Frente al silencio.

Frente al silencio.

viernes, 24 de agosto de 2018

Oscar Wilde




Fragmentos:




      Después de una larga e infructuosa espera me he decidido a escribirte, y ello tanto por ti como por mí, pues me repugna saber que he permanecido en prisión durante dos largos años sin haber recibido de ti ni una sola carta, una noticia cualquiera: ninguna cosa he sabido de ti, excepto aquello que había de producirme dolor.
      Nuestra trágica y lamentable amistad, ha finalizado para mí de un modo infame, y para ti con escándalo público. Pero, el recuerdo de nuestra antigua amistad me acompaña con frecuencia y siento una gran pena al pensar que mi corazón, antes repleto de amor, está ya para siempre lleno de aborrecimiento, desprecio y amargura.

***



      Los dioses me habían dado casi todo: tenía el genio, un apellido distinguido, una elevada posición social, fama, brillantez y audacia intelectual. Yo he hecho del arte una filosofía, y de la filosofía un arte; he enseñado a los hombres a pensar de otro modo, y he dado otro color a las cosas. Cuanto decía o hacía asombraba a las gentes. Me apoderé del drama, la forma más objetiva que se conoce del arte, y lo transformé en un medio de expresión tan personal como una poesía lírica, o un soneto, y al mismo tiempo amplié su campo de acción con la psicología. Drama, novela, poesía en prosa y poesía en verso, diálogo espiritual o fantástico, cuanto yo toqué lo revestí de una belleza nueva. Y además le impuse el artificio y le di su carácter natural, e hice de ambos su imperio legítimo. Y mostré que la verdad y la falsedad son únicamente formas intelectuales.
      Para mí, el arte era una realidad suprema, y la vida un modo de la ficción. Desperté la imaginación de mi siglo, haciéndola envolverme en mitos y leyendas. Resumí en una frase todos los sistemas filosóficos, y toda la existencia en un epigrama.

***



      Muchos hombres, al ser puestos en libertad, se llevan la cárcel consigo y la ocultan en su corazón, como una infamia secreta, y acaban por arrastrarse en un agujero como desgraciados envenenados, hasta morir. Es penoso que la sociedad les impulse a ello. La sociedad se arroga el derecho de infligir al individuo atroces castigos, pero también posee el vicio supremo de la superficialidad, y no llega a darse cuenta de lo que hace. Al hombre que ya ha terminado su condena, lo abandona a su suerte, o sea que se despreocupa de él, justo en el momento en que más deber para con él tiene. Se avergüenza verdaderamente de sus propias acciones, y evita a aquellos a quienes a castigado como se huye de un acreedor a quien no se puede pagar, o de alguien a quien se ha provocado un daño irreparable. Yo, por mi parte, puedo pretender que, así como yo me comprendo lo que he padecido, la sociedad se comprenda cuanto me ha infligido, y que no quede ni en ella ni en mí ningún tipo de amargura ni de odio.

***







Había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi fortuna. Era un preso, y era un pobre, pero me quedaba mi bien más preciado: mis hijos. Y de repente la ley me los arrebata. El golpe fue tan atroz, que no supe qué hacer. Me puse de rodillas, incliné la cabeza, lloré y dije: <<El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor; ya no soy digno de ninguno de los dos>>. Y ese momento fue sin duda el que me salvó. En ese momento comprendí que sólo me quedaba aceptarlo todo. Y desde entonces, por curioso que resulte, soy feliz, pues he llegado hasta la esencia última de mi alma. Había mostrado ser su enemigo en muchos aspectos, y la encontré esperándome como un amigo. Al entrar en contacto con el alma, uno se vuelve otra vez niño, y como dijo Cristo, es lo que uno ha de ser. Es trágico pensar que pocas son las personas que se hallan en posesión de su alma antes de morir.

***



      Vivir para los demás no era el objetivo concreto y consciente de su doctrina. Su base era otra muy distinta. Dice: <<Perdonad a vuestros enemigos>>, y ello no implica el amor a nuestros enemigos, sino a nosotros mismos. Pues el amor es más hermoso que el odio.

***



      Se me dijo a menudo que era demasiado individualista. Ahora soy mucho más individualista que antes. Necesito extraer de mí mucho más de lo que antes sacaba, y pedirle menos al mundo. En verdad, mi ruina no es consecuencia de un exceso, sino de falta de individualismo. La única acción vergonzosa de mi vida, la única imperdonable y por siempre despreciable, fue atreverme a pedir a la sociedad ayuda y protección. Desde el punto de vista individualista, esa apelación de auxilio era demasiado torpe. ¿Qué disculpa invocar a mi favor?
      Una vez que puse en marcha las fuerzas de la sociedad, ésta se volvió contra mí, diciendo: <<Viviste desafiando mis leyes, ¿y ahora recurres a mis leyes para que te protejan? Pues bien: ahora te haremos sentir todo el peso de ellas, y tendrás que soportar sus consecuencias>>. Y el resultado de esto fue que ahora me vea en un calabozo. Y, durante el transcurso de mis tres procesos, he podido sentir amargamente la ignominiosa ironía de mi situación. Pienso que nunca ningún hombre cayó de manera tan innoble, y precipitado por tan vergonzosos instrumentos, como yo. En Dorian Gray se leen estas palabras: <<Siempre es poco el cuidado que se pone en la elección de los enemigos>>. Nunca habría pensado que yo mismo, por culpa de unos parias, llegaría a convertirme en un paria. Y por eso es tanto el desprecio que me tengo.

***





Oscar Wilde."De Profundis". 2013, Plutón Ediciones.



No hay comentarios: