se hacen zancadillas o se clavan un lápiz en el hombro. Durante años, cada vez que el destino nos volvía a unir para entonces ya vivíamos en ciudades distintas, después de un saludo lo primero que hacíamos era hablar de aquel cuerpo extraño que seguía dentro de él.
      ―Sigue aquí, Juan, toca, ¿puedes notarla? Ahora es más pequeña, creo que va desapareciendo. Me vacunaste con un lápiz, por eso tú escribes libros y yo no. Me dejaste inmunizado
      Hace mucho tiempo que no he sabido nada de él, no sé si la punta habrá desparecido por completo, tal vez haya sido absorbida por su cuerpo y de ella solo quede una pequeña mancha oscura de grafito sobre la piel de su brazo, como un tatuaje indeleble.









Juan Pardo Vidal. "La tumba del nadador". 2016, Cuadernos metáfora.




jueves, 7 de septiembre de 2017

Pedro Andreu



16.


      Alicia había escuchado las veintitrés versiones de Love Song cuatro veces seguidas. La cinta que yo le había prestado. Estaba sola en casa. Se fumó tres petardos mientras lo hacía. Cuando quiso darse cuenta, había anochecido, pero no tenía hambre. Una extraña melancolía la había desplazado. Era una pena amarilla y gastada que fue carcomiéndola desde los auriculares. Una tristeza que había enraizado rápido y florecía en su sangre y cerebro. Eran flores negras y hediondas. Algo sutil que la descuartizaba en silencio. Alicia se vio impulsada a salir al balcón. Precisaba respirar aire. Alejar el hedor de su congoja. Dieciséis pisos abajo se extendían las calles. Y parecían falsas. El neón de los comercios latía a destiempo. Los semáforos cambiaban con pereza de color. El tráfico avanzaba y se detenía en su baile metálico y ausente. Una desolación gaseosa la había dominado. De súbito, trepó a la baranda y saltó, como un ángel sin alas. La ciudad contuvo la respiración por un instante y el tiempo casi se detuvo. Luego la realidad aceleró su ritmo y Alicia impactó contra el asfalto, dejándolo perdido de plumas invisibles y vísceras calientes.
      Horas más tarde, cuando la ambulancia levantó el cadáver y los patrulleros se alejaron, quedó un monstruo de tiza dibujado sobre el asfalto.
      Pronto empezó a llover y la silueta se desborró en los charcos.








Pedro Andreu. “Dátrebil”. 2017, Frida Ediciones.




