Frente al silencio.

Frente al silencio.

viernes, 4 de marzo de 2016

Vicente Muñoz Álvarez



Fragmentos:





Te quería entonces y te sigo queriendo ahora. Junto a todo ese montón de vírgenes que velan por nosotros en tantos pueblos donde extrañamente hemos rezado. O cuando me agarrabas fuerte la mano mientras te cosían la brecha del pie. Entonces llevaba el pelo corto y estaba más delgado. Porque envejecemos, eso está claro, nos quemamos juntos y también eso es importante. O cuando me tocas la guitarra en casa mientras floto. Que seas fiel y sumisa y bestia con tu cuerpo. Desde la biblioteca, desde la maldita P.S.S., desde la más completa laxitud. ¿Qué diablos hago aquí? La niebla devorando lentamente los paisajes e invierno y navidad y muerte. Frío. Siempre rejas y ventanas. Objetor de conciencia, ratón de biblioteca, murciélago de archivo...Y tú fuera de mí en el gimnasio o en la escuela...El descontrol de la ciudad. Y la armonía de las montañas, en los bosques, en los pueblos, llenos de nuestras pisadas, tuyas y mías, esperando y buscando caminos, consumiéndonos en vida y allí en cambio todo tan distinto, cuando sientes desde lo profundo esa magia que en ningún otro lugar puede existir. Y así pasa mi tiempo y recuerdo cuando era niño y más tarde un chaval y todo me pesaba y me agobiaba y quería a toda costa que llegase ya el mañana. Que siempre he sido igual, la misma inquietud, la misma impaciencia, la historia triste de mi contradicción...¿O es que mi equilibrio está en el propio caos? Quizá se esa la clave: lo que ayer amé hoy puedo odiarlo, ya no pruebo el bourbon, me arrepiento de mis indecisiones y aplaudo después mi intemperancia...Como quise prolongar también aquellos días de un invierno ya lejano en que tú salías a volar para mí y en el musgo que traías estaba mi terapia, el antídoto contra mi soledad. Pero ha pasado el tiempo y ahora todo aquello sólo existe en este cofre lleno de recuerdos. Y aún así podríamos ser héroes Aunque seamos sólo dos personas, carne y hueso y quizás un alma y nada más.

***








      Bebió un sorbo y hojeó por encima el periódico: crímenes, guerras, pobreza, descensos en la Bolsa, corrupción política, programas de televisión...Le pareció el mismo guión de siempre, las mismas noticias repetidas una y otra vez, el mismo montaje, la misma dinámica, la misma información: una realidad plagiándose absurda y despiadadamente día tras día.
      Bebió otro trago apoyado en la barra y miro a su alrededor. También aquellas, las de sus compañeros, le parecieron de algún modo las mismas caras, las mismas facciones veladas por el mismo cansancio, por la misma náusea, por el mismo miedo. Todos tenían semejantes problemas, semejante trabajo, semejantes familias, veían los mismos programas de televisión y conservaban invariablemente de las mismas cosas. Todos, de una forma u otra, tenían marcado en sus rostros el selló apático de la resignación.
      Apuró la copa de orujo y siguió andando por la avenida. La mañana estaba encapotada y ventosa, desapacible y todo el mundo se dirigía apresuradamente al trabajo, cientos de personas circulando como autómatas por las calles, dispuestas a desempeñar su tedioso papel en el engranaje forzado de la sociedad.

***




      Ella entonces se calla y deja de llorar. Se da cuenta de que él nunca podrá entenderlo, así que bajará del coche al llegar a la ciudad y caminará por la calle hasta que alguien le proponga ir a su casa. O esperará a que amanezca en un hostal y seguirá buscando al día siguiente.
      Él, en cambio, comienza a estar confuso. La idea de su cuerpo esbelto y joven le seduce. Los pezones que transparenta su camiseta empapada y el pelo chorreando sobre los sillones de cuero. Pero ese no es su estilo. Y prefiere no forzar la situación.
      Mientras sigue lloviendo y a los dos les duele el silencio que rompe la radio, las líneas blancas de la carretera, el vaivén de los limpiaparabrisas, los destellos de los faros de los coches, kilómetros, palabras contenidas, pensamientos cruzados y esa triste despedida a las afueras, ella descendiendo aún mojada del vehículo y él observándola por el retrovisor mientras se aleja, su frágil silueta sobre un muro de ladrillos rojos y la débil luz de las farolas, la lluvia, la avenida, los semáforos...El fin de un corto adiós.







