Frente al silencio.

Frente al silencio.

viernes, 15 de abril de 2016

Charles Baudelaire (II)




88. Spleen


Yo soy como el monarca de un lluvioso país,
Rico, mas impotente, joven, pero decrépito,
Que despreciando halagos de sus educadores,
Se aburre con sus perros y animales domésticos,
Nada puede alegrarlo, ni batidas, ni halcones,
Ni ese pueblo que muere al pie de su balcón,
La grotesca balada del bufón favorito
Ya no distrae la frente del enfermo cruel;
Su blasonado lecho, en tumba se convierte,
Y las damas, que a todo príncipe hallan hermoso,
No aciertan a encontrar el impúdico adorno
Que obtenga una sonrisa del joven esqueleto.
El sabio que fabrica su oro, nunca pudo
Extirpar el humor que corrompe su ser,
Y los baños de sangre de la época romana,
Que usan los poderosos en sus enfermedades,
No han podido entibiar a ese torpe cadáver,
Por cuyas venas corre verde agua del Leteo.








101. Lo irremediable

II

¡Sombrío diálogo de un alma
Convertida en propio espejo!
Pozo de Verdad, claro y negro
Donde tiembla una lívida estrella,

Un faro infernal e irónico,
Hachón de gracias satánicas,
Lenitivo o gloria únicos,
¡Conciencia en el mal sumida!







110. Recogimiento

Sé sabia, Pena mía y permanece en calma.
Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí:
Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura
A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

Mientras que la gran masa de los viles mortales,
Del placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,
Cosecha sinsabores en la fiesta servil,
Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos
Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas
Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

Descansa bajo un arco el moribundo sol
Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente,
Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.









134. Las dos buenas hermanas


Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas,
Pródigas de sus besos y ricas en salud
Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren,
Bajo la eterna siembra jamás fructificó.

Al poeta siniestro, tara de familias,
Válido del infierno, cortesano sin paga,
Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel,
Un lecho que jamás la inquietud frecuentó

Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias,
Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas,
Placeres espantosos y dulzuras horrendas.

Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás?
¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante,
Al injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?






VIII


¡Oh Muerte, capitana, ya es tiempo! ¡Leva el ancla!
Nos hastía este país, ¡Oh Muerte, aparejemos!
Si negros como tinta son el cielo y el mar,
Ya nuestros corazones están llenos de luz.

¡Derrama tu veneno y que él nos reconforte!
Deseamos, tanto puede la lumbre que nos quema,
Caer en el abismo, Cielo, Infierno ¿qué importa?
Al fondo de lo ignoto, para encontrar lo nuevo.







Charles Baudelaire. "Las Flores del Mal". 1992, Alianza Editorial.



lunes, 11 de abril de 2016

John Fante.



Fragmentos:




      Mi primer encontronazo con la fama no fue precisamente memorable. Yo era ayudante de camarero en Marx´s Deli. El año era 1934. El local estaba en el centro de Los Ángeles, en el cruce de las calles Tercera y Hill. Tenía veintiún años, vivía en un mundo que limitaba al oeste con el barrio de Bunker Hill, al este con Los Ángeles Street, al sur con Pershing Square y al norte con el Civic Center. Yo era un mozo sin parangón, tenía empuje y mucho estilo para el oficio, y aunque el salario era de hambre (un dólar al día más las comidas) llamaba mucho la atención mientras volaba de mesa en mesa, con una bandeja en la mano, ganándome las sonrisas de los clientes. Pero podía ofrecer al jefe algo más que mis dotes de camarero, ya que también era escritor. El hecho se hizo público un día que un fotógrafo borracho de Los Ángeles Times se sentó a la barra y me hizo varias fotografías mientras yo servía a una clienta que me contemplaba con admiración. Al día siguiente la foto apareció en Times con un artículo. Hablaba de la lucha y el triunfo del joven Arturo Bandini, un muchacho de Colorado, ambicioso y muy trabajador, que había irrumpido en el difícil mundo de las revistas colocando su primer cuento en The American Phonenix, que, como todo el mundo sabe, dirigía el personaje más famoso de la literatura americana, nada menos que Heinrich Muller. ¡El bueno de Muller! ¡Cuánto amaba a aquel hombre! Si he de ser franco, mis primeros experimentos literarios fueron las cartas que le escribí pidiéndole consejo, sugiriéndole argumentos para cuentos que yo mismo podía escribir y finalmente enviándole los cuentos ya escritos, muchos cuentos, uno por semana, hasta que el mismísimo Heinrich Muller, viejo gruñón del mundo literario, el amo del cubil, pareció por darse por vencido y accedió a enviarme una carta de dos líneas, y luego otra de cuatro líneas, y luego, oh maravilla, un cheque de 150 dólares por la adquisición de mi primer relato.

***





      La señora Brownell me dio una serie de indicaciones por la mañana y tomé el autobús de Sunset hasta Gower Avenue. Los estudios ocupaban media manzana. Subí en el ascensor al tercer piso y busqué el despacho de Schindler. Su secretaria estaba sentada tras un escritorio, leyendo una novela. Era rubia, peinada con austeridad, con un moño en el cogote. Tenía las cejas doradas y sus ojos era topacio puro, hostiles, nada cordiales.
      ―¿Sí? preguntó.
      Le dije mi nombre. Se levantó y fue a la puerta del despacho de Schindler. Llevaba un vestido de terciopelo verde. Inmediatamente vi su sensacional trasero, un auténtico corazón hollywoodense. Se movía como una serpiente, una culebra de las grandes, una lujurioso boa constrictor. Me gustó mucho. Llamó a la puerta de Schindler y la abrió.
      ―El señor Bandini anunció.
      Schindler se levantó y nos dimos la mano.
      ―Siéntate dijo. Estás en tu casa.
Era un hombre bajo, con forma de proyectil, pelo cortado al rape y un puro sin encender en la boca.
      ―He leído todas las historias que has publicado dijo.
Tienes mucho estilo, chaval. Eres exactamente lo que necesito. ¡H. L. Muller ataca de nuevo! Se echó a reír. H. L. Muller y yo somos viejos amigos. Trabajábamos juntos en el Baltimore Sun. Hace veinte años que lo conozco.
      ―Ya le dije que nunca había escrito para el cine. No espere mucho.
      ―Déjame eso a mí dijo Schindler.
      ―¿En qué ha pensado usted exactamente?
      ―De momento en nada. Primero acostúmbrate al lugar. Aclimátate. Oriéntate. Lee algunos guiones míos, ve algunas películas mías. Conoce a los demás guionistas de este piso: Benchley, Ben Hecht, Dalton Trumbo, Nat West. Estás en buena compañía muchacho.

***





      Hay que tener un agente. Sin agentes eres un marginado, un desconocido. Tener agente da profesionalidad, aunque nunca consiga nada. Cuando otro escritor nos pregunta: <<¿Con qué agente estás?>>, y respondemos: <<Con ninguno>>, el primero deduce automáticamente que no tenemos talento. El agente de Edgington era Cyril Korn.
      ―Te resultará antipático ―me advirtió Edgington―, pero es bueno.
      Envié tres cuentos de revista a las oficinas de Korn en Beverly Hills y esperé a que me llamara.
      No me llamó. Acabó llamándolo Edgington, que concertó una cita en mi nombre. Las oficinas estaban en un edificio de Beverly Drive de construcción reciente. Su secretaria me anunció y me senté a esperar. Al cabo de dos horas me dejaron pasar al despacho del gran hombre.
      Estaba en el centro de la enmoquetada habitación, metiendo pelotas de golf en un vaso. Ni siquiera me saludó. Por fin, tras dar un concentrado golpe con el palo, dijo sin mirarme:
      ―He leído sus cuentos.
      ―¿Le han gustado?
      ―Los encuentro abominables. No tiene usted ninguna posibilidad de colocar esa basura en el cine.

***









      Encontré una habitación en Temple Street, encima de un restaurante filipino. Costaba dos dólares por semana, sin toallas, sábanas ni fundas de almohada. La tomé, me senté en la cama y medité sobre mi vida en la tierra. ¿Por qué estaba allí? ¿Y qué hacía ahora? ¿A quién conocía? Ni siquiera a mí mismo. Me miré las manos. Eran manos lisas de escritor, manos de escritor plueblerino, no aptas para el trabajo duro, sin igual para componer frases. ¿Qué podía hacer? Miré la habitación, las paredes manchadas de vino, el suelo sin enmoquetar, la pequeña ventana que daba a Figueroa Street. Olí la comida del restaurante filipino de abajo. ¿Sería el final de Arturo Bandini? ¿Sería aquel el lugar en el que moriría, en aquel colchón gris? Pasarían semanas y yo allí tendido sin que nadie me encontrase. Me puse de rodillas y recé.

***




      Dejé el coche en un garaje y subí al Greyhound con dos maletas. El autobús salió de Los Ángeles a las siete de la tarde de un día muy caluroso. En realidad, era el último día caluroso que a soportar en un mes. El interior del autobús estaba aún más tórrido que el día, los asientos de cuero hervían de calor cuando te sentabas y los pasajeros se removían, agotados e incómodos, cuando salimos del área metropolitana. Era como si llevaran varios días de viaje y el aire estaba lleno de humo de tabaco.
      Cuando entramos en Nevada, empezaron a caer los primeros copos de nieve. Cruzamos Nevada con una tormenta en ciernes, con la nieve cuajando y el autobús reduciendo la velocidad en la enceguecedora ventisca. Cuando llegamos a Utah e hicimos una parada, la nieve llegaba por encima de las ruedas. Corrimos a refugiarnos en la estación, tomamos un café nauseabundo y volvimos al autobús. Las horas pasaban y la nieve seguía cayendo con insidiosa determinación, como si quisiera enterrarnos en la llanura. En Wyoming nos alcanzaron los quitanieves que habían salido de Rock Springs para rescatarnos y la velocidad del viaje se redujo hasta alcanzar la de los cangrejos. Cuando llegamos a la estación de Boulder, tuve que hacer un esfuerzo para no caerme de lado mientras bajaba.

***




      Llegamos a casa y bajé del coche, procurando no dar un porrazo al cerrar. Kelly se fue. Cogí un puñado de nieve y me lo puse en la nariz hasta que dejó de sangrar. Atravesé el patio nevado en silencio hasta la ventana de mi hermano. Golpeé el vidrio. Corrió a abrirme la puerta lateral. Se llevó un susto al ver la sangre.
      ―¿Qué te ha pasado? dijo.
      ―Me caí y me casqué la nariz. No digas nada. No quiero que se entere mamá. ¿Está el viejo en la casa?
      ―Acostado.
      ―Me voy susurré. Me largo; esta noche, ahora mismo. No hagas ruido
      Cruzamos la puerta lateral. Abrí las maletas encima de la cama y fui llenándolas en silencio con la ropa que sacaba del armario y el cuarto ropero. Mario se vistió y me miró mientras yo me limpiaba la sangre de la cara y las manos. Me cambié la ropa, doblé las prendas ensangrentadas y las puse en la maleta.
      ―Andando susurré. Mi hermano cogió una maleta y yo la otra. Sin hacer el menor ruido salimos a la nieve y fuimos hasta su viejo coche.
      ―¿Qué le digo a mamá? ―preguntó con voz trémula.
      ―Nada ―dije.
      ―¿Seguro que te has caído? ―preguntó―. ¿Seguro que no te han dado de hostias?
      ―Totalmente.
      Metimos el equipaje en el coche y fuimos a la estación de autobuses. El autobús de Denver estaba aparcado delante, jadeando como un animal. Adquirí un billete para Los Ángeles y subí. Mario se quedó al lado de mi ventanilla, mirándome con lágrimas en los ojos. Bajé a toda prisa del autobús y lo abracé.
      ―Gracias, Mario. Nunca lo olvidaré.
      Mario sollozaba y apoyó la cabeza en mi hombro.
      ―Ten cuidado ―dijo―. No te pelees, Arturo.
      ―Sé cuidar de mí mismo.
      Di media vuelta y subí al autobús. Era miércoles por la noche. Viajamos con nieve casi todo el trayecto y llegamos a Los Ángeles un soleado sábado por la mañana.






John Fante. “Sueños de Bunker Hill”. 2002, Anagrama.



domingo, 10 de abril de 2016

Allen Ginsberg.




AULLIDO

II



     ¿QUÉ esfinge de cemento y aluminio abrió sus crá-
      neos y sorbió sus cerebros y su imaginación?
¡Moloch! ¡Soledad! ¡Porquería! ¡Fealdad! ¡Cubos de
      basura e inasequibles dólares! ¡Niños chillando bajo
      las escaleras! ¡Muchachos sollozando en los ejércitos!
      ¡Viejos llorando en los parques!
¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el sin
      amor! ¡Moloch mental!
¡Moloch, el pesado juez de los hombres!
¡Moloch, la incompresible prisión! ¡Moloch, la cárcel
      de canillas cruzadas y sin alma, el Congreso de las
      penas! ¡Moloch, cuyos edificios son sentencias!
¡Moloch, la vasta piedra de la guerra! ¡Moloch, los atur-
      didos Gobiernos!
¡Moloch, cuya mente es pura maquinaria! ¡Moloch, cuya
      sangre es moneda corriente! ¡Moloch, cuyos dedos
      son diez ejércitos! ¡Moloch, cuyo pecho es una dí-
      namo caníbal! ¡Moloch, cuyo oído es una tumba
      humeante!
¡Moloch, cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch,
      cuyos rascacielos se levantan en las largas calles como
      interminables Jehovás! ¡Moloch, cuyas fábricas sue-
      ñan y gruñen en la niebla! ¡Moloch, cuyas humaredas
      y antenas coronan las ciudades!
¡Moloch, cuyo amor es aceite y piedra infinitos! ¡Mo-
      loch, cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch,
      cuya pobreza es el espectro del genio! ¡Moloch, cuyo
      destino es una nube de hidrógeno sin sexo! ¡Moloch,
      cuyo nombre es la mente!
¡Moloch, sobre el cual estoy sentado solo! ¡Moloch, den-
      tro del cual sueño ángeles! ¡Loco en Moloch! ¡La-
      metraseros en Moloch! ¡Sin amor y sin hombría en
      Moloch!
¡Moloch, que entró en mi alma temprano! ¡Moloch, en
      quien yo soy una conciencia sin cuerpo! ¡Moloch, que
      me asustó en medio de mi éxtasis natural! ¡Moloch,
      a quien abandono! ¡Despierta en Moloch! ¡Luz ma-
      nando del cielo!
¡Moloch! ¡Moloch! ¡Departamentos-robot! ¡Invisibles
      suburbios! ¡Tesorerías de esqueletos! ¡Ciegos capita-
      les! ¡Demoníacas industrias! ¡Espectrales naciones!
      ¡Invencibles manicomios! ¡Penas de granito! ¡Bom-
      bas monstruosas!
¡Se deslomaron levantando a Moloch hasta el Cielo! ¡Pa-
      vimentos, árboles, radios, toneladas , levantando la ciu-
      dad hasta el Cielo que existe y nos rodea por todas
      partes!
¡Visiones! ¡Presagios! ¡Alucinaciones! ¡Milagros! ¡Todo
      cae en ríos norteamericano!
¡Sueños! ¡Adoraciones! ¡Iluminaciones! ¡Religiones!
      ¡Toda la barcada de sensitivas boñigas de toro!
¡Avances sobre el río! ¡Tragos y crucifixiones, se los
      llevó la corriente! ¡Borracheras! ¡Epifanías! ¡Deses-
      peraciones! ¡Diez años de chillidos animales y suici-
      dios! ¡Mentes! ¡Nuevos amores! ¡Generación loca!
      ¡Se precipitan sobre las rocas del Tiempo!
¡Verdadera risa sagrada en el río! ¡Lo vieron todos!
      ¡Los salvajes ojos! ¡Los sagrados alaridos! ¡Se despi-
      dieron! ¡Saltaron por el tejado hacia la soledad, agi-
      tando las manos, llevando flores, hacia el río, en la
      calle!



San Francisco, 1955-56







Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.





jueves, 7 de abril de 2016

Charles Baudelaire.




El enemigo


Mi juventud no fue sino un gran temporal
Atravesado, a rachas, por soles cegadores;
Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros
Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

He alcanzado el otoño total del pensamiento,
Y es necesario ahora usar pala y rastrillo
Para poner a flote las anegadas tierras
Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,
Hallarán en suelo, yermo como una playa,
El místico alimento que les daría vigor?

¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,
Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.






El Leteo


Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
Tigre adorado, monstruo de aire indolente;
Quiero enterrar mis temblorosos dedos
En la espesura de tu abundosa crin;

Sepultar mi cabeza dolorida
En tu falda colmada de perfume
Y respirar, como una ajada flor,
El relente de mi amor extinguido.

