Frente al silencio.

Frente al silencio.

miércoles, 17 de junio de 2015

Ana Soler Rodríguez.





Dos años y algo, a tres no llegaba. Y se le iban las tardes en su cuarto, tirada en la cama, o en el suelo, de cuento en cuento. Pasando las hojas y con su dedito por encima de las palabras como si supiera leer. Mientras tanto su vocecita, aún casi de bebé, iba desgranando la trama de ese cuento. Prodigiosa memoria, igual sólo se lo habíamos leído un par de veces, y ya era suya toda la historia. Fuera de los de casa (su madre, su hermana y yo), los que por casualidad, en una visita a nuestro hogar, la sorprendían en esas, se asombraban. Y entonces preguntaban que cómo había aprendido a leer tan pequeña. Y no sabía. Lo suyo era aún más sorprendente: eran tantas las ganas que tenía de aprender que suplía la carencia con imaginación y memoria.

Yo les leía casi cada noche, en voz alta, a su hermana mayor y a ella. Recuerdo con especial cariño la lectura de: “El Hobbit”. Les encantaba y no dudaban en pedirme que interpretara las distintas voces de los protagonistas. Qué miradas las suyas. Qué expresiones las de sus caritas. Qué felicidad la mía.

Hoy ya han crecido ambas, mucho, están más grandes que su madre, casi como yo. Y menudas lectoras están hechas. Incluso, mi imaginativa hija pequeña, no se conforma con mantenerse a ese lado del maravilloso mundo de las letras, e imitando aquellos sus tiernos años de despertar a la conciencia propia, se inventa historias y las escribe. Y yo, que lo sé, le pido leerlas. Y le insisto. Y le insisto. Y termino poniéndome pesado, muy pesado, para que me las enseñe.


***

(Aquí iría una foto suya, pero no quiere. 
Y no será porque no es guapa).




EL ATAQUE



      Me desperté de buena mañana con la boca llena de sangre. Me había atacado una pared.
      Ofendida, me puse de frente a la culpable de que mi labio inferior estuviese roto. La muy provocadora ni se dignó a mirarme, ¡sería creída! Aun sangrando, me acerqué más a la pared con intención de asustarla, pero no se sintió aludida y siguió ahí plantada. ¡Encima que me agrede en mi propia cama no se hace responsable de sus actos! Me acerqué aún más, ya a centímetros de ella. Y, enfadada por su descaro, chillé a pleno pulmón:

      ―¡Ahora no hagas como si nada! Esta sangre es la prueba de que eres una tirana.

      Al no obtener respuesta me vestí y fui a ponerle una denuncia a aquella malvada pared.

      Ahora todo está arreglado, las paredes de mi nuevo cuarto están acolchadas, ya no podrán atacarme.






Ana Soler Rodriguez. “El ataque”. Relato inédito, 2015.



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