Vicente Muñoz Álvarez. “Mi vida en la penumbra”, Editorial Eclipsados 2008



viernes, 26 de febrero de 2016

George Orwell.



Fragmentos:





      Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar le molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar una ráfaga polvorienta se colara con él.
      El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas del día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de varices por el encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.

***




      


      Antes de que el Odio hubiera durando treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias, solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día y cada día ocurría esto mil veces sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en los periódicos y en los libros... a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores que trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponía derribar al Estado. Se suponía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se rumoreaba que existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein y que circulaba clandestinamente. Era un libro sin título. La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro. Pero de esas cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás de la Hermandad ni del libro si tenían manera de evitarlo.

***




      Si había esperanza, tenía que estar en los proles porque sólo en aquellas masas abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por ciento de la población de Oceanía, podría encontrarse la fuerza suficiente para destruir al Partido. Éste no podía descomponerse desde dentro. Sus enemigos, si los tenía en su interior, no podían de ningún modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente. Incluso si existía la legendaria Hermandad y era muy posible que existiese resultaba inconcebible que sus miembros se pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La rebeldía no podía pasar de un destello en la mirada o determinada inflexión en la voz; a lo más, alguna palabra murmurada. Pero lo proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o después se les ocurrirá.


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George Orwell. “1984”. 1991, duodécima edición en Destinolibro.



martes, 23 de febrero de 2016

Bram Stoker (II)



Fragmentos:




      ―Es usted un hombre inteligente, amigo John; razona bien, y su ingenio es atrevido; pero tiene demasiados prejuicios. No permite ver a sus ojos ni oír a sus oídos, y aquello que está fuera de su vida diaria carece de importancia para usted. ¿No piensa que hay cosas que usted no puede comprender, pero que existen, que algunas personas ven cosas que otras no pueden ver? Pero hay cosas viejas y nuevas que no deben ser contempladas por ojos de hombres, porque ellos saben, o creen saber, algunas cosas que otros hombres les han contado. Ah, es culpa de nuestra ciencia, que todo lo quiere explicar; y si no lo explica, entonces dice que no hay nada que explicar. Pero todos los días vemos a nuestro alrededor el crecimiento de nuevas creencias que se consideran nuevas, y que son las viejas que pretenden ser las jóvenes, como las señoras en la ópera. Supongo que usted no cree en la transferencia corporal, ¿no? Ni en la lectura del pensamiento, ¿no? Ni en el hipnotismo...

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      >>Existen seres como los vampiros; algunos de nosotros tenemos evidencia de que así es. Incluso de no poseer la prueba de nuestras desdichadas experiencias, las enseñanzas y los documentos del pasado proporcionan prueba suficiente para las gentes cuerdas. Admito que al principio me mostré escéptico. De no ser porque durante largos años me he adiestrado en mantener una mente abierta, no habría podido creerlo hasta el momento en que ese hecho atronó mis oídos. “¡Míralo! ¡Míralo! ¡Yo lo pruebo, yo lo pruebo!”. ¡Ay de mí! De haber sabido al principio lo que ahora sé (y ni siquiera; con sólo haberlo siquiera sospechado), habríamos conservado la vida de aquella que tanto amábamos. Pero ya ha pasado; y debemos trabajar para que otras pobres almas no perezcan mientras podamos salvarlas. El nosferatu no muere como la abeja cuando clava el aguijón una vez. Es más fuerte; y al ser más fuerte, posee más poder para hacer el mal. Este vampiro que está entre nosotros es él solo más fuerte que veinte hombres; su astucia ha crecido con los siglos; posee la ayuda de la nigromancia, que es, como su etimología indica, la adivinación por los muertos, y todos los muertos a los que puede acercarse están a sus órdenes; es brutal, y más que brutal: es un demonio de crueldad, y el corazón de él no existe; puede, con limitaciones, aparecer a voluntad, donde y cuando desee y en cualquiera de las formas que le son propias; puede, dentro de su campo, gobernar los elementos: la tormenta, la niebla, el trueno; puede dar órdenes a las cosas más pequeñas: la rata y el búho y el vampiro; la polilla y el zorro y el lobo; puede crecer y hacerse pequeño; y a veces puede desaparecer y hacerse irreconocible. ¿Cómo, entonces, habremos de iniciar nuestra lucha para destruirlo? ¿Cómo encontraremos su escondite y, tras encontrarlo, cómo podremos destruirlo? Amigos míos, esto es mucho; es una tarea terrible la que acometemos, y quizá haya consecuencias que harán al valiente estremecerse. Porque, si fallamos en esta nuestra lucha, ganará él sin duda; y entonces, ¿dónde acabamos nosotros? La vida es nada; yo no la tengo en cuenta, Pero fallar en esto, no es sólo cuestión de vida o muerte. Es que nos convertimos en algo como él; es que, a partir de ahí, nos convertimos en seres repugnantes como él, sin corazón ni conciencia, cebándonos en los cuerpos y las almas de los que más queremos. Para nosotros están cerradas eternamente las puertas del cielo; porque ¿quién volvería a abrírnoslas?Proseguimos detestados por todos; una mancha en la cara del sol de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió por el hombre.

