Frente al silencio.

Frente al silencio.

jueves, 21 de mayo de 2015

Enrique Vila-Matas.




Fragmentos:





      Pero no saltaré al vacío, amigo Horacio. Dejaré que me invada toda esa tendencia a recuperar la infancia, toda esa nostalgia por un pasado que, a medida que me acerco al Mirador Santa Luzía, noto que voy conciliando con el presente, hasta el punto de que tengo la impresión de no estar retrocediendo en el tiempo, sino de casi eliminarlo. Me sentaré a esperar, habrá una silla para mí en esta ciudad, y en ella se me podrá ver todos los atardeceres, callado, practicando la saudade, la mirada fija en la línea del horizonte, esperando a la muerte que ya se dibuja en mis ojos y a la que aguardaré serio y callado todo el tiempo que haga falta, sentado frente a este infinito azul de Lisboa, sabiendo que a la muerte le sienta bien la tristeza leve de una severa espera.






      Al mediodía del día siguiente, en alta mar, el sol calentaba cada vez con más violencia, el alquitrán derretido se escurría por las paredes, el mar era azul, y el agua utilizada para lavar el puente se evaporaba directamente hacia el cielo también azul. El capitán del barco apareció sobre el puente de mando, se mojó un dedo, y comentó que ya se lo imaginaba, que la brisa estaba descendiendo y que muy pronto podría cambiar de dirección el viento. Anatol, que lo oyó, blasfemó en una larga y obscena frase que contenía cinco haches que él pronunció tan exageradamente aspiradas como pudo, y después sonrió. El capitán repitió lo de la dirección del viento, y Anarol entonces descendió, sin prisas, por la escalera que conducía a la única zona refrigerada del barco, y allí se perdió.








      Escucho el oleaje mientras siento que toda la tarde cabe en una mirada, en una sola mirada de sosiego. Aunque a mí sólo me atrae la muerte, debo reconocer que me encuentro bien aquí, en Port del Vent, tan cerca de la vida. Estoy bien aquí, en mi tierra y junto al mar, del que nunca debí alejarme tanto. El mar siempre me ha dado escucho ahora su rumor mientras fumo tendido sobre la cama la sensación de ser algo así como un organismo unitario, y esto me tranquiliza. Me gusta mucho el mar. Estar cerca del mar, sobre el mar, por el mar. Siento ante él una sensación de libertad, probablemente engañosa, pero a tener en cuenta: la ilusión de vivir.







      Después, me contó la muerte de Benjamin Franklin, el inventor del pararrayos, que creía que dormir con la ventana abierta era una práctica sana y fortalecedora de los pulmones. Se pasó toda la vida afectado por un catarro crónico, a pesar de lo cual seguía durmiendo con la ventana abierta. Es más, adquirió el hábito de madrugar y, con la ventana abierta, trabajar desnudo en su escritorio durante una hora en el verano y media hora en el invierno. La consecuencia fue que su salud se deterioró de tal modo que los últimos años de su vida los pasó en la cama, a pesar de lo cual seguía con la ventana abierta, lo que provocó que finalmente muriera de una neumonía brutal.








Enrique Vila-Matas. “Suicidios ejemplares”. 2000, Editorial 
Anagrama.




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