Frente al silencio.

Frente al silencio.

miércoles, 20 de abril de 2016

Jonathan Franzen.



Fragmentos:




      Le preguntó a Joyce si conocía el Club de Roma. Joyce admitió que no. Él le explicó que el Club de Roma (a uno de cuyos miembros había invitado a Macalester para dar una charla hacía dos años) se dedicaba a explorar los límites del crecimiento. La teoría económica dominante, tanto la marxista como la del libre mercado, dijo Walter, daba por supuesto que el crecimiento económico era siempre algo positivo. Un índice de crecimiento del PIB del uno o dos por ciento se consideraba moderado, y un crecimiento demográfico del uno por ciento se consideraba deseable, y sin embargo, si se combinan estos índices a lo largo de un período de cien años, las cifras resultantes eran calamitosas: una población mundial de dieciocho mil millones y un consumo energético mundial diez veces superior al de hoy en día. Y pasados otros cien años con un crecimiento sostenido...en fin, las cifras eran sencillamente inconcebibles. Así que el Club de Roma buscaba formas más racionales y humanas de frenar el crecimiento en lugar de destruir el planeta sin más y propiciar que todo el mundo muriera de hambre o se matara entre sí.

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      Él asintió y comió, y ella se vio como una persona que se abstraía en fantasías esencialmente desconectadas de la realidad. Fue al cuarto de baño y se sentó en la tapa cerrada del inodoro, con el corazón acelerado, hasta que oyó a Richard salir y empezar a manipular tablones. Existe una tristeza peligrosa en los primeros sonidos del trabajo de una persona por la mañana; es como si la quietud experimentara dolor al verse interrumpida. El primer minuto de la jornada laboral recuerda todos los demás minutos de que se compone el día, y nunca es bueno pensar en los minutos como unidades individuales. Sólo cuando otros minutos se han sumado al primer minuto desnudo y solitario el día pasa a estar más sólidamente integrado en su diurnidad. Patty, antes de salir del cuarto de baño, esperó a que eso sucediera.

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      Aunque no tenía mucha importancia, era verdad que katz estaba sin blanca. Los ingresos y los gastos habían cuadrado más o menos durante el año y medio de giras del grupo; siempre que corría riesgo de superávit, aumentaba la categoría de los hoteles y pagaba rondas para todos en bares llenos de fans y desconocidos. Aunque Lago Sin Nombre y el recién avivado interés de los consumidores por las viejas grabaciones de los Traumatics le habían proporcionado más dinero que sus veinte años anteriores de trabajo total, se las había ingeniado para dilapidar hasta el último centavo en su afán por reubicar la identidad que había colocado donde no debía. Los sucesos más traumáticos acaecidos al eterno lider de los Traumatics habían sido 1) recibir una nominación a los Grammy, 2) oír su música en Radio Pública Nacional, y 3) deducir, a partir de las cifras de ventas de diciembre, que Lago Sin Nombre había constituido el regalito de Navidad ideal para dejar al pie del árbol primorosamente adornado en varios centenares de miles de casas de oyentes de la RPN. El bochorno por la nominación a los Grammy le había causado especial desorientación.

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      ―Ahora bien, el verdadero problema intervino Katz es el capitalismo de libre mercado. ¿Verdad? A menos que habléis de ilegalizar la reproducción, vuestro problema no son las libertades civiles. La verdadera razón por la que os falta gancho cultural en el asunto de la superpoblación es que hablar de menos niños implica hablar de límites al crecimiento. ¿Verdad? Y el crecimiento no es precisamente una cuestión secundaria en la ideología del mercado libre. Es la esencia misma. ¿Verdad? En la teoría económica del libre mercado, hay que dejar fuera de la ecuación cosas como el medio ambiente. ¿Cómo era esa palabra que tanto te gustaba? ¿Externalidades?
      ―Ésa es la palabra, exacto confirmó Walter.
      ―No creo que la teoría haya cambiado mucho desde nuestros tiempos universitarios. La teoría es que no hay ninguna teoría. ¿Verdad? El capitalismo no admite hablar de límites, porque el capitalismo en sí consiste en el crecimiento incesante del capital. Si uno quiere hacerse oír en los medios capitalistas, y comunicarse en la cultura capitalista, no puede presentar la superpoblación como algo negativo. Es todo lo contrario. Y he ahí vuestro verdadero problema.
      ―En ese caso tal vez debamos tirar la toalla dijo Jessica irónicamente. Puesto que no hay nada que hacer.
      ―El problema no me lo he inventado yo replicó Kanz. Yo no hago más que señalarlo.
      ―Conocemos el problema intervino Lalitha. Pero somos una organización pragmática. No pretendemos derrocar todo el sistema, sólo mitigarlo. Pretendemos contribuir a que el debate cultural se ponga a la altura de la crisis, antes de que sea demasiado tarde. Queremos conseguir con la demografía lo mismo que Gore con el cambio climático. Tenemos un millón de dólares en efectivo, y ahora mismo podemos tomar medidas muy prácticas.
      ―A mí ya me parecía bien derrocar el sistema entero, la verdad dijo Katz . Pare eso firmo ahora mismo.
      ―En este país no puede derrocarse el sistema contestó Walter por una cuestión de libertad.(...)







Jonathan Franzen. “Libertad”. 2011, Ediciones Salamandra.




2 comentarios:

jordim dijo...

Franzen, un grande

Ts acróbata dijo...

Sí, comparto tu opinión.