***








      La luna era tan brillante que a través de la gruesa persiana amarilla penetraba suficiente luz en la habitación para ver bien: en la cama, junto a la ventana, yacía Jonathan Harker, con el rostro arrebolado y la respiración pesada, como estupefacto. Arrodillada junto al borde izquierdo de la cama, mirando hacía la puerta, estaba la figura vestida de blanco de su mujer. A su lado, de pie, había un hombre alto y delgado, vestido de negro. A pesar de encontrarse de espaldas a nosotros, en el mismo instante en que lo vimos todos reconocimos al conde, en todos sus detalles, incluso la cicatriz de la frente. Sujetaba con la mano izquierda las manos de la señora Harker, para mantener los brazo separados,en tensión; con la mano derecha le asía la nuca, para obligarla a bajar la cabeza hacia su pecho. El camisón blanco de la mujer estaba cubierto de manchas de sangre, y por el denudo pecho del hombre, que asomaba por la camisa desgarrada, discurría un fino reguero. La actitud de ambos guardaba una terrible semejanza con un niño que obligase a un gatito a meter el hocico en un plato de leche para forzarlo a beber. Al entrar precipitadamente en la habitación, el conde giró la cabeza, y de su rostro se apoderó la expresión infernal cuya descripción yo conocía. Sus ojos llameaban, rojos, con cólera diabólica, las grandes aletas de la blanca nariz aquilina se abrieron de par en par y se estremecieron; y los blancos dientes afilados, tras los sensuales labios chorreantes de sangre, rechinaban como los de una bestia salvaje. Con una sacudida arrojó a su víctima sobre la cama como si la lanzara de un lugar elevado; se volvió y se precipitó hacia nosotros. Pero el profesor ya se había puesto de pie y alzaba hacía el conde el sobre que contenía la sagrada Hostia. Drácula se detuve bruscamente, del mismo modo que lo había hecho Lucy a la entrada de su tumba, y retrocedió asustado. Siguió retrocediendo más y más a medida que nosotros, con los crucifijos levantados, avanzábamos hacia él. La luz de la luna se oscureció repentinamente, al surcar el cielo una gran nube negra; y cuando se elevó la luz de la lámpara de gas por obra de la cerilla que encendió Morris, no vimos más que un vapor tenue. Mientras lo contemplábamos, se deslizó por debajo de la ventana, que había vuelto a su antigua posición tras haber quedado abierta de par en par. Van Helsing, Art, y yo nos acercamos a la señora Harker, que ya había recobrado el aliento y, al tiempo, había emitido un grito tan aterrador, tan agudo, tan desesperado, que pienso que seguirá sonando en mis oídos hasta el día de mi muerte. Se quedó tendida en la cama durante unos segundos, en actitud de impotencia y confusión. Su rostro estaba cadavérico, con una palidez acentuada por la sangre que manchaba sus labios, mejillas y barbilla; de su cuello manaba un fino reguero de sangre: tenía los ojos desorbitados por el terror. Se tapó el rostro con sus pobre manos magulladas, que mostraban en su blancura las señales rojas del terrible apretón del conde, y se oyó un gemido sofocado y desolado, en comparación con el cual el grito que había lanzado antes no parecía más que la expresión rápida de una aflicción infinita.