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!
En un sueño, como la muerte, dulce,
Estamparé mis besos sin descanso
Por tu cuerpo pulido como el cobre.

Para ahogar mis sollozos apagados,
Sólo preciso tu profundo lecho;
El poderoso olvido habita entre tus labios
Y fluye de tus besos al Leteo.

Mi destino, desde ahora mi delicia,
Como un predestinado seguiré;
Condenado inocente mártir dócil
Cuyo fervor se acrece en el suplicio.

Para ahogar mi rencor, apuraré
El nepentes y la cicuta amada,
Del pezón delicioso que corona este seno
El cual nunca contuvo un corazón.







El veneno


Revestir sabe el vino los más sórdidos antros
        De un milagroso lujo,
Y hace surgir más de un pórtico fabuloso
        Entre el oro de su rojo vapor,
Como el sol que se pone en un cielo nublado.

Agranda el opio aquello que no tolera límites,
        Lo ilimitado alarga,
El tiempo profundiza, los deleites ahonda,
       Y de placer triste y oscuro,
Anega y colma al alma rebasada.

Mas todo eso no vale el veneno que fluye
        De tus ojos, de tus verdes ojos,
Lagos donde mi alma tiembla y se ve invertida...
        Llegan mis sueños en tropel
Para abrevar en esos dos abismos amargos.

Mas todo eso no vale el prodigio terrible
        De tu mordiente saliva,
Que sume en el olvido a mi alma impenitente
        Y, el vértigo arrastrando,
La trae desfallecida a orillas de la muerte.







El muerto jubiloso


En una tierra grasa, de babosas repleta,
cavar yo mismo quiero una fosa profunda,
Donde a gusto mis viejos huesos pueda instalar,
Y dormir olvidado como escualo en las olas.

Odio los testamentos como las tumbas odio;
Antes que mendigar una lágrima al mundo,
Mejor quisiera yo invitar a los cuervos
A mondar hasta el fin mis despreciables huesos.

¡Ciegos, sordos gusanos, oscuros compañeros!
Un muerto alegre y libre, hacia vosotros marcha;
Filósofos procaces, hijos de la carroña,
Id sin remordimiento a través de mi ruina,
Y decidme si existe una tortura aún
Para un cuerpo vacío y muerto entre los muertos.




Charles Baudelaire. "Las Flores del Mal". 1992, Alianza Editorial.


miércoles, 6 de abril de 2016

Walt Whitman.




GRÁVIDO DE VIDA, AHORA...


      GRÁVIDO de vida, ahora, compacto, visible,
yo a los cuarenta años de mi vida y a los ochenta y tres
      de estos Estados,
me dirijo a alguien que vivirá dentro de un siglo o en
      cualquier siglo futuro,
a ti, que aún no has nacido, buscándote.

      Cuando leas esto, yo que ahora soy visible me habré
      hecho invisible,
y tú, compacto y visible, comprendiendo mis poemas, me
      buscarás,
imaginándote cuán feliz serías si yo pudiera encontrar-
      me a tu lado y convertirme en compañero tuyo.
Que sea, pues, como si yo estuviera a tu lado. (No creas
      demasiado que no estoy ahora a tu lado.)





7


      ¿HA supuesto alguien que es una suerte haber nacido?
Me apresuro a informarle, a él o a ella, que es también
      una suerte morir. Lo sé.

      Agonizo con los moribundos y nazco con el niño recién
      lavado; soy algo más que lo que se yergue entre mis
      zapatos y mi sombrero.
Escudriño los más variados objetos: no existen dos igua-
      les y cada uno es bueno.
Buena es la tierra y buenas son las estrellas, y buenos
      son todos sus aditamentos.

      Yo no soy una tierra ni el aditamentos de una tierra.
Soy el igual, el compañero del pueblo, que es tan inmor-
      tal e insondable como yo.
(El pueblo ignora que es inmortal, pero yo lo sé).

      Cada especie para sí y para los suyos, para mí los ma-
        chos y las hembras,
para mí los que han sido muchachos y aman a las mu-
      jeres,
para mí el hombre orgulloso que sabe lo que hiere ser
      despreciado,
para mí la novia y la solterona, para mí las madres y las
      madres de las madres,
para mí los labios que han sonreído y los ojos que han
      derramado lágrimas,
para mí los niños y los que engendran niños.

