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Podía
ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a
continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero.
No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún
lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada.
El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino
que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero,
cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener
hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para
trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer
cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4
de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre...¿acaso los
hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser
un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta
dormirme (…)
Charles
Bukowski. “La senda del perdedor” 1982. Primera edición en
<<Contraseñas>> octubre 1990.
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