Frente al silencio.

Frente al silencio.

jueves, 4 de febrero de 2016

Ana Merino





Una voz


Mi poesía está encerrada en una habitación a oscuras, tiene miedo y quiere que le digan que la realidad es el abrazo de un mago. Muchas veces se siente como un animal acorralado al que no le queda aliento para defenderse y lloriquea en los amaneceres porque no puede amar a los vampiros. Hace como si no me reconociese cuando ordeno sus versos, y a escondidas de mi se atreve a ser la amante de un hombre que camina sin sombra buscando la niñez en los portales. Mi pobre poesía no sabe razonar cuando le explico que no puede vivir todas las vidas, que debe resignarse a ser un sueño con escamas. Es díscola y quiere convertir las palabras en hechizos a invocar con ellos amores imposibles. Es tan irracional que me da rabia tener que ser yo siempre la que razone, la que guarde las apariencias, como si el deseo fuese coto privado a los locos.





2


Mi vida se hizo frágil
al saberse mortal.
Aquel ritmo frenético
de los instantes y su efervescencia
comenzó a ser corrosivo
y me partió en dos.

Quedaba yo a un lado
y también quedaba yo al otro.
Una mitad de mí miraba absorta,
la otra trataba de aprender
a caminar con una sola pierna,
y se apoyaba en los muebles
y estaba triste
porque el corazón
se había quedado
en la mitad inmóvil.

Mi vida se hizo frágil
y mi corazón dejó de latir,
pero cuando quisieron juntar
todo mi cuerpo,
y enterrar mis dos mitades
en una misma fosa,
esa parte de mí sin corazón ya estaba lejos,
había puesto un reloj
en el espacio fingido de la vida
y no estaba dispuesta
a morir sin más
cosida al desaliento
de la mitad suicida de mi cuerpo.










RETRATO DE MUJER



Nosotras que buscamos el amor
en las metáforas que suspiran,
que hemos aprendido a recorrer nuestro cuerpo
con las yemas finísimas,
deseamos,
en el espejo de nuestra boca
que nuestra lengua se transforme en otro paladar, en otros
     labios
y los recorran unos dedos inmensos
que sepan penetrarnos
abrir todas las grietas,
y nos hagan temblar como a los árboles de tronco diminuto
que se mecen con el viento.

Nosotras, vestidas o desnudas
florecemos con el agua de los besos
que humedecen las promesas,
florecemos con el susurro efímero
de la felicidad.

Pero también nosotras, las que buscamos el amor
en los versos sin alas de todos los ángeles caídos
nos vamos quedando solas,
y la geografía de nuestra piel se desdibuja,
en todas las esquinas, sobre las sábanas,
en los abrazos de la añoranza,
en el deseo de una nostalgia a la que rendimos tributo
bebiendo su semilla.





CASA CON GOTERAS



A veces entre las callejuelas
aparece una casa
convertida en velero.
Una brisa de sal y gaviotas
deshace su estructura.
Un otoño de lluvias torrenciales
simula su naufragio.

Ese anhelo marino
es sólo el espejismo
de una vieja humedad
que pudre sus cimientos
y se filtra por las paredes
dibujando una mancha
que parece la ruta de un tesoro,
el mapa de una isla
donde los años hacen sus orillas más anchas.

El mar sobre una casa
que intenta navegar con la ropa tendida en la terraza,
por entre la piel de sus tabiques
la desesperación revienta cañerías de plomo,
y una mujer que amamanta a su hijo en la cocina
decide abandonarse a la deriva.






Luis Antonio de Villena. “La lógica de Orfeo. (Antología)”. 2003, Visor.



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