     ¡Desnudaos! Para mí no sois culpables, ni marchitos,
      ni desechados.
Veo si lo sois o no a través de los vestidos de paño o
      de tela.
Estoy cerca, tenaz, dispuesto a adquirir, incansable, y no
      se me puede echar.





24


      YO soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhat-
      tan,
turbulento, carnal, sensual, que come, bebe y engendra.
No soy sentimental, no creo hallarme por encima de los
      hombres y mujeres o apartados de ellos,
no soy humilde o orgulloso.
¡Destornillad los cerrojos de las puertas!
¡Destornillad de sus goznes las puertas mismas!
Quien envilece a otro, me envilece a mí.
Y nada se hace o dice sin que al fin revierta a mí...










51


     EL pasado y el presente se marchitan. Yo los he lle-
     nado y los he vaciado,
y sigo llenando mi redil del futuro.
¡Levantaos, escuchadores! ¿Qué tenéis que confiarme?
Miradme a la cara mientras respiro el perfume de la
     tarde acostada.
(Hablad sinceramente, nadie más os escucha y sólo es-
     taré aquí un instante más.)

     ¿Me contradigo?
¡Está bien! Sí, me contradigo.
(Soy vasto, contengo multitudes.)
Me dirijo hacia los que están cerca, espero en el um-
     bral de la puerta.

     ¿Quién ha terminado su día de trabajo? ¿Quién ter-
       minará antes su cena?
¿Quién quiere pasear conmigo?

     ¿Hablaréis antes de que me vaya? ¿Lo haréis cuando
       sea demasiado tarde?






LA ÚLTIMA INVOCACIÓN



     AL fin, suavemente,
dejad que huya de los espesos muros de mi fortificado
     hogar,
de los corridos cerrojos, de la custodia de las bien cerra-
     das puertas.

      Dejadme salir sigilosamente.
Con una leve llave, abre las puertas con un suspiro,
abre las puertas, ¡oh alma!

      Tiernamente, sin impaciencia...
(¡Cómo te aferras, oh carne mortal!
¡Cómo te aferras, oh amor!)






Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.






lunes, 4 de abril de 2016

Natacha González.




Ella teje umbrales en cada distancia, no se refleja en los espejos porque es toda y cada una de las imágenes que proyecta cualquier mujer. Y se hace arena con el viento, es el mar entre mis dedos cuando en un arrebato de angustia intento tomarla. Regreso cada noche al lugar donde me hacía sangrar, no hay piedad en ese hueco, tan oscuro que ni la muerte reconoce. Ella es el cuerpo que cabe en mi pecho, la insistencia que me hace respirar un aire que se desmorona ante mis ojos. Y como duele mirarla cuando no está, como agota recorrerla sin su piel, arrodillarme ante una ausencia tan sólida. Ella no existe en los mapas que tanto tracé para hallarla.
***


El hombre tocaba el saxo como besando a una mujer. Lo acariciaba. El brillo del instrumento nos cegaba. Llevaba más de treinta minutos de concierto. Mi copa seguía intacta. Estaba prácticamente sola en ese bar de carretera, apenas tres personas incluyendo al músico. Debía tener más de sesenta años, delgado, dedos largos.
-¿No te gusta la bebida? Una camarera se preocupaba.
-No la he probado- Contesté casi sin mirarla.
-Es bueno, ¿verdad?- Insistió observando la silueta oscura del músico
-Es más que eso- La enfrenté. Era muy guapa, sonreía, la bandeja bajo el brazo.
-Mi padre toca en la oscuridad, no quiere salir a la luz- Dijo mientras perdía su mirada en él.
Un silencio rotundo tomó el bar. El estuche cegó el brillo del instrumento El músico permaneció inmóvil. Su hija le preparó algo. Él hundió los hombros y se enterró en aquel vaso. Miré mi copa. El hielo había convertido en un charco la superficie de la mesa. Una sólida tristeza se apoderó de mí, no tenía ganas de controlarla; deseaba sentirla con toda violencia. El silencio del bar, tras la música era cruel, muy cruel...
-¿Está bien?- El saxofonista sonreía con la copa en su mano.
-Perdóneme, no sé que me ocurre...
-El silencio- Dijo con una certeza absoluta, una certeza que dolía. Tomó una silla sin permiso, como leyendo en mis ojos que lo deseaba.
-Después de escucharle… no sé, no debería parar de hacerlo.
Soltó una carcajada, dejó la copa cerca de la mía, me enfrentó.
-Tiene una cara muy peculiar-
-Llevo noches sin dormir- Respondí molesta.
-Me recuerda a alguien que dejó de existir hace tiempo- Tomó mi vaso y lo vació en su copa. Ese gesto hizo que el agua bajara hacia mi falda. Me moví bruscamente, estaba helada.
-Disculpe- Susurró mientras le hacía un gesto a su hija.
-No pasa nada- Mentí.
-Qué hace una mujer como tú en un bar como éste. Para llorar puedes quedarte en casa, es menos peligroso- Su tono era enfurecido, tomó el trapo que le dio la joven y comenzó a secarme de manera brusca.
-Déjelo, yo lo hago- No logré detener su mano. Me enfrentó, estaba muy enfadado, hundió su mirada en mis ojos. Sentí como esa furia invadía mi cuerpo. Quería escapar, pero me sujetaba con fuerza.
-No te marches- Suplicó.
-Me está asustando...
-No te dejaré marchar, esta vez no.