Bram Stoker. “Drácula”. Grupo Anaya, S.A. 2002.





viernes, 19 de febrero de 2016

Víctor Pérez





Busco peregrinos guarros a los que le falte el índice para echarlos de amigos, si no les falta es lo mismo. Yo les daré a conocer el agua anciana de la laguna con un minuto delante del error. Yo soy el fantasma de Josué, una vez me lincharon y ahora me hago el meloso con desconocidos y traficantes. Por aquí hay una calma devastadora por las tardes y me aburro con frecuencia. Siempre estoy en los caminos con un caldero lleno de avellanas y luciérnagas. Paseo mi abandono como un gigante amargo. También me gustan las actrices y los pordioseros. El perfume de mis cicatrices trastorna a los elegantes. En la muerte encontré una buena respuesta para lo que soy. Un distraído al que le gusta que lo abracen al final de las jornadas y que le den por el culo de vez en cuando. La ausencia de la vida la conjuro haciéndome un ovillo en el albergue. Me dedico a hacer profecías y a contar mis huesecitos y a mirar pájaros. Soy un coleccionista de presagios y de segundas oportunidades. Estoy enterrado en el cementerio civil porque se pusieron de acuerdo el cura y el maestro al no morir en condiciones, es decir, cristianamente. A veces escribo agarrado a un abeto. A veces me siento con geranios en la mano en las camas de las personas. De los días espero lo habitual: una vaca, un topo, otro peregrino. El espectáculo del destino me multiplica, es entonces cuando pego la oreja a las paredes del albergue y siento cómo se abre dentro de mí el río, y en mí renace el universo silenciado y purgatorial admirándome la racha de los planetas como me admiraría el nacimiento de un restaurante en este pueblucho de mierda. De vez en cuando me encuentro a algún ahorcado; pienso en sus cigarros, su sangre, su PC, pienso en los misterios de una soga detenida en la rama más baja de un castaño; en el ahorcado y su simetría. He manejado la muerte sin pensar pero con un orgullo multidisciplinar y efervescente porque diariamente soy visitado por la serenidad representativa y dialogante del baboso. Con la cabeza diviso el puto pueblo que borraría de un plumazo. Voy todo vestido de pana buena. Los gatos buscan el olor de mi polla y mis ojos color miel y eso suaviza mi puerca melancolía. No he dicho que soy tuerto y como soy un seductor llevo parche, gracias a él hipnotizo a los niños a los que me aparezco; cuando me ven las niñas, sin embargo, me silban. Tampoco he dicho que a veces creo que soy una mera pesadilla de mi abuela cirujana, que todavía vive y sabe conquistar.




Víctor Pérez. 2016, de su muro de Facebook


jueves, 18 de febrero de 2016

Lorenzo Plana





LA SOLEDAD



Para los que jamás
unieron una tarde
el amor con el sexo,
y en esa tarde fría
sólo el placer cumplieron
y no tuvieron paz:
el cuerpo de una mujer
no se mostró sumiso
brindando la confianza
y hablando del futuro
dos cuerpos y una vida,
con la complicidad
de sábanas muy blancas,
limpias como la sal.
Para los desgraciados
que en el sexo no hallaron
las músicas del mundo,
las pinturas del mundo,
las novelas del mundo,
porque ese sexo vacuo
sólo sabía a cuerpo.
Para los que en un cuerpo
jamás grabaron lenguas
que parecían sangre,
en bocas tan oscuras
como claro su gusto.
Para los tristes hombres
con un cuerpo sin centro
y tacto que no sueña,
para los tristes machos
yo puedo comentar
que los años sin Ella,
a pesar del placer
con los cuerpos de otras,
van a ser como corcho,
como corcho podrido,
como cieno de cerdo,
a pesar de ignorarlo,
como cieno de cerdo,
a pesar de olvidarlo.












FASCINACIÓN




No entrar en lo aceptado,
en el pesado polen de las vidas,
ese día en que rompes tu pasado
pues lo conoces todo.

Inmerso en la laguna del verano,
respiras aire intacto, sin relieve.
El cuarto está callado como un bosque.

Te conviertes en arte,
te conviertes en dios.

Mas no se trata del mañana ahora.
Es mucho más sencillo:
está vivo ante todo,
vas desapareciendo.

Si el presente te presta su atención
es la última brizna de tu vida.

Lo sé, en algún momento estuve allí,
visité una escollera junto a alguien.

Con insolencia estuve en lo imposible.







Luis Antonio de Villena. “La lógica de Orfeo. (Antología)”. 2003, Visor.



lunes, 15 de febrero de 2016

Luis Miguel Rabanal



Detrás del espejo,
como una aparición,
la mirada más triste.
A menudo es el tiempo
quien decide con saña
que no debes volver.
Alguien espía desde allí,
tu vida la han hilvanado
con horror y costumbre.
Quieres interrumpirlo,
da igual su desmesura
o su falta de memoria.
Detrás del espejo
aún no hay nadie.
.

LMR. 2016, de su muro de Facebook.