martes, 5 de septiembre de 2017

Paul Auster




      No mucho después de mi regreso a Nueva York (julio de 1974), un amigo me contó la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serían los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.
      El tío de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupación nazi. Un día, sus camaradas y él amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habían refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenían escapatoria. No sabiendo qué hacer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno corriendo a través de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tío de S. debía salir en tercer lugar.
      Vio por la ventana cómo el primer hombre corría por la nieve. Desde detrás de los árboles dispararon una ráfaga de ametralladora. El hombre cayó. Un instante después, el segundo hombre salió y le ocurrió lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreción: cayó muerto en la nieve.
      Entonces le llegó el turno al tío de mi amigo. No sé si vacilaría en la puerta. No sé qué pensamiento lo asaltaría en aquel momento. La única cosa que me han contado es que echó a correr, abriéndose paso a través de la nieve con todas sus fuerzas. Parecía que la carrera no tenía fin. Entonces sintió de repente dolor en una pierna. Un segundo después un calor insoportable se extendió por su cuerpo, y un segundo después había perdido el conocimiento.
      Cuando se despertó, se encontró tendido boca arriba en el carro de un campesino. No tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, no tenía ni idea de cómo lo habían salvado. Simplemente había abierto los ojos: y allí estaba, tumbado en un carro que con un caballo o un mulo arrastraba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. Observó esa nuca durante algunos segundos, y entonces, procedentes del bosque, se sucedieron violentas explosiones. Demasiado débil para moverse, continuó mirando la nuca, y de repente la nuca desapareció. La cabeza voló, se separó del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes había habido un hombre completo, ahora había un hombre sin cabeza.
      Más ruido, más confusión. Si el caballo seguía tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segundos después, un gran contingente de tropas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuando el oficial al mando vio la pierna del tío de S., rápidamente lo envió al hospital de campaña que habían montado en lo alrededores. Sólo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizá el cobertizo de una granja. Allí el médico del ejército ruso dictaminó que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y había que amputarla.
      El tío de mi amigo empezó a gritar. <<No me corte la pierna>>, imploró. <<Por favor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!>>, pero nadie le escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de operaciones, y el médico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosión. el techo del hospital se hundió, las paredes se derrumbaron, el local entero saltó hecho pedazos. Y una vez más, el tío de S. perdió el conocimiento.
      Cuando despertó esta vez, estaba acostado en una cama. Las sábanas eran limpias y suaves, el olor de la habitación era agradable, y aún tenía la pierna unida al cuerpo. Un momento después, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreía y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber qué había sucedido, de nuevo había sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volvió en sí, durante algunos minutos, el tío de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecía que a lo mejor había despertado en el paraíso.
      Se quedó en la casa mientras se recuperaba y se enamoró de la joven maravillosa, pero aquel amor no prosperó. Me gustaría decir por qué, pero S. nunca me contó detalles. Lo que sé es que su tío conservó la pierna y, cuando terminó la guerra, se trasladó a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sé cómo (no conozco bien los pormenores), acabó en Chicago de agente de seguros.







Paul Auster. "Experimentos con la verdad". 2000, Anagrama.



sábado, 2 de septiembre de 2017

Loida Ruiz Rodríguez




I


Que la vida mata a traición
que da puñaladas traperas
mazazos ciegos
golpes bajos y altos y

pero

sobre todo
la vida consume
quema
corroe
día a día
y qué paradoja
solo el paso de estos
hace que se mude
capa a capa
línea a línea
la piel que ardió
como el verso.

El problema
surge
cuando la quemadura
afecta
a órganos vitales.






II


Que tenía las manos más pequeñas
que habías visto jamás.
Lo dijiste.
Juntamos las palmas para comprobarlo
y reímos felices como niños.

Me dijiste que tenía las manos más bonitas
que habías visto nunca
de muñeca.

Y reímos
con el meñique
con el pulgar
con el corazón
como solo los niños ríen.

Lo dijiste.
A dos mil metros de altitud.
A tres grados de temperatura.
Es probable que nos sedujera la posibilidad
de tocar el cielo.

Ahora siento vértigo
bajo el nivel del mar
y tengo los dedos ateridos
de adverbios de modo.


¿Cuánto hemos descendido?

                          desde entonces







XXXVII


Amaba mi abuelo tanto su profesión que solo arreglaba relojes con la mano izquierda. Porque su maestro, manco de la derecha, le dijo que para atrasar o adelantar el tiempo, detenerlo era imposible, no se necesitaba más que el lado del corazón. Y no pretendió ser más que él, ni menos.
Era el único relojero en un pueblo que perdió la guerra y las esperanzas. Y quiso Dios o Marx o quién sabe, que el reloj de la iglesia se parase.
Se negaba el párroco a que mi abuelo lo arreglara. Se negaba mi abuelo a entrar en el edificio.
Pero no era raro verlos al caer la tarde en la barra del bar, entre chato y chato de vino, hablando el uno con el otro de literatura y tendiendo puentes de letras entre dos orillas tan lejanas.
De noche ya, tenía que aparecer mi abuela a recogerlo. El cura continuaba la fiesta no tenía mujer -visible- que lo ayudara a volver a casa.
Y la lucha continuaba ahora, entre sábanas, donde se entablaba otra batalla.

El reloj continuó parado mucho tiempo. Hasta que vino un relojero de otro pueblo a repararlo.

El matrimonio de mis abuelos no se paró, ya se encargaba él de darle cuerda.





Loida Ruiz Rodríguez. 2017, del poemario inédito "Respondiendo a Kipling".