(De los bares del Diablo)
***





Guillermo Roble había entrado a la pandilla tarde. Nos gustaba reunirnos en un parque abandonado. Teníamos entre catorce y dieciséis años. Guille era atractivo, era la primera vez que alguien me producía ese tipo de interés. Se dio cuenta de inmediato y comenzó el cortejo, acompañándome al portal cuando daba el toque de queda, viniendo cada tarde a buscarme. No tardó en invitarme al cine. Acepté. Aquel sábado estaba muy guapo, llevaba una camisa blanca de botones. Durante el trayecto me puse nerviosa, casi no podía hablar. En la oscuridad de la sala, tomó mi mano por primera vez. "Qué fría" susurró en mi oído. Los nervios aumentaban, comencé a morderme el labio con fuerza. Sentía la mirada de Guille, sabía que si respondía estaba perdida. Le miré. Su boca rozó la mía. Los nervios aumentaron, volví a morder con fuerza, gruñó, pero no se apartó de mi boca. El sabor a sangre inundó el momento. Nos bebimos desconociendo los límites. Mis nervios pararon. No soy capaz de recordar que película no vimos.

***



Los perros de la calle Doreste, ladraron durante toda la noche. Amanecí con la noticia del suicidio. El vecino de arriba se tiró por la ventana. Era un tipo extraño. Ponía música deprimente, no saludaba en el ascensor. Supongo que los perros ladraron a su cadáver durante toda la maldita noche.

***



Natacha González. 2016, de su muro de Facebook.



sábado, 2 de abril de 2016

Herman Melville




LA LANZA

(Últimas palabras de Ahab.)


      ―¡Doy la espalda al sol! ¿Qué haces, Tashtego? Déjame oír el son de tu martillo... ¡Oh mis tres invencibles espiras, mi intacta quilla y mi casco sólo maltratado por Dios, y tú, cubierta firme, y timón altivo, y proa orientada hacia el polo! ¡Barco de gloriosa muerte! ¿Has de perecer, y sin mí? ¿Me veré privado de la última satisfacción del más mísero de los capitanes náufragos? ¡Oh solitaria muerte tras solitaria vida! ¡Oh, ahora comprendo que mi mayor grandeza reside en mi mayor dolor! ¡Ea! ¡Desde vuestros más remotos confines, saltad ahora, audaces olas de toda mi vida pasada, y sobrepujad esta encrespada ola de mi muerte! Hacia ti ruedo, ballena destructora e invencible; lucharé contra ti hasta el fin; desde el corazón del infierno te acuchillo, y el odio hace que te escupa mi último aliento. ¡Hunde todos los ataúdes y féretros en un charco común! ¡Y ya que ninguno ha de ser para mí, déjame ser remolcado a pedazos, mientras sigo persiguiéndote, maldita ballena! Así, entrego mi lanza.
      El arpón fue lanzado...

                                                                                                (De Moy Dick)







Agustí Bartra. “Antología de la poesía norteamericana”. 1974, Plaza & Janes.